jueves, 5 de abril de 2012

Hasta el extremo - Jueves Santo, Ciclo B

JUEVES: LA COMIDA

Algunas mujeres de la caleta pesquera se juntaron en la casa de un vecino y se pusieron a preparar todo para la comida. Amasaron pan, limpiaron los peces del lago antes de ponerlos a las brasas, repartieron cuencos con aceitunas y dátiles, llenaron vasijas con vino grueso y cortaron trozos de queso de cabra.
Los apóstoles se lamían los bigotes y se frotaban las manos mirando todo lo que se había colocado en los paños recortados de tela marinera que cubrían el suelo.
Esperaron a Jesús. Se demoraba el hombre. Fuera de la casa había mucha gente y Jesús le daba tiempo a cada cual. Escuchaba, imponía las manos, animaba a los decaídos, consolaba a los que cargaban penas, contaba pequeñas historias que se metían en el corazón. Comunicaba esperanza. No rechazaba a nadie. Repartía su tiempo, su cariño, su persona, como se reparte el pan cuando hay necesidad de comida o necesidad de sentirse prójimo.
Por eso cuando por fin entró a la casa y se recostó sobre los pequeños sacos de arena que hacían de almohadones para los comensales, nadie se extrañó que tomara un trozo de pan y lo repartiera entre todos tal como había hecho con su propia vida al atender a los que lo buscaban.
Tampoco extrañó nadie que dijera que ese pan repartido era su propia experiencia humana. Tomó la copa de vino e invitó a todos a beber, dando gracias a Dios por los dones de la tierra y por el trabajo de hombres y mujeres que habían puesto cosas buenas para compartir en esa tarde.
Lo hizo todo tan sencillamente que fue muy fácil para los de su grupo entender que el vino y el pan repartidos y compartidos eran la misma vida de Jesús que se entregaba a todos y no se reservaba nada.
Y prometieron hacer presente en sus vidas ese gesto cada vez que se reunieran a compartir la amistad.
Sin sentarnos a la mesa para compartir el vino, los panes y la vida, no puede haber Eucaristía. (ACR)



Fuente: El catalejo de Pepe -  blog

¿Reconciliación y perdón tienen que ir de la mano para conseguir la paz definitiva?
Tengo la sensación de que estamos desgastando e, incluso, manipulando estas palabras tan hermosas y tan evangélicas. Las declaraciones públicas honestas son necesarias, pero yo creo más en los pequeños pasos de distensión y acercamiento que se dan día a día en los ayuntamientos, en los bares y en diferentes ambientes de los pueblos… Creo también en la tarea educadora y concienciadora de organismos como Baketik, desde el santuario franciscano de Aránzazu, o en esa docena de encuentros entre miembros de ETA y sus víctimas, que está impulsando la Secretaría General de Instituciones Penitenciarias en la cárcel de Nanclares de la Oca. Es necesario crear un clima en el que, dejando a un lado ideologías fanáticas y partidismos viscerales, aprendamos a sentir mucho más el sufrimiento ajeno. No superaremos el mutuo recelo si no nos sentimos más unidos en la búsqueda de un futuro más digno y humano para todos. Yo creo en esos miles de personas buenas y sensatas, que nos pueden arrastrar hacia una convivencia reconciliada.
¿Hay resistencias a la reconciliación también dentro de la Iglesia?
A nadie le oigo decir que está en contra de la reconciliación, pero siempre ha habido entre nosotros creyentes de diverso signo político en los que la propia ideología tiene más fuerza que la fe para configurar su comportamiento práctico.
Fuente: Religión Digital. Fragmento de entrevista a José Antonio Pagola, por José Manuel Vidal

domingo, 1 de abril de 2012


MALVINAS II - "SOPLAR SOBRE LA HERIDA". JORGE OESTERHELD. Cápítulo II de su libro publicado por Lumen
El alojamiento era en una posada en la que había que compartir las habitaciones y éramos todos muy distintos. Personas completamente diferentes que teníamos que poner en común, por unos días, realidades muy profundas de nuestras vidas en un contexto extraño y cargado de significaciones. Eran más o menos las cuatro de la mañana y llegábamos silenciosos a esa pequeña ciudad de casas de colores. El cielo estaba lleno de nubes pero se notaba la luz, en ese confín de la tierra en verano casi no hay noche. El viento, siempre presente, nos seguía a todas partes.

Pese a las dificultades la actitud de todos fue excelente. Mi sensación era de sorpresa. Pensaba que la convivencia sería más difícil. Todavía no había aprendido algo que me enseñarían esos días: a distinguir para siempre en mi vida el sufrimiento de las quejas. Los que sufren en serio se quejan poco. Cuando se llega al lugar donde la guerra realmente estuvo y con personas en las que ese dolor aún vive, importan poco la falta de baño, la puerta rota, el espacio reducido. Los dueños del lugar fueron amables, para ellos tampoco era fácil. Los miedos sobre una recepción hostil seguían diluyéndose.

Apenas dormí un par de horas y salí a caminar. Serían las siete de la mañana, a las ocho había que desayunar y a las nueve salir hacia el cementerio de Darwin. Caminaba solo. En realidad estaba solo por primera vez después de muchísimo tiempo. Para ser sincero me parecía que hacía un siglo que no tenía un minuto de intimidad. Para mí son importantes los tiempos de soledad y estar siempre con gente me agobia un poco. No había un alma en la calle. Mucho viento y mucho frío. Instintivamente caminé hacia el mar que estaba a una cuadra. Tenía ganas de llorar y no sabía por qué. “Dios mío, ¿qué hago acá?”

Es común que nos pregunten a los curas cómo hacemos para estar tantas veces en la vida muy cerca del dolor. Nos dicen: “¿Cómo hacés para bancarte todo lo que tenés que escuchar?”. Cuando contaba que iba a ir a Malvinas con un grupo de familiares a celebrar la misa en el cementerio de Darwin muchos se admiraban y me advertían sobre lo difícil que sería. Y después del viaje muchos me preguntan sobre lo que sentí en esos días. La verdad es que no es tan heroico como parece. Lo difícil de ser cura no es el momento de la confesión o de la visita a un enfermo o del velatorio; lo que importa es vivir de una manera que te permita hacer eso con sencillez y normalidad.

“Dios mío, ¿qué hago acá?” Cuando se tiene la oportunidad de acompañar a otras personas en el momento del sufrimiento uno se alegra de tener la fe que tiene y de encontrar en la Biblia tantas palabras que ponen luz en el dolor. Siempre es extraordinario ver cómo la Biblia se toma tan en serio el sufrimiento humano, no se escapa del problema, no mira para otro lado ni propone caminos de evasión. En la Biblia, como en la vida, el sufrimiento humano está presente como algo que no debería estar.

Es misterio que deja sin palabras y no se proponen soluciones simples o frases hechas como consuelo. No encontramos en esos textos ninguna de esas respuestas convencionales y vacías a las que nos ha acostumbrado esa atmósfera de cristianismo superficial en la que vivimos. Profetas, sabios, mártires, santos, nos hablan deshechos por el sufrimiento pero sostenidos por su fe y nos conducen de la mano hacia el misterio que se esconde en el dolor. El mismo Jesús se muestra sensible a todo dolor humano; nunca es testigo de un padecimiento sin quedar conmovido, pero no siempre lo suprime sino que lo consuela y es capaz de cambiarlo en alegría, pues en sus enseñanzas el dolor prepara para recibir el Reino, para entender su Palabra, para conocerlo a Él.

“Dios mío, ¿qué hago acá?” La pregunta vuelve una vez más y las respuestas que otras veces sirvieron no aparecen. El viento y el frío sacan algunas lágrimas de mis ojos. Siento cómo instantes después el mismo viento las seca sobre mi cara. Algo me recuerda el gesto de soplar sobre una herida para que se seque, se alivie, se cure. Repentinamente aparece la respuesta: soplar la herida. Eso es, ¿qué hago acá? Soplar sobre la herida.

Poco a poco fueron apareciendo otros que no podían esperar más en el hotel y habían salido a caminar. La señora América, mamá de un soldadito, se acercó a mí cuando estaba por entrar en la Iglesia Anglicana y me acompañó. Casi no hablamos y nos pusimos a rezar. El templo era muy acogedor e invitaba a la oración. Ella y su hija, Indiana, que la acompañaba, (sus nombres se cargaban de riqueza simbólica en ese lugar) fueron de las que estuvieron en todas las misas y eran también de las que estaban más acostumbradas a una práctica religiosa. Con la emoción siempre presente en la mirada tenían ese tipo de fe que tanto conmueve: la fe de los que siguen rezando al mismo Dios que una vez los desilusionó.

En realidad ésa era la característica de la mayoría de los que integraban el grupo y por eso los momentos de oración tenían tanta intensidad. Ésa fue también una de las mayores riquezas que recibí en esos días. Al mezclarse mi fe con la de gente tan creyente mi fe salió fortalecida y purificada. Como el fuego purifica el agua al hacerla hervir y elimina así todo lo que no es agua, así esa fe pura, incandescente, purificó la mía tantas veces contaminada de superficialidades o comodidades.

Sí, esas personas, como Job en la Biblia, confiaban en el mismo Dios que los había desilusionado y los había dejado de su mano en el momento de la desesperación.

Ya sé que Dios nunca nos deja de su mano y que nos acompaña siempre. Pero no es ésa la sensación que tenemos en algunos momentos y es maravilloso que la confianza en Dios sea una vivencia más fuerte que la sensación de abandono de Dios que se puede tener el día que se pierde un hijo. Esas personas que tienen esa manera tan pura de creer recuerdan la fe de Pedro. Cuando Jesús les pregunta a sus discípulos si ellos también se quieren ir Pedro contesta: “Señor, ¿adónde vamos a ir?, sólo tú tienes palabras de vida eterna”. Jesús había dicho en su discurso cosas muy difíciles de aceptar. Todos lo dejan. Lo toman por loco como seguramente lo haríamos nosotros. Y cuando Jesús pregunta a sus amigos si ellos también se van, Pedro no dice, “no, nosotros nos quedamos porque estamos de acuerdo con lo que acabas de decir, nos parece muy bien”; no, dice “¿adónde vamos a ir?, sólo tú tienes palabras de vida eterna”. No entendió nada, como los que se van, pero se queda. Se queda apoyado en una intuición, “palabras de vida eterna”. Se queda porque no tiene otra cosa que valga la pena, “¿adónde vamos a ir?” Junto a ese extraño carpintero hay algo que es bueno vivir. Es conmovedor ver repetirse esa fe de Pedro en personas que están cerca de uno, era emocionante verla ahí en esas islas tan remotas y desoladas. “Los confines de la tierra han contemplado el triunfo de nuestro Dios” (Salmo 98, 3).

Cuando fuimos a desayunar encontré a don Rolynes, un chaqueño morocho y con el pelo blanco, con pinta bien de criollo, que compartía con un carpintero kelper los problemas que se presentaban en la colocación de una puerta a la entrada del hotel. La escena era sorprendente y muy graciosa. Cada uno hablaba en su idioma y ninguno de los dos conocía ni una palabra del idioma del otro, pero en las dificultades prácticas que se presentaban para la correcta sincronización de unas bisagras lo dos coincidían con señas y gestos. Las manos de ambos estaban acostumbradas al trabajo y parecían entenderse en su propio lenguaje.

Las manos chaqueñas se habían acostumbrado al trabajo en el taller mecánico que don Rolynes tenía en su pueblo, que, imaginado y nombrado en esas islas, parecía quedar en otra galaxia. Era el mismo taller en el que había crecido su hijo, quien poco a poco había demostrado que era capaz de darse maña y hasta superar al padre. Era grandote, tenía mucha fuerza. Justo unos días antes de que lo llamaran para ser héroe había levantado un motor. Un motor “de esos que hay que levantar con cadenas, ¿vio, padre?”, “él solo lo levantó”.

Esas manos ahora sostienen siempre un pañuelo que desde hace dieciocho años seca lágrimas que parecen de oro en ese rostro que tantas veces miró la puerta del taller esperando que por un milagro apareciera su muchachote. Había rezado tanto que su hija Marta había terminado siendo catequista. Y allí estaba también ella, en Malvinas, con su padre, ayudándome a preparar las cosas para las misas y con más fuerza que yo para leer las lecturas.

En la misa que celebramos la segunda vez que fuimos al cementerio, urgida por su padre tuvo que sacar una foto apenas terminada la consagración porque él quería esa foto en ese momento. Él se paró a mi lado y le dijo “acá, con Dios”. Ya el profeta lo había dicho: “Y será llamado Emmanuel, que significa Dios-con-nosotros”.

Cuando terminábamos el desayuno aparecieron Yamilé y Corina, eran hermanas y estaban siempre tan juntas que les decíamos “las siamesas”. Llegaban tarde a todas partes con sus enormes sonrisas. Fueron la alegría del grupo.

Corina era azafata y estaba embarazada. Me pidió que bendiga su panza, al día siguiente, en Mount Longdon, muy cerca de donde, según todos los indicios que ellas tenían, había muerto su hermano, el tío. Lloramos mucho los tres, sin saber si lo hacíamos de dolor por esa joven vida perdida en esa tierra helada o de emoción por esa nueva vida que latía en la calidez de su madre. La vida sigue.

Esa mujer embarazada, abrazada a su hermana y de pie en la cima de ese monte agujereado por las bombas y las trincheras, lleno de cosas rotas y desechos de guerra, era un símbolo del triunfo de la vida.

“Dios dijo a Caín, ¿dónde está tu hermano? Y respondió Caín: ¿soy yo acaso el guarda de mi hermano?” “Sí, Caín, vos eras el que debía cuidar a tu hermano”, contestan sin decir una palabra Yamilé y Corina desde arriba del monte. La Palabra de Dios sigue viva en la historia de los hombres.

Malvinas - "Soplar sobre la herida" Introducción al libro de Jorge Oesterheld editado por Lumen.

Este libro es fruto de un viaje a las Islas Malvinas en Noviembre del año 2000 y de la reflexión que fue surgiendo en mí a medida que el tiempo fue pasando y que los argentinos nos fuimos metiendo en un pozo cada vez más profundo. Mientras la crisis se precipitaba en 2001 y 2002, fui experimentando que haber estado en las islas acompañando a familiares de combatientes caídos para siempre durante la guerra y haber caminado con ellos por los campos de batalla y llorado en el cementerio de Darwin, me había dado un punto de partida que me permitía entender y vivir la realidad de mi país de una manera distinta a la que tenía antes.
En la soledad de aquellas piedras talladas por el viento encontré de una forma extraña las raíces de nuestra manera de ser, de algunos errores en los que caemos convencidos de estar haciendo lo correcto, de los desencuentros, las cobardías y las grandezas.

Desde aquel rincón del fin del mundo se ven más claras algunas cosas sobre la forma que en general tenemos los argentinos de abordar nuestra historia y nuestro presente. En el caso de Malvinas, que tiene fechas, nombres y paisajes acotados, es más fácil descubrir los errores de punto de vista. Lo que vivimos hoy es tan trágico como la guerra misma: millones de personas empujadas a la pobreza, jubilados estafados y niños muriendo de hambre. Y todo esto no por un cataclismo meteorológico sino por nuestra propia incapacidad de convivir y establecer mecanismos e instituciones que aseguren la justicia en el sentido más profundo de la palabra. Pero este fenómeno lo tenemos tan cerca que la reflexión es difícil. Sobre todo es más complicado descubrir los errores que cometemos en la manera de encarar las cosas.

Después de la experiencia vivida en Malvinas estoy convencido de que ya no sirve hablar desde las ideologías haciendo interminables relecturas de ideas o conceptos. Políticos, militares, las derechas, las izquierdas y otros cuantos tienen sus visiones sobre lo que pasó y lo que pasa. Esas discusiones huelen al siglo XIX y hablan de una forma y de unos temas que ya no importan.

Tampoco sirven los análisis hechos desde un sentimentalismo superficial. Parece que el melodrama ha ocupado el lugar de las ideologías. Esta forma de análisis tiene hoy muchos adeptos porque para desarrollarla ni siquiera hace falta haber pensado o leído algo en la vida. Se habla desde los sentimientos más superficiales y cada día se pueden decir cosas distintas porque siempre una nueva sensación reemplaza a la anterior. Esta tendencia está sin duda alimentada por la televisión que tiene una sorprendente capacidad para convertir la tragedia humana en espectáculo.

La reflexión desde este punto de vista está desenfocada, a mi parecer, no porque huela a siglo XIX como la anterior, sino porque no huele a nada, no es reflexión. A veces lo peor que nos pasa es el nivel lamentable de lo que se dice sobre lo que nos pasa.

¿Cómo volver a reflexionar seriamente sin convertirse en un catedrático del siglo pasado que dice cosas importantes que no sirven para nada? Ése es el desafío para quienes queremos pensar en lo que vive nuestra Patria. Creo que la respuesta se acerca si, en lugar de perdernos en intelectualizaciones o sentimentalismos, miramos la actitud con la que se hacen las cosas. No analizamos por lo general las actitudes y, sin embargo, ellas son claves en la vida y en la convivencia. En momentos de crisis tenemos que mirar las actitudes. ¿Por qué podemos sentirnos cerca de personas que tienen ideas muy distintas a las nuestras pero que comparten nuestra misma actitud?

Pero antes de hablar de las actitudes tengo que decir otra cosa. Soy cristiano, católico, sacerdote. Toda mi vida ha transcurrido en el ámbito de la Iglesia argentina a la cual amo, sufro y critico, como se ama sufre y critica a la propia familia, o a la Patria. No hablo ni pienso desde el lugar del escritor o el intelectual, ni desde el sitio del político o algún otro que no sea el mío. Soy un ciudadano argentino que mira todo lo que ocurre desde su lugar de cura.


Este lugar da un punto de observación distinto del habitual. Desde él se pueden palpar mejor algunas cosas. Por ejemplo, hasta dónde el prejuicio, con las actitudes que conlleva, empapa todas nuestras relaciones y las gobierna. Es también un punto de vista ideal para observar cómo en nuestra sociedad no importan las personas. Tenemos ideas muy distorsionadas los unos de los otros. El mecanismo de la descalificación funciona con una perfección asombrosa. “No existís”, “no existe”, son expresiones comunes a las que peligrosamente nos acostumbramos. En principio el otro no vale nada; sólo si demuestra su valor lo tendremos en cuenta. Pero lo consideraremos valioso para eso que demostró valer, no a él o a ella como personas.

Cansados de llegar tarde a todas las revoluciones y de mirar perplejos todas las transformaciones, no entendemos que el problema social ya pasó. No porque se haya solucionado sino porque ya se sabe que no tiene solución planteado como una cuestión económica, política o jurídica. El problema real es cultural. Es la crisis de la cultura - y con ella la de los valores - la que nos hizo pobres, no al revés. Son las actitudes las que nos separan, no las ideas. Nos estamos asfixiando en un pasillo cada vez más estrecho: es el laberinto de nuestros egoísmos y corralitos mentales. No es la falta de plata la que nos hace egoístas y crueles los unos con los otros, es el individualismo enfermizo el que nos ha hecho pobres.

Esto no se supera con exhortaciones a la generosidad: “tenemos que ser menos egoístas y más generosos”. No es un tema personal sino estructural. La cultura en la que vivimos es así. No sirve mostrar tal o cual persona generosa y ponerla de ejemplo para después decir que el cambio tiene que empezar por cada uno y entonces vamos a cambiar todos. Esto es cierto pero es un arma de doble filo. Se usa normalmente en el discurso de los que más responsabilidades tienen con el objetivo, consciente o no, de diluir las responsabilidades entre todos. También es cierto que para que haya cambios individuales debe evolucionar la sociedad en su conjunto y que es esa evolución la que genera cambios estructurales importantes. Necesitamos reflexionar sobre lo que nos pasa desde el punto de vista cultural más que desde el individual.

La cultura en la que vivimos es la que nos da los elementos que nos permiten responder de determinada manera en distintas circunstancias. Comparar culturas es comparar las formas que tienen las personas de convivir, ayudarse, pelear, amar, hacer familias o forjar amistades. Los miembros de una comunidad que vive en el desierto tienen conocimientos adquiridos en común que les permiten vivir allí y que no poseen los de la comunidad que vive en la montaña. Una persona que vive en la selva se siente perdida en la ciudad, pero no es sólo el tema arquitectónico lo que le complica la vida; lo realmente difícil es que su cultura, sus códigos de convivencia y supervivencia son otros. Sus conocimientos y actitudes no están preparados para los desafíos que ahora tiene. Le ocurre lo mismo a quien vive en la ciudad y se encuentra en la selva: no sabe algunas cosas y comete errores al reaccionar de acuerdo con lo que sabe. Corre peligro y se equivoca porque actuando bien según sus conocimientos, en realidad puede estar actuando mal teniendo en cuenta la nueva situación en la que se encuentra. Las respuestas que tiene incorporadas han dejado de ser una ayuda y se han convertido en un obstáculo.

Desde las Islas Malvinas se ve más claro que culturalmente no estamos preparados para el dolor o el sufrimiento, a veces ni siquiera para las dificultades más simples. No es que no haya problemas y sufrimientos de todo tipo, digo que nos falta capacidad para enfrentar esas situaciones y que muchísimo dolor se evitaría si la desarrolláramos. Y esta falta de capacidad no está relacionada sólo con “falta de temple” o “espíritu de sacrificio” sino con errores en la forma de encarar las cosas. Con desconocimientos. Con no saber qué hacer.

¿Quién no ha escuchado o dicho que “lo que nos hace falta es una guerra”, “pasar hambre en serio”, o cosas por el estilo? Bueno, ya tuvimos guerras y tenemos hambre, ¿qué aprendimos? Para aprender no es suficiente la dificultad también hace falta responder bien a ella. La dificultad puede servir para madurar o para terminar de hundirse, la clave está en la respuesta que damos no en el obstáculo en sí mismo.

No aporta nada buscar culpables afuera y decir que nuestra cultura es así ahora pero que antes no, y que todo empezó con la televisión y las series americanas. Muchas sociedades que reciben la misma influencia de Hollywood tienen culturas muy distintas a la nuestra y sus ciudadanos son patriotas, construyen una cultura del trabajo y se respetan unos a otros como personas. Menos aún sirve hablar de crisis de valores y ponerse melancólicos recordando otras épocas, (¡ésas eran épocas!), como si “ésas” no fueran las madres de éstas.

No creo que sea muy útil seguir discutiendo sobre los valores que no tenemos, ni las discusiones sobre valores y anti-valores. Es más urgente mirar los que sí tenemos. ¿Qué es lo que realmente nos mueve? ¿Por qué hacemos o dejamos de hacer cosas? ¿Por qué estoy dispuesto a dar la vida? Quizás descubramos que no es que no tenemos valores sino que nuestros valores son inconfesables. Declamamos unos valores pero realmente nos mueven otros.

Juan Pablo II dice que la clave para conocer y explicar una cultura está en la respuesta que esa cultura da a las cuestiones esenciales de la condición humana: el sentido de la vida, el dolor, la muerte, la dimensión religiosa de las personas. Según esto, todo se ordena en última instancia a partir de la idea que se tiene de Dios. ¿Cuál es nuestro Dios?, el real no el declamado. ¿A qué Dios ofrecemos sacrificios? ¿Qué Dios nos mueve?

Si queremos respuestas que no suenen a libro viejo y ya sabido y olvidado no tenemos que buscarlas en los debates teóricos. Hay un momento privilegiado para las respuestas de verdad: cuando el sufrimiento aparece con sus preguntas. Cuando la muerte anda cerca se caen muchas caretas. Tenemos que animarnos a mirar nuestras respuestas en esos momentos.

Todas las culturas tienen sus ritos fúnebres y allí los antropólogos descubren datos muy valiosos. Hace poco tuvimos dos guerras, una con ¿30.000? desaparecidos (aceptemos el número instalado culturalmente), y la otra con... ¿cuántos murieron en Malvinas?, en este caso no hay números convertidos en mito. Ahora mismo la desnutrición, la violencia, las enfermedades y muertes evitables son una realidad cotidiana, ¿Cómo afecta eso nuestros valores? ¿Cómo influye en nuestra cultura? ¿Vamos a quedarnos a vivir para siempre en el limbo de las ideas y de las explicaciones macroeconómicas? ¿Vamos a decir “qué barbaridad” y cambiar de canal?

Este libro propone, en primer lugar, reflexionar sobre algunos errores que me parece que cometemos a la hora de vivir experiencias de dolor y sufrimiento. En muchas ocasiones guardamos con devoción los dolores pero sin hacer nada por superarlos, entenderlos, ponerlos en una perspectiva que nos permita seguir adelante. Después nos detendremos sobre el tema de las palabras. En Malvinas se redescubre la importancia que tienen las palabras para curar. Hablar, escribir, compartir, para encontrar respuestas y no sólo opiniones, es una tarea irremplazable. Nuestra desconfianza en las palabras nos cierra la puerta de salida de muchas situaciones dolorosas.

También me pareció interesante mirar una extraña manera que tenemos de responder a la injusticia y los sufrimientos que vienen con ella. Nos indigna la injusticia pero no ponemos pasión en la justicia, buscamos atajos. Dos de estos atajos son, en primer lugar, una solidaridad mal entendida y en segundo, un concepto muy confuso de lo que es el perdón y la reconciliación.

Finalmente, la narración de los momentos más inolvidables de esos días, nos puede permitir volver a tocar y sentir el dolor que sigue vivo en ese lejano rincón de la Patria.

Lo que está escrito son mis reflexiones, pero lo que sirve es la reflexión que hagamos juntos. El drama que vivimos en nuestra Patria es suficientemente grave como para que todos sepamos que es poco lo que podemos aportar y que es muy urgente que lo aportemos. Quizás así empecemos a construir una cultura en la que los maestros y los sabios sean aquellos que tengan la capacidad de transmitir la experiencia del dolor sin transmitir el dolor.