miércoles, 13 de junio de 2012

Evangelio según san Mateo 5, 20-26


Los escribas enseñan la justicia de la ley: los fariseos la hacen. Jesús dice que para entrar en el reino no basta conocer y cumplir la ley. Es necesaria una justicia que exceda los límites de la ley: es la del Padre, que ama, perdona y salva gratuitamente a sus hijos. Es una justicia “excesiva”, porque el amor que la mueve no conoce medida.

El uso pasivo de “se dijo” es para no decir el nombre de Dios. YHWH habla: el hombre escucha, y se convierte en la palabra a la cual responde. El mandamiento de “No matarás” es el fundamento mínimo de toda relación que se trata de dejar que el otro viva.

El “pues yo os digo” no es una antítesis, sino una complementación: el matar físicamente viene de un matar interior del otro: de la ira, del desprecio, del romper la fraternidad con él.

La ira es el homicidio del corazón, movimiento interior “contra” el otro, que supongo esté “contra mi”. El otro es el extraño, el enemigo, con respecto al cual me defiendo y ataco. Pero, al negar la fraternidad, mato mi identidad como hijo. Por eso la ira del hombre no cumple la justicia de Dios (St 1,20).

El desprecio o el insulto es matar interiormente, y eso permite matar exteriormente. Se considera al adversario como inferior. Las guerras van precedidas por una campaña denigratoria del enemigo, como si no fuera hombre. ¡Solo entonces es posible matarlo! La estimación que debo tener para con el otro es la misma que tiene Dios, el cual no vaciló en dar su vida por él.

Jesús tres veces habla del otro como “hermano”: negarle la fraternidad es perder la propia actitud filial.

Antes de dirigirte al Padre, debes no sólo perdonar al hermano contra el cual tienes algo, sino incluso reconciliarte con el hermano que tiene algo contra ti, aunque tú no tengas nada contra él. No puedes celebrar la paternidad, si antes no tratas de restablecer la fraternidad.

Si no te reconcilias con el hermano que tiene algo contra ti, estás en una culpa, aunque no tengas nada contra él. No puedes decir que tienes razón o que no te importa. El no estar de acuerdo ya es “el mal”; y si él no te importa, ya lo has matado a él como hermano y a ti mismo como hijo.

La vida es un camino de reconciliación con el otro: tiene como meta tu realidad como hijo en tu vida como hermano. Si no obras así, pierdes el tiempo y la vida; equivocas el sentido de tu existencia.

Párrafos extraídos de “Una comunidad lee el Evangelio de Mateo” – Silvano Fausti – Editorial San Pablo

Declaran de interés provincial las exequias de Mons. Giaquinta
 
Resistencia (Chaco), 13 Jun. 12 (AICA)
Exequias de Mons. Carmelo Giaquinta, arzobispo emérito de Resistencia
Exequias de Mons. Carmelo Giaquinta, arzobispo emérito de Resistencia
El gobierno de la provincia del Chaco declaró por decreto de interés provincial las exequias de monseñor Carmelo Juan Giaquinta, quien fue arzobispo de Resistencia entre junio de 1993 y abril de 2005, por realizarse los días 21 y 22 de junio, cuando los restos mortales del prelado sean llevados a esa provincia para su entierro definitivo en la catedral Inmaculada Concepción, de la capital chaqueña.
      Las exequias serán presididas por el actual arzobispo de Resistencia, monseñor Fabriciano Sigampa, y se realizarán en el Seminario Diocesano de Resistencia y en el Monasterio de las Hermanas Clarisas.

     El Poder Ejecutivo provincial invitó a funcionarios, jueces y legisladores, además de representantes de municipios y comunidades religiosas a participar de las honras fúnebres al prelado fallecido el 22 de junio de 2010.

Programa
     El miércoles 20 de junio, a las 11, se celebrará una misa de despedida en la catedral metropolitana de Buenos Aires, a la que se invitó a familiares y allegados del prelado.

     Al día siguiente, los restos de monseñor Giaquinta serán llevados en avión hasta la capital chaqueña.

     El viernes 22 de junio, a las 17, se hará un acto oficial en la catedral de Resistencia, para continuar con el funeral y proceder a la sepultura en el atrio del templo, donde ya descansan monseñor Nicolás De Carlo y monseñor José Agustín Marozzi, también obispos de esa jurisdicción eclesiástica.+



-- Fuente: AICA

martes, 5 de junio de 2012

Li y su suegra


Hace mucho tiempo, una joven China llamada Li se casó y fue a vivir con el marido y la suegra. Después de algunos días, no se entendía con ella.
Sus personalidades eran muy diferentes y Li fue irritándose con los hábitos de la suegra, que frecuentemente la criticaba.
Los meses pasaron y Li y su suegra cada vez discutían más y peleaban.
De acuerdo con una antigua tradición china, la nuera tiene que cuidar a la suegra y obedecerla en todo.

Li, no soportando más vivir con la suegra, decidió visitar a un amigo de su padre. Después de oírla, él tomó un paquete de hierbas y le dijo:
'"No deberás usarlas de una sola vez para liberarte de tu suegra, porque ello causaría sospechas.
Debes darle varias hierbas que irán lentamente envenenando a tu suegra.
Cada dos días pondrás un poco de estas hierbas en su comida.
Ahora, para tener certeza de que cuando ella muera nadie sospechará de ti, deberás tener mucho cuidado y actuar de manera muy amigable.
No discutas, ayúdala a resolver sus problemas. Recuerda: Tienes que escucharme y seguir todas mis instrucciones".
Li respondió: 'Si, Sr. Huang, haré todo lo que me pide'.
Li quedó muy contenta, agradeció al Sr. Huang, y volvió muy apurada para comenzar el proyecto de asesinar a su suegra.

Pasaron las semanas y cada dos días, Li servía una comida especialmente tratada a su suegra.
Siempre recordaba lo que el Sr. Huang le había recomendado para evitar sospechas y así controló su temperamento, obedecía a la suegra y la trataba como si fuese su propia madre.
Después de seis meses, la casa entera estaba completamente cambiada.
Li había controlado su temperamento y casi nunca aborrecía a su suegra.
En esos meses, no había tenido ni una discusión con ella, que ahora parecía mucho más amable y más fácil de lidiar con ella.
Las actitudes de la suegra también cambiaron y ambas pasaron a tratarse como madre e hija.
Un día Li fue nuevamente en procura del Sr. Huang, para pedirle ayuda y le dijo:
Querido Sr. Huang, por favor ayúdeme a evitar que el veneno mate a mi suegra.
Ella se ha transformado en una mujer agradable y la amo como si fuese mi madre.
No quiero que ella muera por causa del veneno que le di...

El Sr. Huang sonrió y señaló con la cabeza:
No tienes por qué preocuparte.
Tu suegra no ha cambiado, la que cambió fuiste tu. Las hierbas que te di, eran vitaminas para mejorar su salud.
El Veneno estaba en tu Mente, en tu Actitud, pero fue Echado Fuera y Sustituido por el Amor que pasaste a darle a ella'.
En la China existe un adagio que dice:
'La persona que ama a los otros, también será amada'.

La mayor parte de las veces recibiremos de las otras personas lo que les damos, recuerda siempre:
"El plantar es opcional, pero la cosecha es obligatoria,
 por eso ten cuidado con lo que plantas"


"La fuerza y el valor del perdón" - Roberto Pérez

domingo, 3 de junio de 2012

Ya no hay forma de pedir perdón?




¿Cómo voy a lograr que aún me quieras?
¿Cómo lograr que quieras escuchar?
Cuando este fuego me desvela
Pero despierto solo una vez más
¿cómo lograr verte de nuevo?
¿Cómo he de recobrar tu corazón?
¿Cómo aceptar que todo ha muerto
Y ya no hay forma de pedir perdón?
Qué mal, qué mal,
Esta absurda y triste historia
Que se pone cada vez peor
Qué mal, qué mal,
¿Por qué ni puedo hablarte?
Temo que es así,
Que ya no hay forma de pedir perdón

¿Cómo lograr que aún me quieras?
¿Cómo lograr que quieras escuchar?
Cuando este fuego me desvela...
¿Qué es lo que voy a hacer?
¿Qué es lo que voy a hacer
Si ya no hay forma de pedir perdón?


Ya no hay forma de pedir perdón - (Pedro Aznar)

¿YA NO HAY FORMA DE PERDIR PERDÓN?

“Cuenta la historia que un oso estuvo a punto de ser asaltado y devorado por un temible león, pero un hombre que llevaba una escopeta tuvo tiempo de disparar y así ahuyentar al felino y salvarle la vida al oso. El animal estaba tan agradecido que seguía como un perro fiel al hombre por dondequiera que iba. El hombre tenía sueño y se echó a dormir debajo de un árbol. Entones unas avispas comenzaron a revolotear por encima de su cabeza. El agradecido oso trató de dispersarlas dando manotazos en el aire; pero las avispas no desaparecían y seguía intentando aproximarse al rostro del durmiente.
Entonces el oso, sumamente irritado por la actitud de los insectos, tomó una gran roca y la arrojó contra ellos. La roca no rozó a ninguna avispa, pero fue a estrellarse contra la cabeza del hombre”.

En enero de este año rendíamos un justo homenaje a Monseñor Zazpe y celebrábamos sus palabras y gestos en pos de la reconciliación en pleno auge de la dictadura militar en Argentina.
Por eso ahora queremos ofrecerles en estas nuevas entregas: las homilías emitidas por radio en el año 1978 y que llevan como título Valores de la Reconciliación.

Transcribim
os algunos párrafos de dicha alocución:

“Los espíritus no tienen todavía suficiente serenidad para una evaluación objetiva de los hechos pasados –demasiados recientes– y muchos menos para descubrir posibles caminos de un reencuentro nacional. Sin embargo, la Iglesia tiene precedentes para arriesgarse a una reflexión sobre un tema tan espinoso.

Durante el Concilio Vaticano II, el episcopado polaco firmó una carta colectiva al episcopado alemán, proponiendo una reconciliación profunda de las dos naciones, que tenían en su haber millones de muertos.

El gobierno de Polonia no disimuló su disgusto por la actitud del episcopado y tuvo frases muy duras para los obispos: ¿Cómo perdonar a una Nación que había avasallado los más elementales derechos del pueblo polaco? ¿Cómo olvidar los muertos en las batallas y sobre todo en los campos de concentración?
¿Cómo reconciliarse con una Nación que había hecho de los crematorios un rutinario expediente de su prepotente victoria?
“…es evidente la necesidad de una recreación de las relaciones ciudadanas, a través de una reconciliación interior, acompañada por generosas y vigorosas medidas políticas”.

Por otra parte el actual momento de la vida nacional, parece propicio para afrontar con decisión un programa de reconciliación.

Analizando el decenio pasado, podemos decir que la Nación arrastra una cuota de violencia que generó una sensación casi general de inseguridad, miedo, abatimiento y hasta desesperanza. Los argentinos no habríamos imaginado nunca la posibilidad de los hechos vividos. Ni la historia de la Nación, ni nuestra idiosincrasia colectiva podían preludiar la muerte violenta de argentinos, causada por argentinos y lo que resulta trágico en un país cristiano: la muerte de cristianos, causadas por otros cristianos.

¿Es posible intentar la reconciliación? Es posible, es urgente, es condición indispensable, pero sobre todo es la gran esperanza"

Justamente estaba escribiendo este artículo cuando leí en el diario la siguiente historia sobre el doctor Izzeldin Abuelaish, que perdió a sus tres hijas en un ataque israelí...sin embargo trabaja por la paz. Me permito reproducir el  artículo escrito por Daniel Vittar. Tiene claridad en la exposición de la tragedia, el dolor y el cambiar ese odio para trabajar por la paz .

“Mi vida es una tragedia, nací y me crié en un campo de refugiados”, la primera. “Toda mi vida sufrí, fui oprimido, humillado, intimidado, demolieron mi casa”, sigue. “Como palestino luché para sobrevivir, sólo para poder vivir, sin estar seguro sobre el mañana”, otra. Luego se detiene, piensa, y resume: “La gente esperaba que odiara, es verdad, a lo mejor tengo el derecho a odiar, pero tenemos la opción de elegir entre odiar y no odiar”.
Abuelaish creció hacinado en el campo de refugiados Jabalia, donde había ido a parar su familia desarraigada. Sólo con su voluntad a cuesta lo dejó un día para estudiar medicina en El Cairo. Después se especializó en ginecología y obstetricia en universidades israelíes, italianas y británicas. Trabajó en hospitales de Israel, curando y ayudando a nacer a chicos israelíes y árabes. Formó una familia numerosa, de ocho hijos. Cuando la vida comenzaba a compensarlo, cuando desde la Universidad canadiense de Toronto lo contrataban para dar clases de medicina, todo se desmoronó. Entre diciembre de 2008 y enero de 2009 Israel lanzó la Operación Plomo Fundido sobre Gaza, destinada a destruir la infraestructura militar de Hamas. La ofensiva por tierra, aire y mar fue brutal, y las principales víctimas fueron civiles. “Yo estaba en mi casa con mis hijas el sábado 27 de diciembre, preparando las cosas para irme de vuelta al día siguiente al hospital israelí, cuando se cerraron todos las fronteras y cercaron la Franja de Gaza. Así que me quedé allí hasta el 16 de enero de 2009 a las 16.45, cuando ocurrió el bombardeo”, relata con precisión brutal, y se calla. El espacio en blanco lo llena la historia: una bomba cayó sobre la habitación en la que se encontraban sus hijos y una sobrina.
Bessan, Aya y Mayar murieron despedazadas por el estallido. Abuelaish, conmocionado, dejó las hijas muertas y se llevó a los heridos al hospital donde trabajaba. Llamó a un amigo periodista que trabajaba en un canal de Tel Aviv para contar lo que estaba pasando y pedir que detuvieran el ataque. El periodista puso el altavoz al aire. “Allí se escucharon mi llanto y mis gritos”, cuenta, conteniendo el recuerdo. El prestigio de Abuelaish y la presión de los amigos llegaron a las autoridades israelíes. El ataque se detuvo.
“Sentí bronca, enojo, pero la vida me enseñó a seguir adelante. Recuerdo a mis hijas y siento que hablo con ellas, me dan energía. El odio no sirve porque cuando empezás a odiar a alguien, te volvés ciego, no sabés que hacer, es un veneno, perdés el control”, dice el médico palestino. Y sigue: “Mis hijas nunca odiaron, si quiero hacer justicia por ellas, tengo que mandarles bendiciones y oraciones, que sepan que ellas son recordadas, que estoy difundiendo su mensaje”.
La tragedia y el dolor convirtieron a Abuelaish en un activista por la paz, en un defensor de la reconciliación. En su boca, los reclamos suenan diferentes: “Los palestinos –explica– están sedientos, hambrientos de paz, pero ¿qué es paz? Paz es vida, no sólo una palabra abstracta.
Paz es libertad, justicia. La paz es algo que disfrutamos, tocamos, vivimos.
Nadie nace violento, ni se enseña a ser violento, la violencia es creada. No hay que culpar al otro por ser violento, esa es una forma de esquivar la responsabilidad. Cuando hablamos de paz con alguien que desea paz es doloroso, como si habláramos de comida con alguien que está hambriento. La paz no es buena sólo para los palestinos, es para todos”, argumenta. “Para poder celebrar la libertad en el mundo hay que celebrar la libertad de los palestinos, de su opresión, y también la libertad de los israelíes de su miedo y de su arrogancia”.
Abuelaish ahora vive en Toronto, con el resto de su familia.
Para ahuyentar fantasmas escribió un libro que tituló “No voy a odiar”. “No es un mensaje para culpar a alguien, es un mensaje para que la gente sepa la verdad y que piensen qué se puede hacer para marcar la diferencia”, dice, gesticulando con sus manos que dan vida"

¡Qué mensaje! en memoria de sus hijas trabaja por la justicia, la libertad, la paz,  decide no odiar y transformar ese dolor en perdón. Palabras y gestos.

Pero quiero volver sobre la Argentina. Hoy en el país las diferentes formas que adquiere la violencia parecen ser moneda corriente de cambio. Una pelea por temas futbolísticos se dirime con una muerte del contrario. Una disputa matrimonial culmina en la violencia con la muerte de uno de los congéneres o de ambos. Una venganza termina con el asesinato de un niño o una niña. Peleas por el poder, por dinero, por espacios en la política llevan a descalificar, ignorar y hasta inventar falsas historias sobre aquel que no piensa igual que nosotros. Violencia física, hechos de sangre, violencia de palabras. La venganza, el odio, el rencor parece un mal que poco a poco va carcomiendo a los corazones de los argentinos y las argentinas. Nadie levanta la vista para mirar los ojos del otro. Nadie deja de hablar para escuchar las palabras de los otros. Nadie aquieta su corazón para escuchar los latidos del corazón del otro.

Entre las situaciones descriptas hay una que me llama poderosamente la atención. En una recorrida por el país y dialogando con expertos hombres de diversas iglesias –de diferentes confesiones - laicos, teólogos, biblistas y pastores, no he visto en ninguno de ellos asomar el tema de la reconciliación y el perdón en sus escritos o vocabulario. Al indagar, muchos de ellos dicen que no es el momento para hablar de esos temas; otros ensayan una salida: que es  el tiempo de la justicia que ha llegado tarde, más adelante se verá el tema de reconciliar y perdonar; y otros siguen recitando el estribillo: ni olvido ni perdón. Entonces vuelvo a pensar en esa frase de Monseñor Zazpe “lo que resulta trágico en un país cristiano: la muerte de cristianos, causadas por otros cristianos”. Ya será que los cristianos superamos tan rápidamente el tema del  perdón y de la reconciliación que no los vemos necesarios para un país que hace décadas se viene desangrando y abriendo cada vez que puede las heridas del pasado.
¿Podrán estos eximios y buenos hombres de la fe detenerse ante su conciencia, poner su corazón sobre el Evangelio, ver los gestos y las palabras de Jesús de Nazaret y obrar de la misma manera?
Hoy los veo –con el debido respeto que se merecen –actuar como el oso de nuestro cuento. No puedo dejar de sentir tristeza y compasión por ellos.
Hay otras personas menos doctas, pero en lo cotidiano, con su simplicidad, con escasos o nulos recursos apuestan a buscar y caminar los senderos del perdón y la reconciliación.
Ojalá que el Espíritu que sopla cuando y donde quiere pueda tocarnos a todos para hacer caminos que nos permitan transitar las huellas de perdonar y ser perdonados, de reconciliar-se y reconciliar-nos.
La esperanza –a pesar que todo diga lo contrario– nunca se pierde y mejor mantener encendida una pequeña luz de vela entre los hombres que iluminar con grandes reflectores que ciegan la vista.

Cerrando estas palabras quiero dejar la reflexión que encontré al pie del cuento del oso y el cazador:

“La ira es una de las emociones más enraizadas en la mente no solo del oso de nuestra historia, sino en la de muchos seres humanos, provocando desdicha propia y ajena. Nada constructivo puede surgir a la sombra de la ira, que provoca incluso perjuicios insospechados”.

Pietro Bruno



Textos utilizados para esta reflexión:

Habla el Arzobispo, Tomo I, Vol. 2, 1975-1979 – Arquidiócesis de Santa Fe, 2006.
Cuentos Himalayos  Ramiro Calle Editorial Sirio, s.a., España, 1999.
Artículo escrito por Daniel Vittar en Clarín digital, edición del día sábado 26 de mayo de 2012. Puede leerse en www.clarin.com.ar


viernes, 1 de junio de 2012


El arrepentimiento, antídoto de la banalización del mal

Javier Vitoria. [Publicado en El Correo]. El ministerio del Interior no ha permitido a Carmen Guisasola participar en el Congreso sobre Memoria y Convivencia celebrado en Bilbao. La antigua militante de ETA está arrepentida de su pasado de violencia asesina, y había sido invitada a hablar de su arrepentimiento. Desconozco los términos en los que lo expresa y me hubiera gustado escucharla en directo. Me parecen tan imprescindibles para la futura convivencia de la sociedad vasca las narraciones de las víctimas como los relatos de los verdugos arrepentidos.
En este mismo periódico (4/09/2004) Bernardo Atxaga decía: «Cuando una persona mata a su vecino, aparece el mal absoluto. Y luego vienen los daños, las consecuencias, las heridas que tardan tanto en cicatrizar. Yo creo que dentro de 20 años todos, excepto algún rezagado, pensaremos que nunca tenía que haber existido violencia en el País Vasco, pero aún cargaremos con eso en nuestra conciencia». Casi ocho años después, ETA ha desistido de utilizar la violencia y la izquierda abertzale ha renunciado a apoyarla como arma política. La noticia ha supuesto un enorme alivio social. Sobre todo para la población de riesgo: los ciudadanos amenazados. Pero el desistimiento de unos y la renuncia de los otros no se han producido por razones morales, sino estratégicas. La violencia como arma política era contraproducente para sus intereses, pues les alejaba más y más de sus objetivos. Pero todos ellos se han negado a condenarla por inmoral. Entre nosotros todavía existen incontables «rezagados» que no cargan en su conciencia con el mal absoluto de la violencia terrorista. En algunos lugares de este pequeño país no son la excepción, sino la regla. «Rezagados» con nombres y apellidos muy conocidos, que aparecen a diario en los medios de comunicación, que con legitimidad democrática gobiernan impasible el ademán algunas de las más importantes instituciones democráticas de la CAV y que quizás vayan a tener la oportunidad de formar parte de gobierno de este país en la próxima legislatura por obra y gracia de los votos de varios cientos de miles de ciudadanos y ciudadanas «rezagados».
La historia de ETA ratifica el dictamen sobre la banalidad del mal de Hannah Arendt. Las monstruosidades de ETA no las han cometido monstruos, sino hombres y mujeres normales. No han sido monstruos depravados ni pervertidos, aunque nosotros los hayamos (des)calificado con adjetivaciones semejantes. Son «terriblemente normales» y no, «sobrehumanamente inhumanos». Si se prefiere, son copartícipes de la «locura ordinaria» que sufre la inmensa mayoría de los seres humanos. También los vascos. Son gente estándar que seguramente si hubieran vivido en Andalucía o en Galicia nunca hubiéramos sabido acerca de los actos horribles que eran capaces de cometer. ¿Quién se hubiera atrevido a imaginar que aquel chaval simpático y bien educado que tan solícitamente acompañaba a su “amama” al ambulatorio se iba hacer famoso por poner bombas o por liquidar de un tiro a su vecino de siempre? ¿Quién hubiera adivinado que aquel joven abatido y afligido por la derrota del Athletic era capaz de burlarse del dolor de la viuda de un asesinado por ETA? ¿Quien podía sospechar que aquella mujer del barrio que todas las mañanas al pasar saludaba sonriente a sus vecinos, les hostigaría y vejaría durante muchos meses por el simple hecho de manifestarse silenciosamente a favor de la liberación de un secuestrado por ETA? ¿Qué efecto diabólico convirtió a tantos buenos, alegres y combativos ciudadanos vascos y durante tanto tiempo en monstruos capaces de hostigar, secuestrar y asesinar a conciudadanos suyos, bajo la imputación de intenciones perversas para la patria y la convicción de que no eran de los suyos, es decir, de pertenecer a una casta inferior de seres humanos?
Cuando hace más de cuarenta años irrumpió la inicial acción violenta de ETA en la historia vasca, inmediatamente su repetición se hizo más probable y más fácil que la primera vez. Las sucesivas repeticiones fueron estructurando el mal de la violencia, lo volvieron más invisible y más insignificante a pesar de su escalada en el horror. La interconexión entre irreflexión y maldad ha hecho posible la banalización del mal en Euskadi de la misma manera que en la Alemania nazi. Hoy todavía un número considerable de vascos considera que el exterminio del otro es un simple «daño colateral» y no un crimen fratricida.
En este contexto los procesos de arrepentimiento de los verdugos son muy importantes para el futuro de la convivencia en la sociedad vasca. Juntamente con el recuerdo del sufrimiento de las víctimas inocentes, es el mejor antídoto contra la banalización del mal. Verifican que también quienes un día practicaron la barbarie terrorista son capaces acogerse a una segunda oportunidad de humanización y de reinserción social. No todo estaba corrompido en su corazón. Y permiten creer conAlbert Camus y a pesar de «la peste» terrorista, que «en el hombre hay más cosas dignas de admiración que de desprecio».
Por todo ello me parece un error la incomparecencia forzada de Guisasola. Y un monumental disparate unas palabras sobre el asunto de A. Basagoiti, que banalizaban su arrepentimiento. La contrición de un recluso es un objetivo prioritario de las políticas penitenciarias en las democracias avanzadas. Si se alcanza un líder político debiera congratularse de ello sin echar las campanas al vuelo. Como reiteradamente muestran las escenas televisadas de los juicios enla Audiencia Nacional, los fracasos de esta pretensión democrática son mucho más numerosos que sus éxitos. El arrepentimiento de un victimario –y no el conjunto de su biografía- es un espejo en el que muchísimos ciudadanos vascos necesitan mirarse para aprender a cargar con el mal de la violencia. ¡Ojalá cunda el ejemplo para bien de la convivencia!