domingo, 5 de febrero de 2012
sábado, 4 de febrero de 2012
Misterios del perdón - Por Sergio Sinay
Según ha comprobado Umberto Eco hay en Internet un millón quinientas noventa mil páginas sobre el perdón. Si les sumamos la cantidad de veces que pronunciamos, escuchamos y escribimos esa palabra a lo largo de nuestras vidas, acaso nos encontremos con uno de los vocablos (junto con amor) más usados en nuestra relación con los otros y con el mundo. Es relativamente fácil pedir perdón, aunque el orgullo de muchas personas se convierte en escollo insalvable para que ellas lo hagan. Lo difícil es acompañar ese pedido con acciones reparadoras. Y que no reparen según la conveniencia del ofensor sino de acuerdo con la necesidad del ofendido. Por otra parte, no es fácil perdonar sin condiciones, soltando de verdad el pesado encono de la ofensa. ¿Ofensa o daño? En Pregúntale a Platón el consultor filosófico Lou Marinoff propone diferenciarlos. Alguien puede dañarnos sin ofendernos (un mal movimiento, un golpe sin intención que nos lastima) y alguien puede ofendernos sin dañarnos físicamente (una descalificación, la discriminación). No podemos evitar el dolor de un daño, pero sí podemos desapegarnos de la ofensa. A veces daño y ofensa van juntos: alguien nos lastima y nos insulta. ¿Podemos perdonar?
Perdonar es, etimológicamente, dar algo de manera gratuita. ¿Qué damos al perdonar? ¿Absolución? ¿Olvido? ¿Condonación? En estos tres casos la acción que provocó la herida (física, moral, psíquica o emocional) queda borrada, como sino se hubiese producido. Desaparecen peligrosamente la responsabilidad y la memoria. La gran escritora y terapeuta austriaca Elisabeth Lukas dice en La felicidad en la familia , algo tan fuerte como bello: »Perdonar no significa olvidar. Si usted olvidase todo no sabría qué perdona. Para perdonar es necesario asumir los abismos que hay en el ser humano«. Y hay abismos en cada alma humana. A menudo la decisión de no perdonar nos deja fijados a la sombra del otro y sin posibilidad de asomarnos a la nuestra para comprenderla y conocernos. Para perdonar es necesario desprenderse de la sensación de poder que nos da la culpa que el otro siente ante nosotros. Y ese desprendimiento requiere enorme humildad. ¿Qué pasa si quien nos hirió u ofendió no siente culpa? Nuestra negativa a perdonar, en este caso, le da a esa persona un gran poder sobre nosotros. Como dice Lukas, perdonar supone luchar con uno mismo antes que con el »enemigo«. Quien no perdona se amolda al otro. Quien perdona al que no se arrepiente, le da una lección moral.
¿Todo es perdonable? El primer impulso es responder que no. ¿Pero cómo sostener ese no ante las palabras y la actitud de Khim Phuc? ¿O ante Adriann Vlok, sanguinario jefe de la policía sudafricana del apartheid, que, tras ser juzgado y condenado, sintió que necesitaba más y buscó a madres de personas asesinadas por él y les lavó los pies? Fue perdonado por ellas. ¿Y ante Jo Berry, hija de Anthony Berry, político inglés muerto por una bomba del IRA, que necesitó conocer en persona a Pat Magee, uno de los asesinos de su padre, y hoy, tras perdonarlo, viaja con él por el mundo dando conferencias acerca del perdón y la reconciliación? »Tuve necesidad de conocerlo«, dijo ella. Él dijo algo similar. »El corazón es el músculo más elástico«, dice Woody Allen. Acaso por eso el perdón que nace en el corazón es uno de los más hermosos, profundos y misteriosos ejercicios de humanidad del que somos capaces. Cuando somos capaces.
Fuente: La Nación - 05/07/2009
Perdonar es, etimológicamente, dar algo de manera gratuita. ¿Qué damos al perdonar? ¿Absolución? ¿Olvido? ¿Condonación? En estos tres casos la acción que provocó la herida (física, moral, psíquica o emocional) queda borrada, como sino se hubiese producido. Desaparecen peligrosamente la responsabilidad y la memoria. La gran escritora y terapeuta austriaca Elisabeth Lukas dice en La felicidad en la familia , algo tan fuerte como bello: »Perdonar no significa olvidar. Si usted olvidase todo no sabría qué perdona. Para perdonar es necesario asumir los abismos que hay en el ser humano«. Y hay abismos en cada alma humana. A menudo la decisión de no perdonar nos deja fijados a la sombra del otro y sin posibilidad de asomarnos a la nuestra para comprenderla y conocernos. Para perdonar es necesario desprenderse de la sensación de poder que nos da la culpa que el otro siente ante nosotros. Y ese desprendimiento requiere enorme humildad. ¿Qué pasa si quien nos hirió u ofendió no siente culpa? Nuestra negativa a perdonar, en este caso, le da a esa persona un gran poder sobre nosotros. Como dice Lukas, perdonar supone luchar con uno mismo antes que con el »enemigo«. Quien no perdona se amolda al otro. Quien perdona al que no se arrepiente, le da una lección moral.
¿Todo es perdonable? El primer impulso es responder que no. ¿Pero cómo sostener ese no ante las palabras y la actitud de Khim Phuc? ¿O ante Adriann Vlok, sanguinario jefe de la policía sudafricana del apartheid, que, tras ser juzgado y condenado, sintió que necesitaba más y buscó a madres de personas asesinadas por él y les lavó los pies? Fue perdonado por ellas. ¿Y ante Jo Berry, hija de Anthony Berry, político inglés muerto por una bomba del IRA, que necesitó conocer en persona a Pat Magee, uno de los asesinos de su padre, y hoy, tras perdonarlo, viaja con él por el mundo dando conferencias acerca del perdón y la reconciliación? »Tuve necesidad de conocerlo«, dijo ella. Él dijo algo similar. »El corazón es el músculo más elástico«, dice Woody Allen. Acaso por eso el perdón que nace en el corazón es uno de los más hermosos, profundos y misteriosos ejercicios de humanidad del que somos capaces. Cuando somos capaces.
Fuente: La Nación - 05/07/2009
En el lugar del herido - Por Sergio Sinay
Las relaciones entre olvido y perdón son sensibles y complejas. ¿Es el mismo el perdón que se pide y el que se da? ¿Es justo que quien ha sido ofendido, lastimado o humillado no vea reparado su dolor y que quien ofendió, humilló o lastimó no cumpla con esa reparación? ¿Es siempre posible reparar? Hay heridas de tal profundidad que el dañado sólo puede perdonar si logra convencerse de que no existieron. Es decir, si consigue negar parte de su propia historia y condición. El simple hecho de pedir perdón no es suficiente si no hay acciones reparadoras. Pero un acto no es reparador según el juicio del ofensor, sino según el sentimiento del ofendido. Por otra parte, olvido y perdón no son sinónimos. Y si se confunde olvido con pérdida de la memoria no habrá reparación. Como suele repetir la psicoterapeuta y escritora Elisabeth Lukas ( Una vida fascinante, Psicoterapia en dignidad ), quien perdona y olvida, olvida lo que perdona. En este caso, no hay procesos de transformación ni aprendizajes.
Muchas veces, la invocación al perdón opera en favor de los ofensores. Esto es riesgoso, ya que en las interacciones humanas abundan las heridas provocadas por falta de respeto, manipulación, avasallamiento, egoísmo, perversión, corrupción, especulación. Son muchas y constantes, tantas como para que los ofensores constituyan una masa crítica considerable, inclinada a presionar en favor de las "bondades" del perdón. Pero el perdón no es una abstracción. Cuando se pregona indiscriminadamente -"hay que perdonar"-, se le quita contenido a ese valor. Perdonar se convierte así en un hecho mecánico y automático. Si no se acata la consigna, el lastimado corre riesgo de ser considerado ahora como el nuevo ofensor, y el ofensor pasa a ser el ofendido. Con esto sólo se consigue agregarle resentimiento y confusión al dolor.
Por todas estas cuestiones conviene, desde mi punto de vista, ponderar el otro factor: la justicia. El perdón, en muchos casos flagrantes y dolorosos, no reemplaza a la justicia, no puede hacerlo. La presencia de la justicia, en cambio, no hará de por sí que el ofendido olvide lo inolvidable, pero puede contribuir a que donde está la herida empiece a formarse una cicatriz y advenga algo de calma. Hacer justicia y perdonar no son acciones vinculantes. Hacer justicia ayuda a crear una sociedad confiable, en la que los hechos aberrantes no estarán ausentes, pero habrá sanción y reparación. Esto vale también para el orden íntimo y privado.
El perdón no surge por decreto ni por mandato. Nace de profundos movimientos que se dan en un lugar tan sagrado, inviolable y misterioso como es el fondo del corazón humano. Quien perdona por obligación, por temor a no ser querido o a ser excluido o criticado, quien perdona por conveniencia o por miedo, quien perdona porque "debe" hacerlo, no perdona. Cambia el nombre y la dirección de su dolor, quizá lo convierta en resentimiento, acaso lo dirija a lugares o personas indebidas o hacia sí mismo, enfermándose psíquica, física, emocional o espiritualmente.
A todo esto, es curioso que en las discusiones acerca de olvido y perdón se ponga más el acento en el ofendido que en el ofensor. Es éste quien debe una reparación. A veces esta es imposible, pero eso no quita la obligación moral de intentarla. Es el ofensor quien debe reconocer (si es posible, ante el lastimado) su acción y las consecuencias de esta. Es quien debe costear la situación y prometer (promesa que deberá sostener con acciones) que la herida no se repetirá. La respuesta del ofendido dependerá de lo añejo y profundo de su lastimadura y de la justicia y empatía con que haya sido atendida. "El perdón -dice André Comte-Sponville en su Diccionario filosófico - no es la absolución que suprimiría o borraría la culpa, cosa que nadie puede. No es el olvido, que sería infiel e imprudente." Así como esta página se abre con preguntas, resulta imposible, en este tema, cerrarla con certezas. La prioridad es ponerse en el lugar del lastimado. Y hablar desde ahí.
Fuente: La Nación - 04/04/2010
Muchas veces, la invocación al perdón opera en favor de los ofensores. Esto es riesgoso, ya que en las interacciones humanas abundan las heridas provocadas por falta de respeto, manipulación, avasallamiento, egoísmo, perversión, corrupción, especulación. Son muchas y constantes, tantas como para que los ofensores constituyan una masa crítica considerable, inclinada a presionar en favor de las "bondades" del perdón. Pero el perdón no es una abstracción. Cuando se pregona indiscriminadamente -"hay que perdonar"-, se le quita contenido a ese valor. Perdonar se convierte así en un hecho mecánico y automático. Si no se acata la consigna, el lastimado corre riesgo de ser considerado ahora como el nuevo ofensor, y el ofensor pasa a ser el ofendido. Con esto sólo se consigue agregarle resentimiento y confusión al dolor.
Por todas estas cuestiones conviene, desde mi punto de vista, ponderar el otro factor: la justicia. El perdón, en muchos casos flagrantes y dolorosos, no reemplaza a la justicia, no puede hacerlo. La presencia de la justicia, en cambio, no hará de por sí que el ofendido olvide lo inolvidable, pero puede contribuir a que donde está la herida empiece a formarse una cicatriz y advenga algo de calma. Hacer justicia y perdonar no son acciones vinculantes. Hacer justicia ayuda a crear una sociedad confiable, en la que los hechos aberrantes no estarán ausentes, pero habrá sanción y reparación. Esto vale también para el orden íntimo y privado.
El perdón no surge por decreto ni por mandato. Nace de profundos movimientos que se dan en un lugar tan sagrado, inviolable y misterioso como es el fondo del corazón humano. Quien perdona por obligación, por temor a no ser querido o a ser excluido o criticado, quien perdona por conveniencia o por miedo, quien perdona porque "debe" hacerlo, no perdona. Cambia el nombre y la dirección de su dolor, quizá lo convierta en resentimiento, acaso lo dirija a lugares o personas indebidas o hacia sí mismo, enfermándose psíquica, física, emocional o espiritualmente.
A todo esto, es curioso que en las discusiones acerca de olvido y perdón se ponga más el acento en el ofendido que en el ofensor. Es éste quien debe una reparación. A veces esta es imposible, pero eso no quita la obligación moral de intentarla. Es el ofensor quien debe reconocer (si es posible, ante el lastimado) su acción y las consecuencias de esta. Es quien debe costear la situación y prometer (promesa que deberá sostener con acciones) que la herida no se repetirá. La respuesta del ofendido dependerá de lo añejo y profundo de su lastimadura y de la justicia y empatía con que haya sido atendida. "El perdón -dice André Comte-Sponville en su Diccionario filosófico - no es la absolución que suprimiría o borraría la culpa, cosa que nadie puede. No es el olvido, que sería infiel e imprudente." Así como esta página se abre con preguntas, resulta imposible, en este tema, cerrarla con certezas. La prioridad es ponerse en el lugar del lastimado. Y hablar desde ahí.
Fuente: La Nación - 04/04/2010
viernes, 3 de febrero de 2012
jueves, 2 de febrero de 2012
Forgiveness is a fresh start - Francesc Torralba Barcelona.
Jankélevitch, Vladimir. Forgiveness. University of Chicago Press, 2005.
One of the most evocative works written during the twentieth century on the virtue of forgiveness is that of the French philosopher and musicologist Vladimir Jankélévitch (1903-1985), published in 1967 under the title Le pardón (Forgiveness, Seix Barral, 1999).
It is not easy to place the thought of this man within the philosophical systems of the last century, because in some ways it does not strictly fit any compartment. He is not a Marxist, nor an existentialist, nor a personalist, nor a structuralist in the orthodox sense of the term. His work is original and suggestive, yet it is not well known and translated in Spain. It has a profound moral mark and contains very appropriate reflections on life practice. It is a remarkable treatise on the virtues and his disquisitions on the vitalism of Bergson and idealism of Schelling, to whom he dedicated his doctoral thesis defended at the Sorbonne.
Forgiveness is a successful work in many senses. It explores the difficulties in the exercise of forgiveness and defines forgiveness as a free gift, an act of will. It proposes a cleansing; a fresh start free from the wounds of history. Forgiveness is, in this sense, therapeutic, hygienic, a cathartic operation that frees the weight of the past and treats the other as a new being. Forgiveness, as understood by Jankélévitch is not an impossibility but neither is it easy to achieve. It is humbling and at the same time, time plays a key role because to forgive an offence in the moment is difficult but given the distance of years, is a more viable path to reconciliation.
The Letter of Peace addressed to the UN has no direct reference to forgiveness but it does describe a series of key steps to restore peace and to make peace with history. Regretting unjust actions committed in the past is a first step. This entails recognising and having the bravery to do this publicly. Forgiveness is included in this process. I can only apologise if all of my heart regrets that which has happened, the wrong that I (or those in the government of an institution who represented me) have caused. Public regret does not guarantee reconciliation, but it is the first step. It also requires compensation as far as possible for the harm caused. Forgiveness is a virtue, it requires the repair work to occur not only on the symbolic level, but also in the ethical, social, economic and psychological realms. To compensate as much as possible for harm caused does not guarantee reconciliation either but is a second crucial step in the purification of the misdeeds of memory.
Vladimir Jankélévitch suffered persecution and exile, as did many other committed intellectuals in the twentieth century. When writing about forgiveness and its possibilities, he does not offer an ahistorical, frivolous or trivial discourse but he acknowledges the weight of resentments and grudges in the creation of peace. It is well worth reading and listening.
Francesc Torralba
Barcelona.
One of the most evocative works written during the twentieth century on the virtue of forgiveness is that of the French philosopher and musicologist Vladimir Jankélévitch (1903-1985), published in 1967 under the title Le pardón (Forgiveness, Seix Barral, 1999).
It is not easy to place the thought of this man within the philosophical systems of the last century, because in some ways it does not strictly fit any compartment. He is not a Marxist, nor an existentialist, nor a personalist, nor a structuralist in the orthodox sense of the term. His work is original and suggestive, yet it is not well known and translated in Spain. It has a profound moral mark and contains very appropriate reflections on life practice. It is a remarkable treatise on the virtues and his disquisitions on the vitalism of Bergson and idealism of Schelling, to whom he dedicated his doctoral thesis defended at the Sorbonne.
Forgiveness is a successful work in many senses. It explores the difficulties in the exercise of forgiveness and defines forgiveness as a free gift, an act of will. It proposes a cleansing; a fresh start free from the wounds of history. Forgiveness is, in this sense, therapeutic, hygienic, a cathartic operation that frees the weight of the past and treats the other as a new being. Forgiveness, as understood by Jankélévitch is not an impossibility but neither is it easy to achieve. It is humbling and at the same time, time plays a key role because to forgive an offence in the moment is difficult but given the distance of years, is a more viable path to reconciliation.
The Letter of Peace addressed to the UN has no direct reference to forgiveness but it does describe a series of key steps to restore peace and to make peace with history. Regretting unjust actions committed in the past is a first step. This entails recognising and having the bravery to do this publicly. Forgiveness is included in this process. I can only apologise if all of my heart regrets that which has happened, the wrong that I (or those in the government of an institution who represented me) have caused. Public regret does not guarantee reconciliation, but it is the first step. It also requires compensation as far as possible for the harm caused. Forgiveness is a virtue, it requires the repair work to occur not only on the symbolic level, but also in the ethical, social, economic and psychological realms. To compensate as much as possible for harm caused does not guarantee reconciliation either but is a second crucial step in the purification of the misdeeds of memory.
Vladimir Jankélévitch suffered persecution and exile, as did many other committed intellectuals in the twentieth century. When writing about forgiveness and its possibilities, he does not offer an ahistorical, frivolous or trivial discourse but he acknowledges the weight of resentments and grudges in the creation of peace. It is well worth reading and listening.
Francesc Torralba
Barcelona.
EL PERDÓN
Las tres reglas del perdón:
Se trata de un acontecimiento con fecha fija que pasa en un momento determinado del devenir histórico; sólo puede intervenir en el marco de una relación personal con alguien, una relación entre dos hombres, entre que el que perdona y el perdonado; tiene un carácter extrajurídico. Le Pardon, 1967. Vladimir Jankélévitch(Extraído de http://www.elpais.com)
En junio de 2010 el primer ministro británico, David Cameron, admitió que la matanza conocida como el Domingo Sangriento del 30 de enero de 1972 en Irlanda del Norte “ni estaba justificada ni es justificable” y declaró “profundamente consternado” por lo que hizo aquel día el Ejército británico.
Sus palabras venían acompañadas por un informe que concluía que ninguna de las 14 personas asesinadas aquel día llevaba armas de fuego, que los soldados no dieron ningún aviso previo antes de comenzar a disparar contra la multitud y que las muertes fueron la consecuencia de que los soldados perdieron el control de si mismos.
En diversos países de nuestro entorno geográfico se está produciendo una actitud generalizada de revisión de comportamientos pasados, diversas instancias han entonado su particular mea culpa. Ahora bien, el perdón puede ser igualmente malinterpretado y manipulado interesadamente, no utilizarse en las condiciones adecuadas y servir como instrumento partidista para conseguir determinados intereses orientados al bien propio y no al común.
La proliferación de demandas y peticiones de perdón ha levantado voces críticas por parte de determinados sectores, que lo consideran una retórica exagerada. Las víctimas rechazan a menudo la figura del perdón. A sus ojos, los gobiernos habrían sustituido una reconciliación “auténtica” por una reconciliación falseada y un compromiso con los “verdugos” en lo tocante al respeto de la dignidad y de los derechos de las víctimas. Se habrían apoderado del léxico del perdón con el fin de embellecer una política de impunidad.
Cuando hablamos de perdón nos movemos en un terreno especialmente difícil, hay que evitar la superficialidad y la frivolidad. El perdón es una de las actitudes humanes que han tenido un valor más ambiguo.
El perdón por parte de las instituciones es una obligación. Pero tiene que darse de un modo verdadero. La Carta de la Paz dirigida a la ONU reconoce que el pasado, como un espacio de tiempo inamovible e irrecuperable, no se puede rectificar, aunque sí se puede intentar tratar de rectificar los efectos negativos para la vida de la comunidad.
Fuente: Carta de la Paz
Se trata de un acontecimiento con fecha fija que pasa en un momento determinado del devenir histórico; sólo puede intervenir en el marco de una relación personal con alguien, una relación entre dos hombres, entre que el que perdona y el perdonado; tiene un carácter extrajurídico. Le Pardon, 1967. Vladimir Jankélévitch(Extraído de http://www.elpais.com)
En junio de 2010 el primer ministro británico, David Cameron, admitió que la matanza conocida como el Domingo Sangriento del 30 de enero de 1972 en Irlanda del Norte “ni estaba justificada ni es justificable” y declaró “profundamente consternado” por lo que hizo aquel día el Ejército británico.
Sus palabras venían acompañadas por un informe que concluía que ninguna de las 14 personas asesinadas aquel día llevaba armas de fuego, que los soldados no dieron ningún aviso previo antes de comenzar a disparar contra la multitud y que las muertes fueron la consecuencia de que los soldados perdieron el control de si mismos.
En diversos países de nuestro entorno geográfico se está produciendo una actitud generalizada de revisión de comportamientos pasados, diversas instancias han entonado su particular mea culpa. Ahora bien, el perdón puede ser igualmente malinterpretado y manipulado interesadamente, no utilizarse en las condiciones adecuadas y servir como instrumento partidista para conseguir determinados intereses orientados al bien propio y no al común.
La proliferación de demandas y peticiones de perdón ha levantado voces críticas por parte de determinados sectores, que lo consideran una retórica exagerada. Las víctimas rechazan a menudo la figura del perdón. A sus ojos, los gobiernos habrían sustituido una reconciliación “auténtica” por una reconciliación falseada y un compromiso con los “verdugos” en lo tocante al respeto de la dignidad y de los derechos de las víctimas. Se habrían apoderado del léxico del perdón con el fin de embellecer una política de impunidad.
Cuando hablamos de perdón nos movemos en un terreno especialmente difícil, hay que evitar la superficialidad y la frivolidad. El perdón es una de las actitudes humanes que han tenido un valor más ambiguo.
El perdón por parte de las instituciones es una obligación. Pero tiene que darse de un modo verdadero. La Carta de la Paz dirigida a la ONU reconoce que el pasado, como un espacio de tiempo inamovible e irrecuperable, no se puede rectificar, aunque sí se puede intentar tratar de rectificar los efectos negativos para la vida de la comunidad.
Fuente: Carta de la Paz
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