domingo, 8 de enero de 2012
viernes, 6 de enero de 2012
UN ZELOTA, DISCÍPULO DE JESÚS - Dolores Aleixandre
“No volveré a recordarlo, no hablaré más en su nombre…” (Jer 20,8).
Fueron esas palabras de Jeremías las que vinieron a mi memoria dando nombre a mis sentimientos y deseos. Eran semejantes a las que acababa de pronunciar en mi entrevista con el mejor de mis amigos:
Me he equivocado, Demetrio, eras tú quien tenía razón cuando me dijiste que cometía un error al entrar en contacto con la secta de Jesús. Y también tienen razón los que me han reprochado haberme apartado del que fue mi camino de siempre, el mismo que siguieron mis antepasados. No debería haberme alejado de la lucha violenta contra el poder opresor romano, por la que tantos de mi sangre han dado la vida.
Desciendo, en efecto, de una familia de zelotas marcada, como tantas otras en Galilea, por un talante revolucionario. Por eso la noticia de mi aproximación al grupo de seguidores del Nazareno, había caído como un rayo entre mis parientes y conocidos.
La violencia con que los romanos sofocaban cualquier intento de protesta por parte del pueblo judío, me había hecho perder la esperanza en la posibilidad de liberarnos de su yugo y me encontraba sumergido en una honda crisis personal. Estaba tan necesitado de encontrar nuevos ideales que el anuncio de Jesús, el Mesías resucitado, fue como un destello de luz en medio de mis tinieblas.
Comencé a frecuentar el grupo que presidía Mateo y fui entusiasmándome poco a poco con lo que oía sobre Jesús. Me aceptaron en el grupo de los catecúmenos que íbamos a ser bautizados en la solemne noche pascual.
Pero en el intervalo se sucedieron algunos acontecimientos que tambalearon mi decisión: mi esposa y mis hijos mayores, que desde el principio se habían mostrado reticentes a mi distanciamiento de los ideales zelotas, se oponían ahora frontalmente a la costumbre de compartir los bienes que era habitual en la comunidad.
Por otra parte, y según se iba corriendo la voz de mi cambio de conducta y de mi nueva identidad de seguidor de la doctrina del Nazareno, mis antiguos compañeros en la lucha política comenzaron a establecer un cerco de oposición en torno a mí y a tejer una sutil red en la que envolverme: me hablaban de personajes que yo admiraba y que eran contrarios a los cristianos, me comunicaban los rumores que circulaban en torno a éstos, ridiculizaban ante mí sus prácticas y hasta los insultaban y calumniaban.
Todo parecía ponerse en contra mía porque en la comunidad acabábamos de leer el relato de Mateo sobre los cuarenta días de Jesús en el desierto y me costaba trabajo aceptar aquella visión de un Jesús tentado por Satanás: yo tenía una idea demasiado elevada del Mesías como para aceptar que hubiera estado sometido a prueba. “No fueron tentaciones reales”, pensé, “sería para darnos ejemplo...”
Tampoco podía comprender el porqué de aquel rechazo radical de Jesús a todo lo que significara fama, poder o posesión. Al fin y al cabo ¿no realizó después signos que causaron admiración en el pueblo? ¿No dio de comer a aquella multitud en el desierto y curó a tantos enfermos? Y además, ¿cómo conseguiríamos sus seguidores respeto y reconocimiento a nuestro alrededor si no dábamos muestra de cierto prestigio y dignidad?
Cuando llegué a mi casa me encontré con la visita inesperada de Paltiel, sin duda enviado por el grupo de mis antiguos compañeros. Me abordó indirectamente, como quien transmite los hechos de manera neutral, a la vez que halagaba mi vanidad:
– He oído últimamente hablar mucho de ti, pero no he dado crédito a los que dicen que tu comportamiento es extraño, que tratas con gente de ínfima condición, que has olvidado el honor de tu nombre y de tus antepasados y que te han captado unos renegados que han abandonado la circuncisión, las normas de pureza y las tradiciones pero, sobre todo, son ya indiferentes a la suerte de nuestro pueblo, se distancian públicamente de los que empuñan las armas, predican la mansedumbre y anuncian a un Mesías crucificado.
Yo te conozco bien y estoy seguro de que sigues siendo tan fiel a los ideales que siempre han unido a nuestro grupo; por eso vengo a proponerte que te pongas al frente de los que continúan empeñados en conseguir la liberación de nuestro pueblo. Ya hemos tomado posiciones, tenemos buenos contactos, contamos con dinero y con armas y sólo nos falta alguien con tu nombre y tu prestigio.
Cuando se marchó, me di cuenta con asombro de que, gracias a sus palabras, estaba comenzando a comprender el significado de las tentaciones de Jesús. Según él mismo recomendaba entré en mi aposento, cerré la puerta y hablé con el Padre desde lo secreto de mi corazón. Le pedí fuerza para vencer en el combate al que estaba sometido:
“No me dejes caer en la tentación, no permitas que me arrastren la ansiedad por el prestigio y el renombre, haz que la llamada de Jesús al servicio y a la mansedumbre sean más fuertes que mi inclinación a dominar y ejercer el poder”.
Me vino a la memoria un proverbio: “El corazón del rey es como una acequia: Dios lo conduce como quiere” (Pr 21,1). Y me di cuenta de que estaba el Espíritu a la obra en mi corazón para conducir la acequia turbulenta de mis deseos por los caminos del Mesías crucificado a quien quiero seguir...
Fuente: Fe adulta
Fueron esas palabras de Jeremías las que vinieron a mi memoria dando nombre a mis sentimientos y deseos. Eran semejantes a las que acababa de pronunciar en mi entrevista con el mejor de mis amigos:
Me he equivocado, Demetrio, eras tú quien tenía razón cuando me dijiste que cometía un error al entrar en contacto con la secta de Jesús. Y también tienen razón los que me han reprochado haberme apartado del que fue mi camino de siempre, el mismo que siguieron mis antepasados. No debería haberme alejado de la lucha violenta contra el poder opresor romano, por la que tantos de mi sangre han dado la vida.
Desciendo, en efecto, de una familia de zelotas marcada, como tantas otras en Galilea, por un talante revolucionario. Por eso la noticia de mi aproximación al grupo de seguidores del Nazareno, había caído como un rayo entre mis parientes y conocidos.
La violencia con que los romanos sofocaban cualquier intento de protesta por parte del pueblo judío, me había hecho perder la esperanza en la posibilidad de liberarnos de su yugo y me encontraba sumergido en una honda crisis personal. Estaba tan necesitado de encontrar nuevos ideales que el anuncio de Jesús, el Mesías resucitado, fue como un destello de luz en medio de mis tinieblas.
Comencé a frecuentar el grupo que presidía Mateo y fui entusiasmándome poco a poco con lo que oía sobre Jesús. Me aceptaron en el grupo de los catecúmenos que íbamos a ser bautizados en la solemne noche pascual.
Pero en el intervalo se sucedieron algunos acontecimientos que tambalearon mi decisión: mi esposa y mis hijos mayores, que desde el principio se habían mostrado reticentes a mi distanciamiento de los ideales zelotas, se oponían ahora frontalmente a la costumbre de compartir los bienes que era habitual en la comunidad.
Por otra parte, y según se iba corriendo la voz de mi cambio de conducta y de mi nueva identidad de seguidor de la doctrina del Nazareno, mis antiguos compañeros en la lucha política comenzaron a establecer un cerco de oposición en torno a mí y a tejer una sutil red en la que envolverme: me hablaban de personajes que yo admiraba y que eran contrarios a los cristianos, me comunicaban los rumores que circulaban en torno a éstos, ridiculizaban ante mí sus prácticas y hasta los insultaban y calumniaban.
Todo parecía ponerse en contra mía porque en la comunidad acabábamos de leer el relato de Mateo sobre los cuarenta días de Jesús en el desierto y me costaba trabajo aceptar aquella visión de un Jesús tentado por Satanás: yo tenía una idea demasiado elevada del Mesías como para aceptar que hubiera estado sometido a prueba. “No fueron tentaciones reales”, pensé, “sería para darnos ejemplo...”
Tampoco podía comprender el porqué de aquel rechazo radical de Jesús a todo lo que significara fama, poder o posesión. Al fin y al cabo ¿no realizó después signos que causaron admiración en el pueblo? ¿No dio de comer a aquella multitud en el desierto y curó a tantos enfermos? Y además, ¿cómo conseguiríamos sus seguidores respeto y reconocimiento a nuestro alrededor si no dábamos muestra de cierto prestigio y dignidad?
Cuando llegué a mi casa me encontré con la visita inesperada de Paltiel, sin duda enviado por el grupo de mis antiguos compañeros. Me abordó indirectamente, como quien transmite los hechos de manera neutral, a la vez que halagaba mi vanidad:
– He oído últimamente hablar mucho de ti, pero no he dado crédito a los que dicen que tu comportamiento es extraño, que tratas con gente de ínfima condición, que has olvidado el honor de tu nombre y de tus antepasados y que te han captado unos renegados que han abandonado la circuncisión, las normas de pureza y las tradiciones pero, sobre todo, son ya indiferentes a la suerte de nuestro pueblo, se distancian públicamente de los que empuñan las armas, predican la mansedumbre y anuncian a un Mesías crucificado.
Yo te conozco bien y estoy seguro de que sigues siendo tan fiel a los ideales que siempre han unido a nuestro grupo; por eso vengo a proponerte que te pongas al frente de los que continúan empeñados en conseguir la liberación de nuestro pueblo. Ya hemos tomado posiciones, tenemos buenos contactos, contamos con dinero y con armas y sólo nos falta alguien con tu nombre y tu prestigio.
Cuando se marchó, me di cuenta con asombro de que, gracias a sus palabras, estaba comenzando a comprender el significado de las tentaciones de Jesús. Según él mismo recomendaba entré en mi aposento, cerré la puerta y hablé con el Padre desde lo secreto de mi corazón. Le pedí fuerza para vencer en el combate al que estaba sometido:
“No me dejes caer en la tentación, no permitas que me arrastren la ansiedad por el prestigio y el renombre, haz que la llamada de Jesús al servicio y a la mansedumbre sean más fuertes que mi inclinación a dominar y ejercer el poder”.
Me vino a la memoria un proverbio: “El corazón del rey es como una acequia: Dios lo conduce como quiere” (Pr 21,1). Y me di cuenta de que estaba el Espíritu a la obra en mi corazón para conducir la acequia turbulenta de mis deseos por los caminos del Mesías crucificado a quien quiero seguir...
Fuente: Fe adulta
jueves, 5 de enero de 2012
EN LA PIEL DEL OTRO - Eloy Roy
Si Israel se metiera un poco en la piel de los palestinos y los palestinos en la piel de los israelíes, en seguida se haría la paz.
Si las Iglesias hicieran lo mismo entre ellas, muchas murallas se vendrían abajo, y todas ellas llegarían a ser una gran fuente de inspiración para el mundo.
Si los empresarios se metieran en la piel de sus empleados y los empleados en la de sus patrones, habría menos huelgas y nadie lloraría.
Si el varón se acostumbrara a ponerse en el lugar de la mujer y la mujer en el del varón, la vida sería más linda en las casas, y así por todo el planeta.
Si simplemente nos habláramos intentando sinceramente ponernos en la piel del otro, nos comprenderíamos mejor y, quién sabe, tal vez acabaríamos amándonos.
Cada vez que uno espera que el otro dé el primer paso, se hace mal a sí mismo, y cada vez que uno se preocupa primero por ser comprendido antes que comprender, se equivoca.
Los psicólogos llaman al hecho de meterse en la piel del otro “tener empatía”.
Dios se metió en nuestra piel, y esto ha sido la Encarnación hasta el extremo de la cruz; ahora Él espera que nosotros también nos metamos en su piel hasta el extremo de amar al mundo como Él lo amó.
Los misioneros hicieron generalmente grandes cosas, muchas absolutamente magníficas, otras tristes hasta llorar. Cada vez que se equivocaron fue porque se olvidaron de meterse en la piel de los pueblos que buscaban iluminar. Hoy la misión consiste en recuperar el tiempo perdido.
(...)
Con el Samaritano que desciende de su montura, toma al herido en sus brazos y lo pone en su burro, Jesús nos enseña a no mirar al otro desde arriba, desde nuestra suficiencia, sino a descender de nuestra torre, a hacernos cercanos del otro, a alzarlo a nuestro mismo lugar y a caminar sencillamente a su lado. Lo mismo con los ateos, con personas de otras religiones y con todo el mundo.
Se buscan toda clase de espiritualidades. Ponerse en el lugar del otro, meterse en su piel, es una de ellas. Se le llama la espiritualidad de la encarnación. Ésa fue la espiritualidad de Jesús.
Fuente:Fe Adulta
Si las Iglesias hicieran lo mismo entre ellas, muchas murallas se vendrían abajo, y todas ellas llegarían a ser una gran fuente de inspiración para el mundo.
Si los empresarios se metieran en la piel de sus empleados y los empleados en la de sus patrones, habría menos huelgas y nadie lloraría.
Si el varón se acostumbrara a ponerse en el lugar de la mujer y la mujer en el del varón, la vida sería más linda en las casas, y así por todo el planeta.
Si simplemente nos habláramos intentando sinceramente ponernos en la piel del otro, nos comprenderíamos mejor y, quién sabe, tal vez acabaríamos amándonos.
Cada vez que uno espera que el otro dé el primer paso, se hace mal a sí mismo, y cada vez que uno se preocupa primero por ser comprendido antes que comprender, se equivoca.
Los psicólogos llaman al hecho de meterse en la piel del otro “tener empatía”.
Dios se metió en nuestra piel, y esto ha sido la Encarnación hasta el extremo de la cruz; ahora Él espera que nosotros también nos metamos en su piel hasta el extremo de amar al mundo como Él lo amó.
Los misioneros hicieron generalmente grandes cosas, muchas absolutamente magníficas, otras tristes hasta llorar. Cada vez que se equivocaron fue porque se olvidaron de meterse en la piel de los pueblos que buscaban iluminar. Hoy la misión consiste en recuperar el tiempo perdido.
(...)
Con el Samaritano que desciende de su montura, toma al herido en sus brazos y lo pone en su burro, Jesús nos enseña a no mirar al otro desde arriba, desde nuestra suficiencia, sino a descender de nuestra torre, a hacernos cercanos del otro, a alzarlo a nuestro mismo lugar y a caminar sencillamente a su lado. Lo mismo con los ateos, con personas de otras religiones y con todo el mundo.
Se buscan toda clase de espiritualidades. Ponerse en el lugar del otro, meterse en su piel, es una de ellas. Se le llama la espiritualidad de la encarnación. Ésa fue la espiritualidad de Jesús.
Fuente:Fe Adulta
martes, 3 de enero de 2012
lunes, 2 de enero de 2012
domingo, 1 de enero de 2012
BIZCOCHO ESPECIAL PARA EL NUEVO AÑO - MIGUEL ÁNGEL MESA
Ingredientes imprescindibles:
12 cucharadas soperas de cariño.(Ni una más ni una menos, si no, se podría cortar y os estropearía el postre)
11 cucharadas de abrazos. (Pequeñas, de café; pensar que es una por persona, de la marca “Pechito con pechito”; se ha comprobado científicamente que una cucharadita de abrazo al día, como mínimo, te da fuerza para emprender con ánimo el nuevo día)
10 gramos de amabilidad. (Es un ingrediente que endulza la vida, no engorda y nos hace sentir bien)
9 pizcas de generosidad.(Ayuda a echar una mano cuando te necesitan, a no escurrir el bulto, a descubrir que te sientes mejor al dar que al recibir)
8 cucharadas grandes de tolerancia.(Bien cumpliditas; utilizar tolerancia de marca, no de la de cumplir; ayuda a combatir los virus de la intransigencia, la obcecación y la tozudez)
7 tacitas pequeñas de diálogo.(No es algo que se encuentre con facilidad en el mercado, ni habitualmente en nuestras casas, pero le dará consistencia y buena presencia al bizcocho)
6 puñados de harina, marca “alegría”. (Imprescindible para que resulte con gracia; no quitar los posos del contento, el gozo ni de la animación: dan un sabor muy agradable)
5 puñados de semillas de esperanza. (No pasa nada si se equivoca uno y echa alguno más, siempre es mejor que sobre, que no que falte)
4 cucharaditas de convivencia. (Pero que sea de calidad; ni una más, ni una menos, lo justo, porque si no, nos empachará)
3 chupitos de orujo de hierbas, gallego, marca “simpatía”. (Al meterlo en el horno el alcohol se evapora, pero lo deja todo empapado con su sabor y quien lo prueba le encanta y pide la receta para hacerlo cada semana)
2 cucharadas cumplidas de cuidado.(También es imprescindible este ingrediente, sin él, el bizcocho se echará a perder, pero no echar más de la cuenta, porque se puede estropear por exceso de agobio)
1 dedito de perdón.(Puede ser a lo ancho o a lo largo, según se necesite; vital para que el bizcocho se pueda comer en cordialidad y placer, sin el perdón se agriará y no se podrá degustar en común)
Mezclarlo todo con salero y añadir un buen chorro de humor (que lo endulza bastante y deja un muy buen sabor de boca).
Espolvorear con generosidad amor glasé, que le dará una presencia deliciosa y añadir chocolate puro de ternura.
¡Ah! y adornarlo con unas guindas de sinceridad, color rojo-pasión.
Hornearlo a fuego lento, para que no se queme y adquiera la consistencia deseada, así os durará bastante. Quienes lo prueban repiten y se les queda un regusto de felicidad.
Fuente: ECLESALIA
12 cucharadas soperas de cariño.(Ni una más ni una menos, si no, se podría cortar y os estropearía el postre)
11 cucharadas de abrazos. (Pequeñas, de café; pensar que es una por persona, de la marca “Pechito con pechito”; se ha comprobado científicamente que una cucharadita de abrazo al día, como mínimo, te da fuerza para emprender con ánimo el nuevo día)
10 gramos de amabilidad. (Es un ingrediente que endulza la vida, no engorda y nos hace sentir bien)
9 pizcas de generosidad.(Ayuda a echar una mano cuando te necesitan, a no escurrir el bulto, a descubrir que te sientes mejor al dar que al recibir)
8 cucharadas grandes de tolerancia.(Bien cumpliditas; utilizar tolerancia de marca, no de la de cumplir; ayuda a combatir los virus de la intransigencia, la obcecación y la tozudez)
7 tacitas pequeñas de diálogo.(No es algo que se encuentre con facilidad en el mercado, ni habitualmente en nuestras casas, pero le dará consistencia y buena presencia al bizcocho)
6 puñados de harina, marca “alegría”. (Imprescindible para que resulte con gracia; no quitar los posos del contento, el gozo ni de la animación: dan un sabor muy agradable)
5 puñados de semillas de esperanza. (No pasa nada si se equivoca uno y echa alguno más, siempre es mejor que sobre, que no que falte)
4 cucharaditas de convivencia. (Pero que sea de calidad; ni una más, ni una menos, lo justo, porque si no, nos empachará)
3 chupitos de orujo de hierbas, gallego, marca “simpatía”. (Al meterlo en el horno el alcohol se evapora, pero lo deja todo empapado con su sabor y quien lo prueba le encanta y pide la receta para hacerlo cada semana)
2 cucharadas cumplidas de cuidado.(También es imprescindible este ingrediente, sin él, el bizcocho se echará a perder, pero no echar más de la cuenta, porque se puede estropear por exceso de agobio)
1 dedito de perdón.(Puede ser a lo ancho o a lo largo, según se necesite; vital para que el bizcocho se pueda comer en cordialidad y placer, sin el perdón se agriará y no se podrá degustar en común)
Mezclarlo todo con salero y añadir un buen chorro de humor (que lo endulza bastante y deja un muy buen sabor de boca).
Espolvorear con generosidad amor glasé, que le dará una presencia deliciosa y añadir chocolate puro de ternura.
¡Ah! y adornarlo con unas guindas de sinceridad, color rojo-pasión.
Hornearlo a fuego lento, para que no se queme y adquiera la consistencia deseada, así os durará bastante. Quienes lo prueban repiten y se les queda un regusto de felicidad.
Fuente: ECLESALIA
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