jueves, 8 de septiembre de 2011

PERDONAR 70 veces 7: SIEMPRE - J.E. Galarreta

Evangelio según San Mateo, capítulo 18, versículos 21 al 35

Esta parábola no tiene paralelos en los otros evangelios, y su forma es profundamente aramea, Galilea.

La proposición de Pedro es ciertamente generosa. Siete veces es ya un número simbólico (todos los números suelen serlo en la Escritura), que indica abundancia, generosidad. Pero generosidad con límite legal: después de perdonar siete veces, ¿qué pasará con la ofensa número ocho?

La respuesta de Jesús "setenta veces siete", no significa cuatrocientas noventa veces sino "siempre". Son los modos, concretos y plásticos de expresarse de aquel tiempo. Significa que mi disposición a perdonar es permanente, no depende del número de las ofensas recibidas.

El mensaje de la parábola no está en la manera de actuar del señor sino en la manera de actuar del siervo "malvado", como retrato negativo. Es importante hacer esta precisión, en ésta y en todas las parábolas, si no queremos sacar de ellas consecuencias no queridas por Jesús.

Las parábolas, no nos cansemos de recordarlo, no son alegorías en las que todo detalle tiene su significado: son historietas con muchos detalles que sólo dan colorido a la narración, para sacar una conclusión, un mensaje.

Aquí, la conducta del señor es solamente un detalle de la narración, sin significado. Lo vemos claramente en que el Señor no perdona más que una vez al siervo malvado, -no “setenta veces siete”- cuando Dios sí que perdona.

Sacar de esta parábola la conclusión de que Dios acaba castigando con el fuego eterno está en contradicción con toda la enseñanza de Jesús. Es la imagen del siervo, perdonado en lo mucho e incapaz de perdonar en lo poco, lo que constituye el centro del mensaje.

El texto que leemos tiene una conclusión: “Así lo hará Dios con vosotros, si no perdonáis a vuestros hermanos”. Es más que dudoso que la conclusión sea de Jesús. Jesús suele dejar las parábolas “abiertas”. Una vez concluida la narración, “el que tenga oídos que oiga”.

Pero no pocas veces, el uso de las parábolas en las catequesis y en las eucaristías les ha ido añadiendo moralejas y consecuencias, que no pocas veces representan más las reflexiones de la comunidad que las palabras de Jesús. La “conclusión” de la parábola de hoy parece ser un ejemplo claro de esto.

El perdón es uno de los centros neurálgicos de la Buena Noticia, y es un buen test de la sinceridad y también de la madurez de nuestra fe. Jesús habla del perdón de muchas maneras.

En sus dichos: "perdonad y seréis perdonados", "la parábola del hijo pródigo", "perdona nuestras deudas como nosotros perdonamos a nuestros deudores"...

Y muy especialmente en sus hechos, en su manera de comportarse con las personas: la adúltera, la mujer que le unge los pies en casa de Simón, la rehabilitación de Pedro, el Buen ladrón, y el “perdónales porque no saben lo que hacen”.

La parábola de hoy muestra el fundamento último de nuestro talante de perdonar. Perdonamos porque Dios perdona, y esto, a dos niveles. Ante todo, el que ha conocido a Dios, a Abbá, sabe que está perdonado de antemano, que Dios es un permanente perdón, una acogida inquebrantable. Es la aplicación concreta de lo que vimos ya el domingo pasado: me siento querido y respondo queriendo; me siento perdonado y respondo perdonando.

Pero no solamente como una obligación sino, ante todo, como una conversión, un cambio de corazón. He experimentado que estoy vivo gracias a que Dios no pasa factura. He experimentado que puedo existir a pesar de mis errores. He experimentado en mí mismo cómo es el modo humano de vivir: dándose una y otra vez oportunidades, no exigiendo de nadie la perfección sino el afán de mejorar a pesar de los fallos.

Lo he experimentado en mí, en cómo se porta Dios conmigo, y vivo así, portándome así con todos. No por exceso de misericordia, sino porque esa es la verdad, la condición humana, limitada y caminante. Dios es así, Dios acierta, yo quiero ser así.

La parábola del hijo pródigo muestra bien la esencia de la relación paterno-filial. El hijo vuelve, y es considerado otra vez como hijo. La justicia misericordiosa le habría admitido como criado. El padre le reconoce como hijo. De ahí que el hijo se sienta urgido en el futuro a portarse como hijo. Esa es la fuente de nuestro amor a Dios y a los demás, la fuente del perdón que dispensamos siempre.

Jesús, en el momento de ser crucificado, se porta como Hijo. No se porta como los que le están crucificando. No les devuelve el mal que le hacen. Se porta como Hijo, sigue queriendo su salvación. Se porta como Dios, su Padre.

Quizá la expresión más atrevida de este clima es la que propone el Padrenuestro. "Perdónanos como nosotros perdonamos". Si se considera como una proposición a Dios, invitándole a que su perdón sea respuesta al nuestro, es un suicidio.

La realidad debería ser la opuesta: "haz que perdonemos como Tú nos perdonas". Pero no se trata de un pacto, de un comercio. Se trata de expresar nuestra condición de hijos, de reconocer que estamos dispuestos a instalarnos entre nosotros en el mismo clima de perdón en que cada uno se sitúa delante de Dios.

No debemos omitir sin embargo un aspecto extraordinariamente delicado en la aplicación de todo lo anterior a las circunstancias concretas.

Si unos pocos de la sociedad perdonan siempre todo, y los demás siguen ofendiendo. Si los ladrones son perdonados sin más, si los políticos corruptos son perdonados sin más, si los terroristas asesinos son perdonados sin más, si los poderosos siguen explotando a los débiles y son perdonados sin más... la sociedad canoniza a sus mismos destructores, deja inermes a las personas y se destruye a sí misma.

El perdón no es un salvoconducto para obrar mal, ni significa que lo mal hecho no tenga importancia.

Dicho de manera quizá demasiado tajante, aspiramos a que sea posible una sociedad basada en el perdón. Pero no estamos en ella. El perdón radica en la conversión. El mundo del pecado no deja sitio al perdón; puede aspirar como mucho a imponer la justicia. Y hay muchas circunstancias en el mundo en que no podemos aspirar a otra cosa que a la justicia.

Sin embargo, los que siguen a Jesús no se conforman con que se haga justicia, aunque esto sea evidentemente necesario: aspiran a la reconciliación cordial de las personas. Aspiran a que sea posible el perdón, pero esto no depende solo de ellos. Tendrán que limitarse a hacer justicia, aunque, si son seguidores de Jesús, añorando no poder condonar la deuda sin más.

La cumbre del perdón, lo más difícil e incluso incomprensible, es el amor a los enemigos. En esto, como en todo, el modelo perfecto es el mismo Jesús. Mientras le crucifican, Jesús ora por los que le están clavando. Evidentemente, no es que le caigan bien, no es que sienta amistad por ellos. Pero sí es que por su parte no les desea mal. Ellos son enemigos de Jesús, pero Jesús no es enemigo de ellos.

Pero este "amor a los enemigos" no le ha impedido a Jesús atacar, ridiculizar y agredir verbalmente a los escribas y fariseos, y expulsar del Templo a latigazos a los traficantes de ganado. Y también a todos esos les ama Jesús y desea su salvación. Tampoco los considera enemigos. Pero les desenmascara, les ataca, les excluye.

El fondo de todo esto está sin duda en una disposición interior, en un deseo de ser hermano de todos y de portarse como tal. Son mis pecados y sus pecados los que pueden hacerlo imposible.

Y cuando es imposible de hecho, cuando mis o sus pecados, o ambos, nos obligan a descender al terreno de la simple justicia, el corazón cristiano deberá sangrar. Alegrarse del castigo puede significar renunciar a la compasión, manifestando así que nuestro corazón no es fraternal, no es como el de Jesús.


Fuente: Fe adulta

sábado, 3 de septiembre de 2011

Cine: Algo más que una venganza por Sendrós, Daniel

La película En un mundo mejor, coproducción sueco-danesa dirigida por Susanne Bier, presenta historias en las que se manifiestan diversas maneras de enfrentar la humillación y la violencia.Presente desde hace tiempo en las ofertas de DVD en la calle, pasó casi inadvertido el estreno en salas de En un mundo mejor, película danesa Oscar 2010 al mejor film extranjero. Suele ocurrir, pero en este caso es una lástima. No porque sea una obra artísticamente excepcional. No lo es, y acaso tampoco era la más impresionante ni atractiva de las nominadas en ese rubro. En cambio, fue la de mejor llegada al corazón de los votantes. ¿Por qué? Quizá, porque trata con particular atención y sentido medianamente amplio un asunto que el propio cine norteamericano acomete con asiduidad pero muy poca cabeza: ¿cómo convivir con la violencia?, ¿y cómo frenar al violento y reconsiderar en uno mismo el natural ánimo de revancha?

Dos niños, y un mayor, se encuentran con esos problemas. Los chicos deben soportar las humillaciones cotidianas de un matoncito de grados superiores. Lo hacen cambiar de hábitos sólo cuando uno de ellos puede sorprenderlo con una paliza. Llevados a la dirección, un policía sonríe comprensivamente, y la directora parece mostrar cierta in genuidad, impulsando un gesto de reconciliación formal. Pero ese niño que supo imponerse, también tiene sus problemas. La madre ha muerto, y él está sufriendo un marcado resentimiento contra su padre, lo que más adelante puede traer serias consecuencias.

En cambio, el padre del otro chico parece un modelo de hombre. Médico, vive parte de su tiempo con la familia, y parte atendiendo unos campos de refugiados en Kenya. En cierto momento sufre una fea situación causada por un mecánico agresivo, delante de sus hijos y del otro chico, pero en lugar de responder agresivamente deja pasar el hecho “porque ese tipo no merece importancia”. Cuestionado por los niños, decide darles una lección de fortaleza interior, y se enfrenta nuevamente con ese sujeto, realmente antisocial y prepotente, que otra vez lo golpea. Pero él se mantiene inalterable. Los niños lo observan entre admirados y temerosos. Más tarde le preguntan con escepticismo: “¿Crees que él aprendió algo?”. Ellos ya resolvieron su problema, y ahora piensan darle su propia lección al mecánico pendenciero, una aventura que, mal manejada, estará a punto de causar desgracias propias y ajenas. Entretanto, y en tierras lejanas y medio bárbaras, el padre deberá reconsiderar su juramento hipocrático cuando encuentre bajo su cuidado a un matón de uniforme, un criminal que muchas veces amargó para siempre la vida de los habitantes del lugar. En este caso, la situación, y sobre todo la resolución del problema, facilitando prácticamente un ajusticiamiento colectivo, parece algo medio novelesco, y aunque la situación sea espantosa, nos impresiona mucho menos que las otras. Será, quizá, porque soportar a un maleducado, o ver que nuestros hijos la pasan mal en la escuela, son experiencias concretas para nosotros o nuestros vecinos. En cambio nos resulta ajena, y acaso apenas pintoresca, la tragedia de un pueblo africano. Ese asunto, además, está contado con menos precisión, y, si lo analizamos un poco, hasta podríamos sospecharle cierta mentalidad colonialista, de raza superior que viene a solucionar los problemas de los pobres negros.

De todos modos, el cotejo de situaciones permite considerar cuánta falta de civilización existe también en las sociedades más civilizadas. Gente bruta y agresiva hay en todas partes. Las reglas para ponerles límite suelen ser distintas, y a veces también pueden ser las mismas. Ni hablemos de intentar una integración.

En cada uno de estos casos, y otros que redondean la trama, el asunto es el mismo. Acá se aprecia más de una respuesta, y más de un peligro para cada respuesta. Película buena y fuerte, para todo público, elude unos cuantos facilismos y hace, con inteligencia y buen ritmo, planteos bastante realistas. Su autora es Susanne Bier, la misma de Hermanos, que era todavía más fuerte, pero de menor contenido. Detalle interesante: el título original de esta película puede traducirse literalmente como “venganza”, pero el encargado de ventas internacionales la rebautizó En un mundo mejor. Es más sugestivo, y alienta a hacer nuevas interpretaciones del relato.

Fuente: Revista Criterio. Cultura
Nº 2374 » Septiembre 2011

Víctimas y victimarios

Soy una superviviente del genocidio de los Tutsi de Ruanda en 1994.

Gran parte de mi familia fue masacrada en nuestra iglesia parroquial. Sólo ver ese edificio me llenaba de horror y de rebelión, al igual que el encuentro con los presos, me llenaba de asco y de rabia.

Mientras vivía en este estado de ánimo, sucedió un acontecimiento que cambió mi vida y mis relaciones. El 27 de agosto de 1997, a la una, un grupo de la asociación católica las "Damas de la Misericordia Divina" me llevó a dos cárceles de la región de Kibuye, mi ciudad natal.

Venían para preparar a los presos al Jubileo del año 2000. Decían: "Si has matado, si te comprometes a pedir perdón a la víctima superviviente, la ayudarás así a liberarse del peso de la venganza, del odio y del rencor. Si tú eres una víctima, te comprometes a perdonar a quien te ha hecho daño y así la ayudarás a liberarse del peso de su crimen y del mal que lleva dentro".

Este mensaje tuvo un efecto inesperado para mí y en mí...
Después de esto, uno de los presos se levantó con los ojos llenos de lágrimas y cayó de rodillas suplicando en voz alta: "misericordia". Me quedé petrificada al reconocer a un amigo de familia que había crecido con nosotros y con el cual habíamos compartido todo. Me confesó que él mismo había matado a mi padre y me contó los detalles de la muerte de mis parientes.

Me invadió un sentimiento de piedad y de compasión: lo levanté, lo besé y le dije sollozando: "tú eres y sigues siendo mi hermano". Entonces sentí que un gran peso desaparecía... Recuperé la paz interior y le dije gracias a la persona que estaba todavía entre mis brazos. Con gran sorpresa, le oí gritar: "¡la justicia puede hacer su trabajo y condenarme a muerte, pero ahora yo estoy liberado!".

Yo también quería gritar a quien quisiera escucharme: "Ven a ver a quien me ha liberado, tú también puedes recuperar la paz interior”. A partir de este momento, mi misión fue recorrer kilómetros para llevar el correo de los presos que pedían perdón a los supervivientes. Distribuí 500 cartas y llevaba también el correo de respuesta de los supervivientes a los presos, que volvían a ser mis amigos y hermanos...

Esto permitió encuentros entre verdugos y víctimas. Han sido numerosos los gestos concretos para manifestar la reconciliación.
- Los presos construyeron un pueblo para las viudas y los huérfanos del genocidio;
- construyeron asimismo el monumento conmemorativo delante de la iglesia de Kibuye;
- nacieron asociaciones de ex-presos con los supervivientes en las distintas parroquias y funcionan muy bien.

De esta experiencia deduzco que la reconciliación no es tanto querer reunir a dos personas o dos grupos en conflicto. Se trata, más bien, de que en cada persona vuelva a vencer el amor y dejar que acontezca la curación interior que permite la liberación mutua.


Y aquí radica la importancia de la Iglesia en nuestros países, pues ella tiene como misión ofrecer la Palabra: una palabra que sana, libera y reconcilia.


Autor: G. Uwamariya, Hna. de Santa Mª de Namur 'Ruanda'- Fecha: 2009-11-04

Maggy Barankitse: Perdonar a los asesinos de su familia para reconstruir...

viernes, 2 de septiembre de 2011

Caminos de expulsión o de perdón - Fabián Paré.

¿Cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? Mateo 18,15-22

Nos encontramos ante un relato que leído a la ligera puede llevar a complicadas confusiones, principalmente sobre los roles que asumimos en nuestra convivencia. A veces se dan ciertas malas costumbres en la lectura bíblica, una de ellas es la de usarla como ‘supermercado’ donde tomo lo que me resulta útil y dejo de lado lo que no me gusta, pero eso que no me gusta resulta ser tanto o más importante. Definitivamente no podemos leer la Biblia de esa manera: tomando lo que me gusta y desechando lo que no; el verdadero desafío de la Biblia es reflexionar sobre lo que nos dice, más allá de si nos gusta o no. En la escena de este relato, Pedro se ve confrontado a reflexionar algo que va más allá de ‘su gusto’ y se trata de nunca, y bajo ninguna circunstancia, dejar de perdonar. Y este es el punto que da sentido al resto del contenido del relato.

Decía que si se lo lee a la ligera puede confundir, dado que esta situación de enseñanza que genera Jesús se da en torno a los conflictos: ‘si alguien peca contra ti’. ¿Quién estará liberado de estos conflictos?, ¿Quién estará liberado de pecar en contra de…? o ¿Quién estará liberado de que pequen contra nosotros/as mismos/as? La convivencia humana esta signada por esta triste característica del conflicto de intereses, pecado, o como queramos llamarlo. Con el tiempo se van institucionalizando las formas y condiciones que deben ser aceptadas, y de no ser aceptadas se desencadenan las inst ancias de represión y castigo que tienen la finalidad de encausar aquel ‘desvío de las normas establecidas’. Si este esquema estuviese aplicado a la comprensión de los ‘desvíos’ como aquello que daña la integridad de la creación de Dios, hoy no sufriríamos ningún tipo de violencia en la sociedad, no habría hambre, guerras, crímenes, corrupción, inseguridad, etc., etc. Sin embargo, la presencia de estos flagelos son indicadores de que ese esquema es usado con otros fines, fines que se alejan de un propósito de Dios en este mundo: el perdón como herramienta de transformación, de resurrección.

Cualquier grupo que tenga en su poder ciertas ‘normas’, tendrá sus propios intereses, y apelará a esas normas para que no se defraude, no los intereses de la norma en sí, sino los suyos. El esquema propone: llamar primero al que peca contra ti, reprenderlo; sin no hace caso, ir entre dos o tres, y si no hace caso decirlo a la ‘institución madre’, y si no hace caso tomarlo como alguien que profesa otra religión (gentil-pagano); todo un despliegue que al sacarlo del contexto de Jesucristo, lleva a ser una herramienta de expulsión temible en las instituciones. Sin embargo en el contexto de Cristo es claro que no se llega a una expulsión, sino a una comprensión: ‘tenedlo como gentil y publicano’, Jesús nunca condenó a gentiles y publicanos, ni a nadie. Corrobora esta postura no expulsiva la pregunta de Pedro: ¿Cuántas veces perdonaré a mi hermano…?

Otra frase que a cualquier grupo que esté en espacios de poder le puede caer a gusto es: ‘si dos de ustedes se ponen de acuerdo en la tierra acerca de cualquier cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos’ (Mt 18,19). ¿Cuántos hay que se ponen de acuerdo aquí en la tierra, y creen que sus logros son por providencia divina y no por manejos del poder? ¿Cómo saber si las empresas que llevamos adelante en la vida de nuestros grupos son sostenidas por la fuerza divina o por los caprichos humanos? Pues tenemos una pista en la respuesta que Jesús le da a Pedro: si vas a perdonar que sea ‘…hasta setenta veces siete’ (Mt 18,21).  ; El número siete refiere a la perfección, y este juego de números en la respuesta nos deja pensando en un perdón perfecto, profundo, incuestionable, es decir para nada superficial y rencoroso.

Jesús dice que lo que atemos aquí queda atado en el cielo, y que lo que desatemos aquí queda desatado en el cielo (Mt 18,18), esto nos lleva a pensar que no debemos esperar que en algún ‘cielo’, futuro y posterior a la muerte, se resuelvan algunas cosas, especialmente las que cuya resolución dependen de nosotros/as mismos/as. Y por demás está decir que la resolución cristiana de los conflictos no se encausa por caminos de expulsión, sino de perdón y comprensión, de amor y paz. No confundamos nuestro rol cristiano, y en cada situación que nos toque vivir, demos testimonio de la unidad a la que Cristo nos convoca, recordando siempre lo que San Pablo dice: ‘el amor no hace mal al prójimo, así que el cumplimiento de la ley es el amor’ (Romanos 13,10).

Fuente: Red de Liturgia del Clai





jueves, 1 de septiembre de 2011

SI SE PIERDE UN HERMANO...por Florentino Ulibarri

Si se pierde un hermano,

si se pierde un hijo,

si se pierde el vecino, el compañero,

el amigo o el enemigo...

¿qué he de hacer, Dios mío?

Lo buscaré sin descanso, día y noche,

por senderos, charcos y bosques,

playas y desiertos, montañas y valles,

pueblos y ciudades e inhóspitos lugares,

con mis pies cansados y corazón anhelante.

Lo llamaré, con mi voz rota, por su nombre

y no cejaré hasta encontrarlo y abrazarlo;

y le diré con ternura y pasión de hermano:

Estoy preocupado y angustiado por ti

y siento que nuestras vidas necesitan dialogarse.

Y si no se detiene y me da la espalda,

o hace oídos sordos a mis palabras,

o me desafía con los hechos o su mirada,

juntaré, antes que oscurezca, la ternura de dos o más

para ahogar su resistencia con fraternidad desbordada.

Y si el fuego de tu Espíritu y de los hermanos

no hace mella en sus gélidas entrañas,

juntaré centenares de cálidos hogares

para que alumbren su noche oscura

y derritan sus hielos invernales.

Y si tal torrente de ternura, gracia y respeto

no doblega su tronco altivo y yermo,

lo cubriré con mi ropa para protegerlo

y lo lavaré sin descanso con mis lágrimas

hasta cicatrizar sus heridas y devolverle la alegría.

Y si a pesar de ello no sigue tu camino,

le perdonaré como tú nos enseñaste;

y si es preciso me convertiré en rodrigón

de su vida, historia y suerte,

renunciando a otros proyectos personales.

Y así ganaré a mi hermano

y la vida que nos prometiste.

¡Bendito seas, Señor, que nos haces fuertes

para curar y ser curados, hoy y siempre,

para amar al hermano y ser por él amados!

¡Bendito seas, Señor, por invitarnos a crear,

vivir, salvar y cultivar la fraternidad!


Fuente: Fe Adulta