"Se ubicó en un compartimiento para cuatro personas. El tren estaba bastante repleto. Extrajo de un bolsillo de su raído saco un libro de oraciones, y comenzó a leer cansinamente. Arrancó la locomotora y la formación lentamente inició su travesía. La invitación fue cálida: -“Amigo, somos tres para el póquer. Súmese y jugamos todos que es más divertido”-. Agradeció cortésmente señalando que prefería rezar. –“Vamos”-, insistió otro ya con menos paciencia, -“no se haga rogar”-. La negativa volvió a ser amable, a diferencia de la respuesta del tercer paisano que, completamente desbocado, sacó a la fuerza al pobre hombre del compartimiento, sugiriéndole a los gritos que viajara sentado en el piso del pasillo. Así lo hizo.
Corrían los últimos años de la última década del 1800 y el ferrocarril atravesaba raudamente la estepa rusa para llegar finalmente a destino. La estación estaba colmada de judíos que venían a recibir a un santo rabino, una luminaria de su generación. Ya sabemos de quién se trataba...
Recién por la noche los jugadores lo ubicaron, pero a pesar de su insistencia en pedir perdón, el rabino se negó a recibirlos. Lograron dar con uno de sus discípulos preferidos a fin de que intermediara por ellos. No hubo caso. No los atendería. El alumno tomó coraje y le preguntó: -“Rabí, ¿no nos ha enseñado que estamos obligados a perdonar cuando hay arrepentimiento y nos insiste genuinamente en que lo hagamos?”.
–“Por supuesto”- respondió, -“así debe hacerse”- Pero viendo que su estudiante no comprendía, agregó: “Ve y diles que no es a mí a quien tienen que dirigirse, sino a aquel que ofendieron. No fue este rabino el injuriado; fue un sencillo paisano que únicamente quería rezar. Que lo busquen y él los perdonará”.
Nunca el perdón debe ser instantáneo. Requiere, para ser íntegro, de todo un proceso. En la tradición judía precisa en primera instancia del remordimiento. Y en segundo lugar de la confesión del daño realizado. No a una autoridad religiosa, sino a la misma parte damnificada. Solamente es allí cuando se habilita la posibilidad de pedirlo. E indudablemente, es menester darlo. Claro que después faltaría completar el círculo con la reparaciónpor el daño conferido, pero eso ya forma parte de otro capítulo...
Por Rabino Marcelo Polakoff
Fuente: www.yocreo.com
martes, 6 de marzo de 2012
domingo, 4 de marzo de 2012
Perdonen y serán perdonados
Evangelio según san Lucas 6, 36-38
Jesús dijo a sus discípulos:
«Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso. No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados.
Den, y se les dará. Les volcarán sobre el regazo una buena medida, apretada, sacudida y desbordante. Porque la medida con que ustedes midan también se usará para ustedes.»
Palabra del Señor.
1. LECTURA - ¿QUÉ DICE EL TEXTO BÍBLICO?
· Guías para la lectura:
Aquí Lucas resume claramente la perfección moral del cristiano en la misericordia, puesto que suple la expresión adicional “sean perfectos”, que utiliza Mateo, por “sean compasivos”, y Dios mismo es caracterizado en primer lugar por esta compasión. De ahí que Santo Tomás diga que la máxima de las virtudes divinas es la misericordia.
Y éste es en realidad un tema que surca todo el evangelio de Lucas, que suele llamarse “el evangelio de la misericordia”. En el capítulo 15 Lucas nos ofrece las preciosas parábolas de la misericordia de Dios, y en el capítulo 10 la parábola del buen samaritano, que tuvo compasión del hombre caído.
En este texto nos explica cuáles son las dos manifestaciones de esta misericordia: una es la bondad en el juicio, la comprensión de los errores ajenos, el perdón. La otra es la generosidad, la capacidad de dar, de compartir lo que tenemos. En los dos casos, la medida que usemos con los demás es la que usará Dios con nosotros para juzgarnos o para regalarnos la felicidad eterna.
Cuando nosotros miramos al hermano con compasión, y tomamos con ternura y paciencia sus defectos y caídas, cuando tratamos de poner en la balanza sobre todo las cosas buenas que hemos tratado de descubrir en él, y le agregamos unas cuantas razones que nos ayudan a comprenderlo, Dios hace lo mismo con nosotros. Cuando en lugar de pasar indiferentes ante un hermano, poniendo excusas para no ayudarlo, nos proponemos más bien tratar de hacerlo feliz y hacerle todo más llevadero., Dios también deja de mirar nuestras imperfecciones y pecados, y nos prepara una gran alegría.
No significa que Dios esté midiendo matemáticamente cada una de nuestras acciones, sino que el perdón, la compasión y la generosidad abren el corazón, amplían su espacio, y lo disponen para recibir más abundantemente la alegría, la paz y la vida que Dios gratuitamente quiere regalar.
2. MEDITACIÓN - ¿QUÉ ME DICE EL TEXTO BÍBLICO?
· Preguntas para la meditación:
· ¿En quién está modelada nuestra acción misericordiosa?
· ¿De qué manera se contrapesan nuestras tendencias de juicio, condena y falta de perdón?
· ¿Cómo se medirá lo que damos?
3. ORACIÓN - ¿QUÉ LE DIGO A DIOS A PARTIR DEL TEXTO BÍBLICO?
Abre mi corazón cerrado Señor, sánalo de sus miserias, para que no mire a los demás con ojos crueles o indiferentes, sino comprensivos, generosos; así como tú me miras comprendiendo mi debilidad y llenándome de tus dones.
4. CONTEMPLACIÓN - ¿CÓMO INTERIORIZO EL TEXTO BÍBLICO?
Reflexiono en la actitud y motivación de mi corazón cuando pienso y hablo sobre otros. ¿Es de juicio y condena? ¿Es de perdón y generosa? En definitiva: ¿Son actos de misericordia que aprendo de Dios para conmigo?
5. ACCIÓN - ¿CÓMO VOY A VIVIR EL TEXTO BÍBLICO?
· Preguntas para la acción:
· ¿Cómo y para con quién cambiaré mis pensamientos de juicio y condena?
· ¿A quién debo perdonar y cómo debo dar?
· ¿Cómo aprender de la misericordia de Dios para que moldee mi corazón?
Fuente: www.arzbaires.org.ar
Jesús dijo a sus discípulos:
«Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso. No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados.
Den, y se les dará. Les volcarán sobre el regazo una buena medida, apretada, sacudida y desbordante. Porque la medida con que ustedes midan también se usará para ustedes.»
Palabra del Señor.
1. LECTURA - ¿QUÉ DICE EL TEXTO BÍBLICO?
· Guías para la lectura:
Aquí Lucas resume claramente la perfección moral del cristiano en la misericordia, puesto que suple la expresión adicional “sean perfectos”, que utiliza Mateo, por “sean compasivos”, y Dios mismo es caracterizado en primer lugar por esta compasión. De ahí que Santo Tomás diga que la máxima de las virtudes divinas es la misericordia.
Y éste es en realidad un tema que surca todo el evangelio de Lucas, que suele llamarse “el evangelio de la misericordia”. En el capítulo 15 Lucas nos ofrece las preciosas parábolas de la misericordia de Dios, y en el capítulo 10 la parábola del buen samaritano, que tuvo compasión del hombre caído.
En este texto nos explica cuáles son las dos manifestaciones de esta misericordia: una es la bondad en el juicio, la comprensión de los errores ajenos, el perdón. La otra es la generosidad, la capacidad de dar, de compartir lo que tenemos. En los dos casos, la medida que usemos con los demás es la que usará Dios con nosotros para juzgarnos o para regalarnos la felicidad eterna.
Cuando nosotros miramos al hermano con compasión, y tomamos con ternura y paciencia sus defectos y caídas, cuando tratamos de poner en la balanza sobre todo las cosas buenas que hemos tratado de descubrir en él, y le agregamos unas cuantas razones que nos ayudan a comprenderlo, Dios hace lo mismo con nosotros. Cuando en lugar de pasar indiferentes ante un hermano, poniendo excusas para no ayudarlo, nos proponemos más bien tratar de hacerlo feliz y hacerle todo más llevadero., Dios también deja de mirar nuestras imperfecciones y pecados, y nos prepara una gran alegría.
No significa que Dios esté midiendo matemáticamente cada una de nuestras acciones, sino que el perdón, la compasión y la generosidad abren el corazón, amplían su espacio, y lo disponen para recibir más abundantemente la alegría, la paz y la vida que Dios gratuitamente quiere regalar.
2. MEDITACIÓN - ¿QUÉ ME DICE EL TEXTO BÍBLICO?
· Preguntas para la meditación:
· ¿En quién está modelada nuestra acción misericordiosa?
· ¿De qué manera se contrapesan nuestras tendencias de juicio, condena y falta de perdón?
· ¿Cómo se medirá lo que damos?
3. ORACIÓN - ¿QUÉ LE DIGO A DIOS A PARTIR DEL TEXTO BÍBLICO?
Abre mi corazón cerrado Señor, sánalo de sus miserias, para que no mire a los demás con ojos crueles o indiferentes, sino comprensivos, generosos; así como tú me miras comprendiendo mi debilidad y llenándome de tus dones.
4. CONTEMPLACIÓN - ¿CÓMO INTERIORIZO EL TEXTO BÍBLICO?
Reflexiono en la actitud y motivación de mi corazón cuando pienso y hablo sobre otros. ¿Es de juicio y condena? ¿Es de perdón y generosa? En definitiva: ¿Son actos de misericordia que aprendo de Dios para conmigo?
5. ACCIÓN - ¿CÓMO VOY A VIVIR EL TEXTO BÍBLICO?
· Preguntas para la acción:
· ¿Cómo y para con quién cambiaré mis pensamientos de juicio y condena?
· ¿A quién debo perdonar y cómo debo dar?
· ¿Cómo aprender de la misericordia de Dios para que moldee mi corazón?
Fuente: www.arzbaires.org.ar
sábado, 3 de marzo de 2012
Mamerto Menapace
El sorgo estaba chico. Tal vez a no más de una cuarta de altura. Y el verano había exagerado la sequía con varios días de viento norte.
A la hora de la siesta era casi preferible no mirar el sorgal. Su aspecto era más vale desalentados. Chamuscado como estaba por el calor y el viento norte, el pequeño sorgal mostraba el sufrimiento de la sequía.
Sólo el chamico parecía gozar de privilegio. Aunque mirado bien y de cerca, también él mostraba los efectos de la sequía. Lo malo era que había mucho chamico. Y para el sorguito eso representaba un doble peligro.
Un peligro presente, ya que el chamico - nacido antes que el sorgo - lo aventajaba en vigor y le quitaba gran parte de la poca humedad que tenía esa tierra resecada por el sol del verano que empezaba recién. Y además era un peligro futuro. Sorgo y chamico semillarían juntos. Y juntos terminarían en los silos, y juntos pasarían a la molida. Y dicen que la semilla de chamico es venenosa. Que hace abortar a las preñadas. Y era una pena que el fruto de ese sorgal destinado a alimentar a los demás, estuviera envenenado por el fruto abortivo del chamico.
Había que tomar una decisión. Me llamaron para que viera el sorgal. A esa hora el sol ya apretaba, y el viento norte se dejaba sentir.
¡Me dio pena el sorgo! Había algo de tristeza en sus hojas, un cierto cansancio y ganas de no seguir aguantando más. El chamico aparecía potente, con sus hojas anchas y redondas, junto a las hojas afiladas de las plantitas del sorgal.
Una solución parecía imponerse. La de los manuales. Una fumigación con herbicida, si fuera posible esa misma tarde. Fumigación aérea era, o parecía ser, lo más seguro, lo más rápido. Al no estar todavía protegido por el sorgo, el chamico presentaba toda su superficie a la fumigación y el efecto del herbicida ofrecía la seguridad de realizarse sobre la maleza. Tomándolo de tardecita, con viento quieto y algo de rocío, el herbicida quedaría sobre las hojas. A la mañana siguiente, con el apretar del sol, el castigo del veneno actuaría con todos sus efectos.
Sí. Todo eso estaba bien, pensando en la manera de frenar o eliminar el chamico. Pero ¿y el sorguito?
Estaba el sorguito justo en ese momento de su crecimiento en que abiertas sus hojas, ofrece el follaje al aire y a la luz mostrando su cogollo central, esa zona donde se genera la vida. El herbicida entraría también allí y seguramente haría su efecto.
Era un pésimo momento para fumigarlo. Ni demasiado chico, ni demasiado grande. Y además sufrido por la dura experiencia de una sequía que lo venía maltratando casi desde su madrugar.
El peligro estaba en que el sorguito no aguantaría la sacudida de la fumigación. Tal vez terminara por secarse definitivamente. Y aunque quizá no se llegara a eso, era seguro que el tratamiento frenaría su desarrollo y que el rinde del sorgal perdería un gran porcentaje en el momento de la desgranada.
La decisión, ustedes comprenderán, no podía tomarla basándome en la bronca al chamico. Tenía que tomarla por amor al sorgal. En definitiva, ustedes estarán de acuerdo: lo que importaba en aquel campo no era la no existencia del chamico, sino la abundancia del sorgo.
Y el sorgo aquel aquella tarde no se fumigó. Tal vez no fuera una decisión de ingeniero; era simplemente un manejo de chacarero. De hombre con amor por su campo.
Pero pienso que hubo también detrás otro motivo. Aquel viento norte no podía durar eternamente. Los años pasados en el campo me decían que todo viento norte carga agua, y que al final explota en una tormenta que casi siempre termina en lluvia.
Había que tener fe en el cielo, que era quien podía mandarnos la lluvia.
Luego de la tormenta, y con el campo regado por ese llanto de las nubes, era probable que se pudieran tomar pequeñas decisiones para acompañar el crecimiento. Tal vez entrar a azada, o aporcar los surcos. Tal vez una fumigación terrestre.
En todo caso cosas que exigirían más tiempo, más dedicación, y bastante más esfuerzo. Cosas de las que sólo es capaz un chacarero. Porque él se queda comprometido con el campo. Mientras que el ingeniero prefiere las soluciones rápidas, ya que luego de tomadas, se va y tal vez sólo vuelve para la cosecha.
Para él el resultado se convierte en dato. Para el chacarero, en grano.
A veces pienso que en m vida he tenido dos grandes suertes.
La primera es haber nacido en el campo y con eso haber conseguido un profundo cariño por la tierra y los sembrados. Como a mi tata le faltaba una pierna, siempre lo tuvimos en casa y de chiquitos nos hablaba y nos contaba muchas cosas cuando trabajábamos al lado suyo. Mi tata fue un gran hombre.
La segunda suerte que tuve fue que el primer ingeniero con el que me inicié era también un gran hombre. Recorriendo los sembrados, muchas veces me hablaba de sus hijos, de la cooperativa que organizaba en su barrio, y de su amor por los hombres. Fue un gran ingeniero: tenía corazón de chacarero.
A la hora de la siesta era casi preferible no mirar el sorgal. Su aspecto era más vale desalentados. Chamuscado como estaba por el calor y el viento norte, el pequeño sorgal mostraba el sufrimiento de la sequía.
Sólo el chamico parecía gozar de privilegio. Aunque mirado bien y de cerca, también él mostraba los efectos de la sequía. Lo malo era que había mucho chamico. Y para el sorguito eso representaba un doble peligro.
Un peligro presente, ya que el chamico - nacido antes que el sorgo - lo aventajaba en vigor y le quitaba gran parte de la poca humedad que tenía esa tierra resecada por el sol del verano que empezaba recién. Y además era un peligro futuro. Sorgo y chamico semillarían juntos. Y juntos terminarían en los silos, y juntos pasarían a la molida. Y dicen que la semilla de chamico es venenosa. Que hace abortar a las preñadas. Y era una pena que el fruto de ese sorgal destinado a alimentar a los demás, estuviera envenenado por el fruto abortivo del chamico.
Había que tomar una decisión. Me llamaron para que viera el sorgal. A esa hora el sol ya apretaba, y el viento norte se dejaba sentir.
¡Me dio pena el sorgo! Había algo de tristeza en sus hojas, un cierto cansancio y ganas de no seguir aguantando más. El chamico aparecía potente, con sus hojas anchas y redondas, junto a las hojas afiladas de las plantitas del sorgal.
Una solución parecía imponerse. La de los manuales. Una fumigación con herbicida, si fuera posible esa misma tarde. Fumigación aérea era, o parecía ser, lo más seguro, lo más rápido. Al no estar todavía protegido por el sorgo, el chamico presentaba toda su superficie a la fumigación y el efecto del herbicida ofrecía la seguridad de realizarse sobre la maleza. Tomándolo de tardecita, con viento quieto y algo de rocío, el herbicida quedaría sobre las hojas. A la mañana siguiente, con el apretar del sol, el castigo del veneno actuaría con todos sus efectos.
Sí. Todo eso estaba bien, pensando en la manera de frenar o eliminar el chamico. Pero ¿y el sorguito?
Estaba el sorguito justo en ese momento de su crecimiento en que abiertas sus hojas, ofrece el follaje al aire y a la luz mostrando su cogollo central, esa zona donde se genera la vida. El herbicida entraría también allí y seguramente haría su efecto.
Era un pésimo momento para fumigarlo. Ni demasiado chico, ni demasiado grande. Y además sufrido por la dura experiencia de una sequía que lo venía maltratando casi desde su madrugar.
El peligro estaba en que el sorguito no aguantaría la sacudida de la fumigación. Tal vez terminara por secarse definitivamente. Y aunque quizá no se llegara a eso, era seguro que el tratamiento frenaría su desarrollo y que el rinde del sorgal perdería un gran porcentaje en el momento de la desgranada.
La decisión, ustedes comprenderán, no podía tomarla basándome en la bronca al chamico. Tenía que tomarla por amor al sorgal. En definitiva, ustedes estarán de acuerdo: lo que importaba en aquel campo no era la no existencia del chamico, sino la abundancia del sorgo.
Y el sorgo aquel aquella tarde no se fumigó. Tal vez no fuera una decisión de ingeniero; era simplemente un manejo de chacarero. De hombre con amor por su campo.
Pero pienso que hubo también detrás otro motivo. Aquel viento norte no podía durar eternamente. Los años pasados en el campo me decían que todo viento norte carga agua, y que al final explota en una tormenta que casi siempre termina en lluvia.
Había que tener fe en el cielo, que era quien podía mandarnos la lluvia.
Luego de la tormenta, y con el campo regado por ese llanto de las nubes, era probable que se pudieran tomar pequeñas decisiones para acompañar el crecimiento. Tal vez entrar a azada, o aporcar los surcos. Tal vez una fumigación terrestre.
En todo caso cosas que exigirían más tiempo, más dedicación, y bastante más esfuerzo. Cosas de las que sólo es capaz un chacarero. Porque él se queda comprometido con el campo. Mientras que el ingeniero prefiere las soluciones rápidas, ya que luego de tomadas, se va y tal vez sólo vuelve para la cosecha.
Para él el resultado se convierte en dato. Para el chacarero, en grano.
A veces pienso que en m vida he tenido dos grandes suertes.
La primera es haber nacido en el campo y con eso haber conseguido un profundo cariño por la tierra y los sembrados. Como a mi tata le faltaba una pierna, siempre lo tuvimos en casa y de chiquitos nos hablaba y nos contaba muchas cosas cuando trabajábamos al lado suyo. Mi tata fue un gran hombre.
La segunda suerte que tuve fue que el primer ingeniero con el que me inicié era también un gran hombre. Recorriendo los sembrados, muchas veces me hablaba de sus hijos, de la cooperativa que organizaba en su barrio, y de su amor por los hombres. Fue un gran ingeniero: tenía corazón de chacarero.
viernes, 2 de marzo de 2012
Cuaresma 2012 - P. Tony Fidalgo
Aquí estamos, aquí vamos
Abriéndonos camino
Los que hemos sido bautizados/as
Los que nos descubrimos hijos/as
Los que nos sabemos hermanos/as
Los que hemos escuchado la voz del Espíritu
Aquí entramos en cuaresma
Sin lamentos, mas con pesares
Nos pesa cada historia
Nos duele la memoria
Aquí estamos en camino,
Sin rencores, mas con dolores
Nos reclaman las injusticias
Nos suspiran las violencias
Hagámonos al camino
con decisión
Al ritmo danzante
de la conversión
Presentémonos diligentemente
Con la libertad que da el ayuno
Con la alegría que aporta la oración
Con la dignidad que ofrece la limosna solidaria
Aquí estamos, vamos hacia la Pascua
La de siempre y definitiva
La simple de cada día
Cargados/as de esperanza
En medio de lo que no alcanza
Sin miedo a perder sobrantes
Ligeros/as de tantas superficialidades
Estemos cercanos/as a los/as afligidos/as
Seamos camino de consolación
Abrazos de tierna compasión
Compañeros/as de liberación
Aquí vamos, bien despiertos/as
Con la vigilancia de la sabiduría
Para que nada nos arrebate el reino
Adentrándonos en toda noche
Para que sea buena y señera
Abriéndonos entrañas nuevas de vida
Alejándonos los dragones de muerte
Dejándonos mecer por la ruah amor
Aquí estamos, decimos presente
A la Escucha del Dios de la vida
En los clamores de vida de la historia
En comunidad avanzamos
En comunión celebramos
Que la muerte ha sido y será vencida
En cada historia, en toda partida
Tiempo de fe madurada en el silencio
Entregada en el amor solidario
Tiempo de pasos pequeños y firmes
Ofrecidos con pasión abundante
¡Ánimo y coraje!
La mirada abierta
Las manos extendidas
Los corazones palpitantes
Empujados/as por el Espíritu
Sostenidos/as por la Palabra
Generando personas nuevas…
Cuaresma 2012
Bs As.
Abriéndonos camino
Los que hemos sido bautizados/as
Los que nos descubrimos hijos/as
Los que nos sabemos hermanos/as
Los que hemos escuchado la voz del Espíritu
Aquí entramos en cuaresma
Sin lamentos, mas con pesares
Nos pesa cada historia
Nos duele la memoria
Aquí estamos en camino,
Sin rencores, mas con dolores
Nos reclaman las injusticias
Nos suspiran las violencias
Hagámonos al camino
con decisión
Al ritmo danzante
de la conversión
Presentémonos diligentemente
Con la libertad que da el ayuno
Con la alegría que aporta la oración
Con la dignidad que ofrece la limosna solidaria
Aquí estamos, vamos hacia la Pascua
La de siempre y definitiva
La simple de cada día
Cargados/as de esperanza
En medio de lo que no alcanza
Sin miedo a perder sobrantes
Ligeros/as de tantas superficialidades
Estemos cercanos/as a los/as afligidos/as
Seamos camino de consolación
Abrazos de tierna compasión
Compañeros/as de liberación
Aquí vamos, bien despiertos/as
Con la vigilancia de la sabiduría
Para que nada nos arrebate el reino
Adentrándonos en toda noche
Para que sea buena y señera
Abriéndonos entrañas nuevas de vida
Alejándonos los dragones de muerte
Dejándonos mecer por la ruah amor
Aquí estamos, decimos presente
A la Escucha del Dios de la vida
En los clamores de vida de la historia
En comunidad avanzamos
En comunión celebramos
Que la muerte ha sido y será vencida
En cada historia, en toda partida
Tiempo de fe madurada en el silencio
Entregada en el amor solidario
Tiempo de pasos pequeños y firmes
Ofrecidos con pasión abundante
¡Ánimo y coraje!
La mirada abierta
Las manos extendidas
Los corazones palpitantes
Empujados/as por el Espíritu
Sostenidos/as por la Palabra
Generando personas nuevas…
Cuaresma 2012
Bs As.
jueves, 1 de marzo de 2012
Ser libres de la historia - Publicado por Carta de la Paz
“Yo tengo dos nietas. Quiero dejarles amor, no odio”, dice Subasic, casi al final de la conversación, ya terminado su cappuccino. “Quiero que vivan en un país normal, en el que la gente se respete. Quiero que tengan amigas y amigos serbios. Ortodoxos. Y católicos, judíos, romaníes… Que sepan que los seres humanos se dividen tan solo en dos categorías: buenos y malos”. (www.elpais.es)
Admiro la actitud de Munira Subašic, presidenta de la asociación Madres de los Enclaves de Srebrenica y Zepa, por su apuesta por la reconciliación en esas tierras cuyos habitantes sufrieron la guerra serbiobosnia. Es una apuesta valiente y realista por vivir un presente libre de resentimientos sobre hechos del pasado de los cuales no tiene responsabilidad personal. Como indica el punto II de la Carta de la Paz dirigida a la ONU ,¿Por qué debemos tenerlos?
Esta mujer, a pesar de todo el sufrimiento vivido durante la guerra al perder a muchos de sus familiares más queridos, prioriza la necesidades de la vida que está creciendo nueva a su lado: la de sus nietas. Quiere que ellas sean libres de esa historia que ya pasó y de la que ellas no tienen ninguna culpa personal. Esto es lo que he leído en una entrevista reciente que le hacía Andrea Rizzi en el Pais.
Ella, víctima de las graves consecuencias de los mecanismos de actuación de los resentimientos históricos en las sociedades, plantea de forma lúcida y concreta una solución que es, a la vez, una vía pedagógica: la lucha serena para que se condene a los responsables de los crímenes cometidos pero animada por un espíritu pacificado y pacificador. Su ejemplo es la mejor educación que pueden recibir sus nietas y todos los hijos y nietos que ahora viven las consecuencias de aquella violencia histórica. Es una pedagogía de acción bastante universal ya que se puede extrapolar a sociedades y personas que viven sentimientos tóxicos a causa de hechos del pasado cuya transmisión ha sido tendenciosa o poco neutra impidiendo que hayan podido ser integrados y valorados de forma objetiva. Normalmente lo que hacen estos sentimientos persistentes y perniciosos, aparte de obnubilar una visión racional de la realidad, limitar la libertad de la persona y restringir la capacidad de amar que tenemos intrínsecamente todos los seres humanos, es evitar que las heridas del pasado cicatricen al alimentar la ira, el rencor e incluso el odio. Además, encubren un malentendido no por generalizado menos falso, de que sólo estos elementos son buenos motores para movilizar a las personas a la acción, especialmente cuando se expresan con el lenguaje de la queja o se encarnan en chivos expiatorios.
Los resentimientos históricos colectivos son unos de los obstáculos más arduos y difíciles de superar en la construcción de la paz. Exige esfuerzo personal y colectivo porque, en muchas ocasiones, aquéllos son heredados y transmitidos con un sentido de falsa solidaridad histórica que crea miedos, remordimientos o culpabilidades. En aras de la misma se sacrifica y olvida la solidaridad debida con todas las personas existentes hoy día, todas ellas descendientes de los avatares de esa historia. De ahí que se haga necesario no sólo cuestionar el qué sino el cómo se enseña y se transmite la historia y su por qué y para qué.
Es alentador que aparezcan en los medios de comunicación, en este caso el Pais, personajes con esta capacidad de apertura, generosidad y autotranscendencia como Munira Subašic. Su apuesta intrépida por ir en contra de la cultura del resentimiento en la que hemos sido educados y por no encerrarse en su dolor u odio pasado es un horizonte de referencia para otras personas y colectivos que quieren trabajar y disfrutar de un ambiente pacífico y pacificador donde desarrollar y hacer crecer la vida. Saber sanar heridas convirtiendo sentimientos negativos en útiles de cara al futuro es una expresión de sabiduría y creatividad que libera muchas energías bloqueadas por los mismos. Todo ello contribuye a que las colectividades desarrollen sus capacidades de forma integral no sólo en el presente (que pasa rápido) sino en el futuro inmediato.
Ángeles González
Instituto de la Paz de Asia Oriental
Admiro la actitud de Munira Subašic, presidenta de la asociación Madres de los Enclaves de Srebrenica y Zepa, por su apuesta por la reconciliación en esas tierras cuyos habitantes sufrieron la guerra serbiobosnia. Es una apuesta valiente y realista por vivir un presente libre de resentimientos sobre hechos del pasado de los cuales no tiene responsabilidad personal. Como indica el punto II de la Carta de la Paz dirigida a la ONU ,¿Por qué debemos tenerlos?
Esta mujer, a pesar de todo el sufrimiento vivido durante la guerra al perder a muchos de sus familiares más queridos, prioriza la necesidades de la vida que está creciendo nueva a su lado: la de sus nietas. Quiere que ellas sean libres de esa historia que ya pasó y de la que ellas no tienen ninguna culpa personal. Esto es lo que he leído en una entrevista reciente que le hacía Andrea Rizzi en el Pais.
Ella, víctima de las graves consecuencias de los mecanismos de actuación de los resentimientos históricos en las sociedades, plantea de forma lúcida y concreta una solución que es, a la vez, una vía pedagógica: la lucha serena para que se condene a los responsables de los crímenes cometidos pero animada por un espíritu pacificado y pacificador. Su ejemplo es la mejor educación que pueden recibir sus nietas y todos los hijos y nietos que ahora viven las consecuencias de aquella violencia histórica. Es una pedagogía de acción bastante universal ya que se puede extrapolar a sociedades y personas que viven sentimientos tóxicos a causa de hechos del pasado cuya transmisión ha sido tendenciosa o poco neutra impidiendo que hayan podido ser integrados y valorados de forma objetiva. Normalmente lo que hacen estos sentimientos persistentes y perniciosos, aparte de obnubilar una visión racional de la realidad, limitar la libertad de la persona y restringir la capacidad de amar que tenemos intrínsecamente todos los seres humanos, es evitar que las heridas del pasado cicatricen al alimentar la ira, el rencor e incluso el odio. Además, encubren un malentendido no por generalizado menos falso, de que sólo estos elementos son buenos motores para movilizar a las personas a la acción, especialmente cuando se expresan con el lenguaje de la queja o se encarnan en chivos expiatorios.
Los resentimientos históricos colectivos son unos de los obstáculos más arduos y difíciles de superar en la construcción de la paz. Exige esfuerzo personal y colectivo porque, en muchas ocasiones, aquéllos son heredados y transmitidos con un sentido de falsa solidaridad histórica que crea miedos, remordimientos o culpabilidades. En aras de la misma se sacrifica y olvida la solidaridad debida con todas las personas existentes hoy día, todas ellas descendientes de los avatares de esa historia. De ahí que se haga necesario no sólo cuestionar el qué sino el cómo se enseña y se transmite la historia y su por qué y para qué.
Es alentador que aparezcan en los medios de comunicación, en este caso el Pais, personajes con esta capacidad de apertura, generosidad y autotranscendencia como Munira Subašic. Su apuesta intrépida por ir en contra de la cultura del resentimiento en la que hemos sido educados y por no encerrarse en su dolor u odio pasado es un horizonte de referencia para otras personas y colectivos que quieren trabajar y disfrutar de un ambiente pacífico y pacificador donde desarrollar y hacer crecer la vida. Saber sanar heridas convirtiendo sentimientos negativos en útiles de cara al futuro es una expresión de sabiduría y creatividad que libera muchas energías bloqueadas por los mismos. Todo ello contribuye a que las colectividades desarrollen sus capacidades de forma integral no sólo en el presente (que pasa rápido) sino en el futuro inmediato.
Ángeles González
Instituto de la Paz de Asia Oriental
Me lo debo haber imaginado -Por Carlos E. Sluzki *
Tiempo atrás estaba ayudando a un hombre en terapia a reorganizar su identidad, dañada durante dos meses de tortura despiadada en una prisión del gobierno militar de su país de origen, seguida de un exilio forzado. Después de unas primeras sesiones en las que parecía fundamentalmente embotado, este hombre comenzó a llorar inconsolablemente, semana tras semana. Lloraba, decía, por el tiempo perdido, por la inocencia perdida, por sus ideales traicionados, por los amigos muertos o que aún estaban en prisión, por su propio sufrimiento. En un momento dado del proceso terapéutico lo empuje suavemente a que incluyera comentarios acerca de los perpetradores, a que expresara sus emociones al respecto. Me frenó: “No estoy interesado en ellos –dijo–. Déjeme hacer mi duelo a mi manera, en paz.” Por supuesto, tenía razón.
Recientemente, en el curso de una terapia con una mujer que había sido abusada emocional y sexualmente con saña durante largo tiempo por su novio, ella comenzó a describir al perpetrador en términos de su contexto, su historia y su estilo. Como tuve la impresión de que con esas descripciones estaba intentando justificar esa violencia, desafié su descripción, definiendo sin ambigüedad la responsabilidad que él tenía acerca de la violencia. Me corrigió: “No es que lo esté justificando. Trato de entenderlo, de verlo como un ser humano y no como un objeto, para diferenciarme de él. Esto es lo que estoy haciendo”. Por cierto, ella tenía razón.
Otra mujer, víctima de un asalto y violación que la había dejado profundamente traumatizada, pasó un largo período dominado por lo que me pareció era una diatriba interminable de odio y de planes fantasiosos de venganza en contra de sus agresores. Si bien yo, en tanto testigo de su historia, legitimaba su indignación, cada tanto hacía comentarios centrados en su sufrimiento, la pérdida de la inocencia, su desilusión acerca del mundo. Y cada vez que lo hacía, ella me acusaba de que estaba intentando distraerla de lo que sentía como central para ella, a saber, la legitimidad de su furia. Y, por supuesto, también ella tenía razón.
El trabajo terapéutico con víctimas de la violencia –sobrevivientes de atrocidades individuales o colectivas– conlleva un proceso de develar y recuperar verdades, facilitar el duelo, reconstituir la autoría y experiencia de iniciativa a través de la acción y la reivindicación, recuperar el futuro, y reconectarse consigo mismo y con los demás. Esto implica una tarea a veces agotadora de ayudar a nuestros pacientes a cambiar específicamente aquellas narrativas acerca de su experiencia de victimización y de las consecuencias morales y de comportamiento de las mismas, que los ha atrapado en un mundo en el cual su capacidad de autoafirmación, reconocimiento, autoría, autonomía, crecimiento, alegría y enriquecimiento emocional recíproco está drásticamente disminuida.
Todo acto de violencia interpersonal pone en jaque nuestras premisas acerca de cómo concebir y como describir nuestra vida y nuestro alrededor, destruye nuestra inserción en el mundo. No es de sorprender que el primer efecto de un acto de violencia en la víctima es una experiencia de confusión, una pérdida de la coherencia interna que constituye su identidad: La violencia destruye el modo de describir el mundo y, por lo tanto, destruye ese mundo. Un niño que acaba con un brazo roto por una paliza propinada por un padre o una madre malhumorados, una mujer que recibe una trompada de su esposo, una persona mayor inválida emancipada por el abandono de sus hijos, una joven que acaba violada en lo que ella entendió que era una cita amistosa, una persona que es asaltada en un callejón por un ladrón, un ciudadano que es torturado por un oficial de seguridad, la violación masiva de mujeres con fines de “contaminar el grupo racial”, la exterminación sistemática de una población dada, una expulsión masiva de un grupo étnico, el Holocausto, los actos del Kmer Rouge, Ruanda, Darfur, todos tienen en común el ultraje de esas premisas básicas de seguridad y respeto recíproco en tanto seres humanos, de ese apoyo que esperamos como miembros de una familia, de una comunidad o de la familia humana. Las víctimas son despojadas en cada caso del requisito de coherencia necesario para vivir en un mundo predecible, ordenado y razonable.
Esta fractura de la trama del mundo hace añicos la identidad y genera en aquellos que la padecen un hambre de coherencia, un anhelo básico de orden. Como consecuencia, buscarán y aceptarán cualquier descripción que pueda permitirles reestablecer alguna semblanza de estabilidad en su visión del mundo y de sí mismos. Esta necesidad extrema de claridad expone a las víctimas de violencia a ser inoculadas por narrativas distorsionadas y tóxicas provenientes de su cultura o de su tradición familiar, de sus propias experiencias de vida previas, o aun ofrecidas por los mismos perpetradores o por los testigos de la violencia.
Una cachetada, una violación, un acto de tortura, una muerte violenta, son rótulos descontextualizados, desnudos, que definen actos de violencia, y no la secuencia de las acciones, ni el elenco total de participantes, ni el contexto o los corolarios morales o relacionales, elementos todos que son los componentes constitutivos de una historia. Muchos de los rasgos de las historias –y de sus transformaciones a partir de una experiencia de violencia y a partir de una terapia– se ven facilitados por las historias dominantes en nuestras culturas, por las tradiciones y mitos y múltiples historias que otorgan identidad a nuestra familia y a nuestro entorno cultural y étnico, por los temas dominantes en nuestra extracción socio-económico-política –con su cuota variable de sexismo, clasismo y regionalismo–, por nuestros credos –tales como la noción del karma en un contexto budista y la de pecado y castigo en un contexto judeo-cristiano–, y por los relatos dominantes en los medios de comunicación de masas. Esos mitos e historias arquetípicas o idiosincrásicas proporcionan anteproyectos explicativos listos para influenciar o aun guiar las historias personales en vías de ser reorganizadas luego de una experiencia de violencia que las hace tambalear.
Pero ocurre que, a través de sus acciones y comentarios, los perpetradores, los cómplices, los posibles espectadores, testigos (aun el mejor intencionado) y la misma víctima poseen también el poder de facilitar, sembrar, inocular ciertos argumentos que mistifican, opacan y re-editan, por así decir, la naturaleza violenta del acto así como la responsabilidad de victimarios y a la vez de las víctimas.
Tergiversando a quién pertenece la iniciativa, mistificando el rol del victimario, la violencia puede definirse como forzada en el perpetrador por alguna otra instancia (“Yo no quería hacerlo pero...”), culpando, en ultima instancia, a la víctima (“Hiciste que lo hiciera”), a circunstancias externas (“Estaba estresado por mi trabajo”, “Sólo cumplía órdenes”), a las hormonas (“¿Qué quieres?, ¡No estoy hecho de piedra!”), a los genes (“Tú sabes que yo soy así, temperamental. ¿Por qué me provocaste?”), a los malos entendidos (“Me invitaste a tu departamento, así que no me digas que no esperabas que nos acostáramos juntos”), a otras generaciones (“Me estaba vengando de lo que tus abuelos hicieron a mis abuelos”).
Introduciendo confusión en el escenario, el perpetrador –o un testigo, o aun la víctima, cuando se encuentra “adecuadamente entrenada” por sus propias experiencias previas– puede rotular el acto de violencia, no como violencia, sino como educación (“¡Esto te enseñará!”) o como amor (“¡Lo hice porque te amo tanto!”).
Descalificando la experiencia de la víctima, el efecto físico o emocional de la violencia puede ser negado (“¡No te puede haber dolido tanto!”; “Al final acabo por gustarte, ¿no es cierto?”).
Mistificando el corolario moral, la intención del acto de violencia puede ser redefinida (“¡Lo estoy haciendo por tu propio bien!”).
Además, el perpetrador, el contexto y aun el imaginario de la víctima pueden forzarla para que acepte una versión tergiversada de la realidad mediante amenazas de aislamiento social, riesgo o desesperanza, argumentando vergüenza (“¡Todos te conocen, y sabrán que, de verdad, tú lo provocaste, serás el hazmerreír de todo el mundo!”), falta de credibilidad (“¡Nadie creerá tu acusación!”), terror (“Si se lo dices a alguien volveré y te mataré”), locura (“¡Estás totalmente loco/a! ¡Eso nunca sucedió!”).
En resumen, a través de esos procesos, luego de actos de violencia intensa y a veces persistentes, las víctimas tenderán a mostrar, ya grados variados de confusión o desorganización –el efecto de su capacidad disminuida para contar su historia de las circunstancias y retener la coherencia de su mundo–, ya distorsiones en la historia de la violencia en la cual ellas mismas ocupan, al menos en cierta medida, la posición de autoperpetradoras o al menos cómplices de su propia victimización y sufrimiento (“Yo la provoqué”; “Yo me la busqué”; “Yo me la merezco”; “Me lo debo haber imaginado”).
Estas descripciones alteradas ofrecen a la víctima un respiro temporal, una salida provisoria para el espantoso sentido de traición de las premisas básicas de vivir que conlleva el acto de violencia, dado que estas mistificaciones cuestionan que la traición haya tenido lugar: fue, en realidad, un acto de amor, o de educación, o un acto forzado por la víctima, y hasta disfrutado. Así, la víctima olvida lo que ocurrió o bien lo desdibuja, a la vez que adapta la historia distorsionada. Esa alternativa, a la que muchas víctimas de la violencia se aferran como tabla de salvación, ocurre a expensas de abandonar toda introspección, validación y protagonismo ético. De hecho, esta salida acarrea inconvenientes importantes: requiere un esfuerzo psíquico intenso para ser mantenida, dado que tiene lugar a costo de una negación de señales que provienen del feedback de los otros, del propio cuerpo y aun del sentido común; por lo tanto, esta estrategia fomenta el embotamiento emocional; conduce a un progresivo aislamiento de aquellos miembros significativos de la red social –familia, amigos, vecinos– que contradicen esa versión de la realidad, lo que reduce el contacto social íntimo; aumenta el riesgo de la repetición del daño, dado que no favorece comportamientos protectores necesarios para evitar la recidiva de la violencia, es decir, reduce la posibilidad de aprendizaje y cambio, obscurece la necesidad de una reparación por el sufrimiento, dado que el perpetrador desaparece como tal de la historia. Por lo tanto, escamotea la ética relacional y cementa a la larga una visión solitaria y desesperanzada de la realidad, ya que la visión del mundo adoptada implica con frecuencia que “los demás están ahí siempre listos para tomar ventaja de mí” o bien que “yo me lo merezco”; por lo tanto, minimiza la resiliencia y facilita la perpetuación de la violencia.
Uno de los resultados –y algunas veces una de las intenciones– de todo tipo de violencia colectiva es no sólo la eliminación de las víctimas mismas (su desaparición, denigración absoluta o expulsión), sino también la destrucción de la historia de vida de las víctimas, de sus testimonios y recuerdos, de su identidad. Ese proceso es compartido con frecuencia por la violencia interpersonal, privada.
El objetivo del proceso terapéutico con víctimas de la violencia es precisamente el opuesto: es “dar voz” a las víctimas a través de desestabilizar los componentes mistificados de la historia de victimización, restaurar la memoria y la identidad y abrir las posibilidades de re-capturar el protagonismo de su vida, así como de recuperar su dignidad.
Narrativas de recuperación
La evolución de cada narrativa de violencia del sobreviviente es idiosincrásica: cada paciente evolucionará a su propio paso y a través de su propia ordalía y sus propios ritos de pasaje. La cura incluye con frecuencia una serie de transformaciones de la historia de violencia. Cada paciente permanecerá en una u otra de las posibles narrativas durante el tiempo que le sea necesario como para ir hilando la trama de la recapturación digna de sus identidades, sus introspecciones y sus capacidades para la alegría y la esperanza. Algunas incluirán el mundo de los perpetradores, algunas no (y ésta puede evolucionar de no incluirla hacia incluirla, o viceversa). Algunas ubicarán la fuente de la responsabilidad de la victimización en el perpetrador, otros en los espectadores, o en el contexto, o en otros personajes (frecuentemente moviéndose de una historia simple y lineal a una más compleja y rica) o, en parte, en la víctima –si de eso se desprenden aprendizajes e insights enriquecedores–. Algunas presentarán una historia en continua evolución, mientras que otros llegarán a un punto dado y se detendrán ahí. De hecho, existen muchas maneras de vivir una vida.
En el curso de ese proceso acompañamos a nuestros pacientes a través de algunas paradojas resistentes. Una de ellas es que el cierre de la historia, la resolución interior, es necesaria, pero todo cierre definitivo de la historia es imposible, ya que para asegurar retener todo lo que se aprendió de ella requiere mantenerla, hasta cierto punto, viva.
Resulta importante tener presente que, a pesar de toda expectativa, la terapia no es restauradora, es decir, que las vidas de los sobrevivientes nunca serán “como antes”. Ellos vivirán, esperamos, vidas diferentes, vidas con menos sufrimiento y más placer, con más iniciativa y más libertado, vidas valiosas, pero no “como antes”. De hecho, las fantasías de restitutio ab initio (a saber, que la experiencia traumática va a desaparecer a través de la actividad terapéutica, como una suerte de recompensa por los esfuerzos y los sufrimientos) constituyen una expectativa ilusoria frecuente no sólo en muchas víctimas de violencia en el proceso de recuperación, sino también en muchos terapeutas, lo que agrega otro nivel de duelo al proceso (la perdida del final feliz, tanto para la víctima como para el terapeuta). Por ello, podemos aún anticipar que el cierre de un proceso de reparación será seguido por una sensación ambivalente de éxito y de fracaso, de satisfacción y de vacío.
* Extractado del artículo “Victimización, recuperación y las historias ‘con mejor forma’”, incluido en la revista Sistemas Familiares y otros Sistemas Humanos, de la Asociación de Psicoterapia Sistémica de Buenos Aires.
Fuente: Página 12
Recientemente, en el curso de una terapia con una mujer que había sido abusada emocional y sexualmente con saña durante largo tiempo por su novio, ella comenzó a describir al perpetrador en términos de su contexto, su historia y su estilo. Como tuve la impresión de que con esas descripciones estaba intentando justificar esa violencia, desafié su descripción, definiendo sin ambigüedad la responsabilidad que él tenía acerca de la violencia. Me corrigió: “No es que lo esté justificando. Trato de entenderlo, de verlo como un ser humano y no como un objeto, para diferenciarme de él. Esto es lo que estoy haciendo”. Por cierto, ella tenía razón.
Otra mujer, víctima de un asalto y violación que la había dejado profundamente traumatizada, pasó un largo período dominado por lo que me pareció era una diatriba interminable de odio y de planes fantasiosos de venganza en contra de sus agresores. Si bien yo, en tanto testigo de su historia, legitimaba su indignación, cada tanto hacía comentarios centrados en su sufrimiento, la pérdida de la inocencia, su desilusión acerca del mundo. Y cada vez que lo hacía, ella me acusaba de que estaba intentando distraerla de lo que sentía como central para ella, a saber, la legitimidad de su furia. Y, por supuesto, también ella tenía razón.
El trabajo terapéutico con víctimas de la violencia –sobrevivientes de atrocidades individuales o colectivas– conlleva un proceso de develar y recuperar verdades, facilitar el duelo, reconstituir la autoría y experiencia de iniciativa a través de la acción y la reivindicación, recuperar el futuro, y reconectarse consigo mismo y con los demás. Esto implica una tarea a veces agotadora de ayudar a nuestros pacientes a cambiar específicamente aquellas narrativas acerca de su experiencia de victimización y de las consecuencias morales y de comportamiento de las mismas, que los ha atrapado en un mundo en el cual su capacidad de autoafirmación, reconocimiento, autoría, autonomía, crecimiento, alegría y enriquecimiento emocional recíproco está drásticamente disminuida.
Todo acto de violencia interpersonal pone en jaque nuestras premisas acerca de cómo concebir y como describir nuestra vida y nuestro alrededor, destruye nuestra inserción en el mundo. No es de sorprender que el primer efecto de un acto de violencia en la víctima es una experiencia de confusión, una pérdida de la coherencia interna que constituye su identidad: La violencia destruye el modo de describir el mundo y, por lo tanto, destruye ese mundo. Un niño que acaba con un brazo roto por una paliza propinada por un padre o una madre malhumorados, una mujer que recibe una trompada de su esposo, una persona mayor inválida emancipada por el abandono de sus hijos, una joven que acaba violada en lo que ella entendió que era una cita amistosa, una persona que es asaltada en un callejón por un ladrón, un ciudadano que es torturado por un oficial de seguridad, la violación masiva de mujeres con fines de “contaminar el grupo racial”, la exterminación sistemática de una población dada, una expulsión masiva de un grupo étnico, el Holocausto, los actos del Kmer Rouge, Ruanda, Darfur, todos tienen en común el ultraje de esas premisas básicas de seguridad y respeto recíproco en tanto seres humanos, de ese apoyo que esperamos como miembros de una familia, de una comunidad o de la familia humana. Las víctimas son despojadas en cada caso del requisito de coherencia necesario para vivir en un mundo predecible, ordenado y razonable.
Esta fractura de la trama del mundo hace añicos la identidad y genera en aquellos que la padecen un hambre de coherencia, un anhelo básico de orden. Como consecuencia, buscarán y aceptarán cualquier descripción que pueda permitirles reestablecer alguna semblanza de estabilidad en su visión del mundo y de sí mismos. Esta necesidad extrema de claridad expone a las víctimas de violencia a ser inoculadas por narrativas distorsionadas y tóxicas provenientes de su cultura o de su tradición familiar, de sus propias experiencias de vida previas, o aun ofrecidas por los mismos perpetradores o por los testigos de la violencia.
Una cachetada, una violación, un acto de tortura, una muerte violenta, son rótulos descontextualizados, desnudos, que definen actos de violencia, y no la secuencia de las acciones, ni el elenco total de participantes, ni el contexto o los corolarios morales o relacionales, elementos todos que son los componentes constitutivos de una historia. Muchos de los rasgos de las historias –y de sus transformaciones a partir de una experiencia de violencia y a partir de una terapia– se ven facilitados por las historias dominantes en nuestras culturas, por las tradiciones y mitos y múltiples historias que otorgan identidad a nuestra familia y a nuestro entorno cultural y étnico, por los temas dominantes en nuestra extracción socio-económico-política –con su cuota variable de sexismo, clasismo y regionalismo–, por nuestros credos –tales como la noción del karma en un contexto budista y la de pecado y castigo en un contexto judeo-cristiano–, y por los relatos dominantes en los medios de comunicación de masas. Esos mitos e historias arquetípicas o idiosincrásicas proporcionan anteproyectos explicativos listos para influenciar o aun guiar las historias personales en vías de ser reorganizadas luego de una experiencia de violencia que las hace tambalear.
Pero ocurre que, a través de sus acciones y comentarios, los perpetradores, los cómplices, los posibles espectadores, testigos (aun el mejor intencionado) y la misma víctima poseen también el poder de facilitar, sembrar, inocular ciertos argumentos que mistifican, opacan y re-editan, por así decir, la naturaleza violenta del acto así como la responsabilidad de victimarios y a la vez de las víctimas.
Tergiversando a quién pertenece la iniciativa, mistificando el rol del victimario, la violencia puede definirse como forzada en el perpetrador por alguna otra instancia (“Yo no quería hacerlo pero...”), culpando, en ultima instancia, a la víctima (“Hiciste que lo hiciera”), a circunstancias externas (“Estaba estresado por mi trabajo”, “Sólo cumplía órdenes”), a las hormonas (“¿Qué quieres?, ¡No estoy hecho de piedra!”), a los genes (“Tú sabes que yo soy así, temperamental. ¿Por qué me provocaste?”), a los malos entendidos (“Me invitaste a tu departamento, así que no me digas que no esperabas que nos acostáramos juntos”), a otras generaciones (“Me estaba vengando de lo que tus abuelos hicieron a mis abuelos”).
Introduciendo confusión en el escenario, el perpetrador –o un testigo, o aun la víctima, cuando se encuentra “adecuadamente entrenada” por sus propias experiencias previas– puede rotular el acto de violencia, no como violencia, sino como educación (“¡Esto te enseñará!”) o como amor (“¡Lo hice porque te amo tanto!”).
Descalificando la experiencia de la víctima, el efecto físico o emocional de la violencia puede ser negado (“¡No te puede haber dolido tanto!”; “Al final acabo por gustarte, ¿no es cierto?”).
Mistificando el corolario moral, la intención del acto de violencia puede ser redefinida (“¡Lo estoy haciendo por tu propio bien!”).
Además, el perpetrador, el contexto y aun el imaginario de la víctima pueden forzarla para que acepte una versión tergiversada de la realidad mediante amenazas de aislamiento social, riesgo o desesperanza, argumentando vergüenza (“¡Todos te conocen, y sabrán que, de verdad, tú lo provocaste, serás el hazmerreír de todo el mundo!”), falta de credibilidad (“¡Nadie creerá tu acusación!”), terror (“Si se lo dices a alguien volveré y te mataré”), locura (“¡Estás totalmente loco/a! ¡Eso nunca sucedió!”).
En resumen, a través de esos procesos, luego de actos de violencia intensa y a veces persistentes, las víctimas tenderán a mostrar, ya grados variados de confusión o desorganización –el efecto de su capacidad disminuida para contar su historia de las circunstancias y retener la coherencia de su mundo–, ya distorsiones en la historia de la violencia en la cual ellas mismas ocupan, al menos en cierta medida, la posición de autoperpetradoras o al menos cómplices de su propia victimización y sufrimiento (“Yo la provoqué”; “Yo me la busqué”; “Yo me la merezco”; “Me lo debo haber imaginado”).
Estas descripciones alteradas ofrecen a la víctima un respiro temporal, una salida provisoria para el espantoso sentido de traición de las premisas básicas de vivir que conlleva el acto de violencia, dado que estas mistificaciones cuestionan que la traición haya tenido lugar: fue, en realidad, un acto de amor, o de educación, o un acto forzado por la víctima, y hasta disfrutado. Así, la víctima olvida lo que ocurrió o bien lo desdibuja, a la vez que adapta la historia distorsionada. Esa alternativa, a la que muchas víctimas de la violencia se aferran como tabla de salvación, ocurre a expensas de abandonar toda introspección, validación y protagonismo ético. De hecho, esta salida acarrea inconvenientes importantes: requiere un esfuerzo psíquico intenso para ser mantenida, dado que tiene lugar a costo de una negación de señales que provienen del feedback de los otros, del propio cuerpo y aun del sentido común; por lo tanto, esta estrategia fomenta el embotamiento emocional; conduce a un progresivo aislamiento de aquellos miembros significativos de la red social –familia, amigos, vecinos– que contradicen esa versión de la realidad, lo que reduce el contacto social íntimo; aumenta el riesgo de la repetición del daño, dado que no favorece comportamientos protectores necesarios para evitar la recidiva de la violencia, es decir, reduce la posibilidad de aprendizaje y cambio, obscurece la necesidad de una reparación por el sufrimiento, dado que el perpetrador desaparece como tal de la historia. Por lo tanto, escamotea la ética relacional y cementa a la larga una visión solitaria y desesperanzada de la realidad, ya que la visión del mundo adoptada implica con frecuencia que “los demás están ahí siempre listos para tomar ventaja de mí” o bien que “yo me lo merezco”; por lo tanto, minimiza la resiliencia y facilita la perpetuación de la violencia.
Uno de los resultados –y algunas veces una de las intenciones– de todo tipo de violencia colectiva es no sólo la eliminación de las víctimas mismas (su desaparición, denigración absoluta o expulsión), sino también la destrucción de la historia de vida de las víctimas, de sus testimonios y recuerdos, de su identidad. Ese proceso es compartido con frecuencia por la violencia interpersonal, privada.
El objetivo del proceso terapéutico con víctimas de la violencia es precisamente el opuesto: es “dar voz” a las víctimas a través de desestabilizar los componentes mistificados de la historia de victimización, restaurar la memoria y la identidad y abrir las posibilidades de re-capturar el protagonismo de su vida, así como de recuperar su dignidad.
Narrativas de recuperación
La evolución de cada narrativa de violencia del sobreviviente es idiosincrásica: cada paciente evolucionará a su propio paso y a través de su propia ordalía y sus propios ritos de pasaje. La cura incluye con frecuencia una serie de transformaciones de la historia de violencia. Cada paciente permanecerá en una u otra de las posibles narrativas durante el tiempo que le sea necesario como para ir hilando la trama de la recapturación digna de sus identidades, sus introspecciones y sus capacidades para la alegría y la esperanza. Algunas incluirán el mundo de los perpetradores, algunas no (y ésta puede evolucionar de no incluirla hacia incluirla, o viceversa). Algunas ubicarán la fuente de la responsabilidad de la victimización en el perpetrador, otros en los espectadores, o en el contexto, o en otros personajes (frecuentemente moviéndose de una historia simple y lineal a una más compleja y rica) o, en parte, en la víctima –si de eso se desprenden aprendizajes e insights enriquecedores–. Algunas presentarán una historia en continua evolución, mientras que otros llegarán a un punto dado y se detendrán ahí. De hecho, existen muchas maneras de vivir una vida.
En el curso de ese proceso acompañamos a nuestros pacientes a través de algunas paradojas resistentes. Una de ellas es que el cierre de la historia, la resolución interior, es necesaria, pero todo cierre definitivo de la historia es imposible, ya que para asegurar retener todo lo que se aprendió de ella requiere mantenerla, hasta cierto punto, viva.
Resulta importante tener presente que, a pesar de toda expectativa, la terapia no es restauradora, es decir, que las vidas de los sobrevivientes nunca serán “como antes”. Ellos vivirán, esperamos, vidas diferentes, vidas con menos sufrimiento y más placer, con más iniciativa y más libertado, vidas valiosas, pero no “como antes”. De hecho, las fantasías de restitutio ab initio (a saber, que la experiencia traumática va a desaparecer a través de la actividad terapéutica, como una suerte de recompensa por los esfuerzos y los sufrimientos) constituyen una expectativa ilusoria frecuente no sólo en muchas víctimas de violencia en el proceso de recuperación, sino también en muchos terapeutas, lo que agrega otro nivel de duelo al proceso (la perdida del final feliz, tanto para la víctima como para el terapeuta). Por ello, podemos aún anticipar que el cierre de un proceso de reparación será seguido por una sensación ambivalente de éxito y de fracaso, de satisfacción y de vacío.
* Extractado del artículo “Victimización, recuperación y las historias ‘con mejor forma’”, incluido en la revista Sistemas Familiares y otros Sistemas Humanos, de la Asociación de Psicoterapia Sistémica de Buenos Aires.
Fuente: Página 12
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