sábado, 29 de septiembre de 2012

Las cuatro memorias - Por Luis Kancyper


(Miembro titular de la Asociación Psicoanalítica Argentina. Autor de Resentimiento terminable e interminable y otros libros)


Entre los pliegues de la “cambiante forma de la memoria que está hecha de olvido” (Borges, “Los conjurados”) distingo cuatro memorias: la del rencor, la del pavor, la del dolor, y la memoria del esplendor. Mientras que las memorias del rencor y del pavor permanecen refractarias al olvido, al perdón y al trabajo del duelar, las memorias del dolor y del esplendor integran al pasado en una diferente reestructuración afectiva espacial y temporal y propician el duro, lento e intrincado trabajo de elaboración de los duelos.
Las diferencias entre las memorias del esplendor, del rencor, del pavor y del dolor resultan elocuentes y sus efectos suelen determinar, en gran medida, la identidad del individuo y de los pueblos. En la memoria del esplendor, los recuerdos de la historia vigorizan las tres dimensiones del tiempo. El esplendor de esta memoria se basa en el hecho que la dimensión del pasado ilumina con su resplandor al presente y, al mismo tiempo, el futuro se reabre con un sentimiento oceánico y mágico a la vez. Podemos pensar que la memoria del esplendor guarda cierta semejanza con la imagen borgeana del Aleph. Es un acontecimiento en el que conviven, en un momento y espacio de fulgor y con felicidad, los tres tiempos cronológicos, sin aparente superposición ni contradicción.
En El poeta y la escritura, Borges pone de manifiesto la fugacidad de la felicidad que participa en la memoria del esplendor:
“La poesía se ha dedicado en buena parte a lamentarse; yo diría que hay un solo poeta que ha cantado la alegría presente, es el gran poeta español Jorge Guillén. Uno siente que él está cantando, que al escribir se siente muy feliz. En general se ha preferido deplorar la felicidad perdida, paraísos perdidos; en cambio Guillén ha hecho, hace gustar esa maravillosa proeza de cantar la felicidad presente, cosa que nadie parecería haber hecho. Porque en el caso de Whitman uno siente que se impuso la tarea de ser feliz, pero que posiblemente fuera un hombre desdichado. Y quizá la desdicha sea mejor material que la felicidad, porque la derrota es mejor material que la victoria, porque la derrota tiene que ser transformada en otra cosa, la desdicha también. La felicidad, en cambio, es un fin en sí mismo y no necesita ser cantada; ya es una suerte de canto la felicidad. Sus visitas son tan fugaces que debemos agradecerlas cuando llegan. Uno debe aceptar esas rachas de misteriosa felicidad y agradecerlas de igual modo que uno debe aceptar siempre la dicha, la amistad, el amor, aunque se sepa indigno de ellos”.
Mientras que el pasado, en la memoria del esplendor, arroja luz hacia el presente y el futuro, en las memorias del rencor y del pavor el pasado eclipsa las otras dos dimensiones del tiempo. En la memoria del rencor, presente y futuro permanecen hipotecados para reivindicar un injusto pasado que se reinfecta por el accionar de los resentimientos y remordimientos incandescentes y compulsivos (Kancyper L., Resentimiento terminable e interminable, Buenos Aires, Lumen, 2010).
En esta memoria diferenciamos dos tipos diferentes: la memoria del rencor comandada por resentimientos y remordimientos conscientes y manifiestos (como en el cuento “Emma Zunz”, de Borges) y aquella otra memoria del rencor en la que los resentimientos y remordimientos se hallan latentes, encubiertos o enmascarados (como en “Funes el memorioso”).
En la memoria del rencor prevalece la esperanza reivindicatoria. En cambio, en la memoria del pavor las reminiscencias traumáticas empantanan presente y futuro con un pertinaz sentimiento de desconfianza. El presente no se vive como un verdadero presente, lo que implicaría un anclaje actual y perspectivas de futuro. El mnemonista del pavor es un forastero acosado de los caminos. No puede permanecer ni pertenecer en un lugar y en un tiempo sostenidos, le resulta imposible entablar vínculos confiables.
Jorge Luis Borges en su poema “El amenazado” describe ese mismo destino infausto del mnemonista del pavor que, como pasajero en tránsito, peregrina en busca de un futuro perdido. Este poema, escrito en 1972, sería, en gran medida, un lamento de amor por el amar imposible. El narrador borgeano no puede establecerse en una relación de amor confiable porque resulta ser rehén de la pavorosa memoria del “horror de vivir en lo sucesivo”:
“Es el amor. Tendré que ocultarme o que huir. Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz. La hermosa máscara ha cambiado, pero como siempre es la única. ¿De qué me servirán mis talismanes: el ejercicio de las letras, la vaga erudición, el aprendizaje de las palabras que uso, el áspero Norte para cantar sus mares y sus espadas, la serena amistad, las galerías de la Biblioteca, las cosas comunes, los hábitos, el joven amor de mi madre, la sombra militar de mis muertos, la noche intemporal, el sabor del sueño?
“Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo. Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente, ya el hombre se levanta a la voz del ave, ya se han oscurecido los que miran por las ventanas, pero la sombra no ha traído la paz. Es, ya lo sé, el amor: la ansiedad y el alivio de oír tu voz, la espera y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo. Es el amor con sus mitologías, con sus pequeñas magias inútiles. Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar. Ya los ejércitos me cercan, las hordas.
(Esta habitación es irreal; ella no la ha visto.) El nombre de una mujer me delata.
Me duele una mujer en todo el cuerpo.”
El destino del sujeto apresado por la memoria del pavor se halla regido por el accionar inconsciente de angustias de desvalimiento y de muerte que no alcanza a domeñar, a diferencia de la angustia de castración que comanda a la memoria del dolor.
En ésta no se olvida el pasado, pero se lo admite y acepta lo perdido como lo irrecuperable y resignable, lo cual posibilita el pasaje al presente y a un futuro posibles no idealizados. En la memoria del dolor, el pasado deja de ser presente para transformarse en experiencia pasada, ya que sólo de esta manera se lo puede considerar como una experiencia útil frente al presente. En cambio, el mnemonista del rencor se posiciona como una pretenciosa e injusta víctima por las frustraciones padecidas. Frustraciones, promesas e ilusiones incumplidas que lo legitiman para detentar un poder soberbio y reivindicativo, generando en la dinámica del campo intersubjetivo una tensa atmósfera de crispación, que suele exteriorizarse de un modo compulsivo a través de la queja, el litigio, el reclamo,el reproche y la venganza.
El mnemonista del dolor, a diferencia del mnemonista del rencor y del pavor, asume, por un lado, la pérdida de una vana esperanza planetaria, y por otro lado, la asunción de una otra realidad menos idealizada pero más acotada e imperfecta. En el poema “1964” Borges enfoca en cámara lenta la existencia del dolor y de la tristeza que se presentifican durante el trabajo de elaboración de un duelo normal:
“Ya no es mágico el mundo. Te han dejado./ Ya no compartirás la clara Luna/ Ni los lentos jardines. Ya no hay una/ Luna que no sea espejo del pasado,/ Cristal de soledad, sol de agonías./ Adiós las mutuas manos y las sienes/ Que acercaba el amor. Hoy sólo tienes/ La fiel memoria y los desiertos días./ Nadie pierde (repites vanamente)/ Sino lo que no tiene y no ha tenido/ Nunca, pero no basta ser valiente/ Para aprender el arte del olvido./ Un símbolo, una rosa, te desgarra/ Y te puede matar una guitarra.
“Ya no seré feliz. Tal vez no importa./ Hay tantas otras cosas en el mundo;/ Un instante cualquiera es más profundo/ Y diverso que el mar. La vida es corta/ Y aunque las horas son tan largas, una/ Oscura maravilla nos acecha,/ La muerte, ese otro mar, esa otra flecha/ Que nos libra del sol y de la Luna/ Y del amor. La dicha que me diste/ Y me quitaste debe ser borrada;/ Lo que era todo tiene que ser nada./ Sólo me queda el goce de estar triste,/ Esa vana costumbre que me inclina/ Al sur, a cierta puerta, a cierta esquina.
“Hay tantas otras cosas en el mundo”.
En la memoria del dolor se posibilita aprender el arte del olvido, y la apropiación del dolor puede convertirse en una fuerza dinámica capaz de propiciar la reconstrucción de un sentido propio y comunitario. Los duelos comandados por el dolor y no por el rencor ni por el pavor habilitan al sujeto a dar eficazmente vuelta la página de su historia repetitiva para habilitar entonces un nuevo comienzo.
Marc Augé otorga una función fundamental al olvidar. Señala “que es necesario; tiene un papel muy activo. Porque lo que se olvida va dibujando las formas de lo que se recuerda. Es como un trabajo de escultura. Lo que queda no es un recuerdo, simplemente, sino un recuerdo trabajado por el olvido”.
La definición del olvido como labor de cincelado del recuerdo toma otro sentido en cuanto se percibe como un componente actuante y secreto que opera en la configuración de la propia memoria y Borges señala precisamente este delicado balance ente el recuerdo y el olvido en su poema “Un lector”:
“Mis noches están llenas de Virgilio,/ Haber sabido y haber olvidado el latín/ Es una posesión, porque el olvido/ Es una de las formas de la memoria, su vago sótano,/ La otra cara secreta de la moneda...”
En efecto, el olvido y la memoria se dan en forma conjunta y se condicionan recíprocamente como el anverso y reverso de las monedas.
Pero el fugitivo del pavor, como así también la víctima y victimario del rencor, se regodean en una memoria que los atenaza y que no pueden olvidar, que no pueden mantener a distancia del consciente. Los mnemonistas del pavor y del rencor permanecen inquietos en el umbral de una irrefrenable huida y despedida. Borges, en Diálogos de vida y de muerte, señala la relevancia de la despedida: “Quizás el momento de la despedida es el momento más intenso en la relación entre dos personas. Cuando uno se despide de alguien, uno está más con esa persona que si uno la ve vulgarmente. Al mismo tiempo uno sabe que ésa es la última vez. Quiero decir que en la despedida se dan a la vez la máxima presencia y la máxima ausencia, ¿no?”.
* Miembro titular de la Asociación Psicoanalítica Argentina. Autor de Resentimiento terminable e interminable y otros libros.

jueves, 27 de septiembre de 2012


El conflicto armado más viejo de Latinoamérica

Colombia: Chéjov versus Shakespeare*

Colombia: Chéjov versus Shakespeare*
FARC. Fuerzas Armadas
Revolucionarias Colombianas.
Hace algunos años, siendo representante de mi país ante la Unesco, le escuché decir al delegado de Palestina lo siguiente: “Es más fácil hacer la guerra que la paz, porque al hacer la guerra uno ejerce la violencia contra el enemigo, mientras que al construir la paz uno debe ejercerla contra sí mismo”.
Santiago Gamboa / Escritor colombiano
Colombia: Chéjov versus Shakespeare*
Juan Manuel Santos, actual
mandatario colombiano.
En efecto, es violento darse la mano y dialogar con quien ha martirizado y herido de muerte a los nuestros, es violento hacerle concesiones a ese otro y reconocerlo como igual. Es muy violento, pero debe hacerse. Lo hicieron los bosnios y los serbios, lo han hecho en diferentes momentos palestinos e israelíes; el ser humano, en el fondo lleva siglos haciéndolo. No hay una pedagogía específica. Se debe hacer y en Colombia debemos arriesgar y hacerlo de nuevo, así otras veces haya salido mal y hoy no todos estén dispuestos.
El ex presidente Álvaro Uribe, por ejemplo, no lo concibe. Su única paz es la del sometimiento militar definitivo de la guerrilla, algo que no es imposible en la teoría pero sí bastante improbable en la práctica, como demuestra la experiencia de la mayoría de los procesos guerrilleros del siglo XX. A pesar de mi desacuerdo, en el fondo lo entiendo. Su padre fue asesinado y su hermano herido por las FARC, y por eso él actúa y piensa como víctima. Siente como víctima. Y pocas veces una víctima quiere o acepta que alguien le de la mano a su victimario.
Claro, Álvaro Uribe no es ni monje budista ni Jesucristo como para esperar de él una actitud de perdón y reconciliación que, por supuesto, tampoco está obligado a tener, pero el deseo de venganza, que sin duda contamina su opinión sobre el proceso de paz, debería permanecer en su esfera privada. Podría al menos declararse impedido para opinar en público sobre el tema. Y esto sin mencionar que, tal vez por su drama familiar, él se siente más inclinado al diálogo —como de hecho hizo en su gobierno— con los paramilitares.
Otros sectores menos radicales de la derecha toleran el principio del diálogo, pero hacen tales exigencias al gobierno de Santos que, en la práctica, equivale a poner palos en la rueda: que no se transija en ningún punto de la agenda política y solo se acuerde la paz a cambio de la desmovilización completa, la entrega de armas y el sometimiento a la justicia sin aspiraciones políticas. Muy bien, loable propósito, excepto porque eso ya no sería un proceso de paz con las FARC sino una capitulación de las FARC. Recordemos a Shimon Peres (presidente de Israel): obtenerlo todo, en una mesa de negociación, es tan estéril como no obtener nada.

Chéjov versus Shakespeare


Hace muchos años, en una entrevista, Amos Oz decía que en conflictos como el de Oriente Próximo (y aquí agrego el de Colombia) solían converger dos visiones literarias: de un lado la justicia poética al estilo Shakespeare, en donde nadie transige, los principios y el honor prevalecen sobre todo, incluso la vida, pero el escenario queda cubierto de sangre; y del otro la triste justicia humana de Chéjov, con personajes que discuten sus desacuerdos, los resuelven y al final regresan a sus casas bastante frustrados. Pero regresan vivos.
Por fortuna, según las encuestas, los colombianos preferimos la chejoviana actitud de Santos, con todos los riesgos y dolores y frustraciones que esta puede acarrear, antes que la hamletiana de Álvaro Uribe, tal vez porque la justicia poética, con toda su fuerza expresiva, vive mejor en los implacables versos de Shakespeare que en la realidad.


*Publicado en Internacionales de El País, España, 9/9/2012.
FUENTE: EL ARCA DIGITAL

sábado, 22 de septiembre de 2012

"Los de después sí entendimos"


Cuenta la historia que, en un pueblo, se afanaban hombres y mujeres en trabajar para vivirse. Todos los días salían hombres y mujeres a sus respectivos trabajos: ellos a la milpa y al frijolar; ellas a la leña y al acarreo del agua. En veces había trabajos que los congregaban por igual. Por ejemplo, hombres y mujeres se juntaban para el corte del café, cuando era llegado su tiempo. Así pasaba. Pero había un hombre que no eso hacía. Sí trabajaba pues, pero no haciendo milpa ni frijolar, ni se acercaba a los cafetales cuando el grano enrojecía en las ramas. No, este hombre trabajaba sembrando árboles en la montaña.
Los árboles que este hombre plantaba no eran de rápido crecimiento, todos tardarían décadas enteras en crecer y hacerse de todas sus ramas y hojas. Los demás hombres mucho lo reían y criticaban a este hombre.
-“Para qué trabajas en cosas que no vas a ver nunca terminadas. Mejor trabaja la milpa, que a los meses ya te da los frutos, y no en sembrar árboles que serán grandes cuando tú ya hayas muerto”.
-“Sos tonto o loco, porque trabajas inútilmente”.
El hombre se defendía y decía:
-“Sí, es cierto, yo no voy a ver estos árboles ya grandes, llenos de ramas, hojas y pájaros, ni verán mis ojos a los niños jugando bajo su sombra. Pero si todos trabajamos sólo para el presente y para apenas la mañana siguiente ¿Quién sembrará los árboles que nuestros descendientes habrán de necesitar para tener cobijo, consuelo y alegría?"
Nadie lo entendía. Siguió el hombre loco o tonto sembrando árboles que no vería, y siguieron hombres y mujeres cuerdos sembrando y trabajando para su presente. Pasó el tiempo y todos ellos murieron, les siguieron sus hijos en el trabajo, y a éstos les siguieron los hijos de sus hijos. Una mañana, un grupo de niños y niñas salió a pasear y encontraron un lugar lleno de grandes árboles, mil pájaros los poblaban y sus grandes copas daban alivio en el calor y protección en la lluvia. Sí, toda una ladera encontraron llena de árboles. Regresaron los niños y niñas a su pueblo y contaron de este lugar maravilloso. Se juntaron los hombres y mujeres y muy asombrados se quedaron del lugar.
-“¿Quién sembró esto?", se preguntaban.
Nadie sabía. Fueron a hablar con sus mayores y tampoco sabían. Sólo un viejo, el más viejo de la comunidad, les supo dar razón y les contó la historia del hombre loco y tonto.
Los hombres y mujeres se reunieron en asamblea y discutieron. Vieron y entendieron al hombre que sus antepasados trataron y mucho admiraron a ese hombre y lo quisieron.
Sabedores de que la memoria puede viajar muy lejos y llegar donde nadie piensa o imagina, fueron los hombres y mujeres de ese hoy al lugar de los árboles grandes.
Rodearon uno que en el centro se estaba y, con letras de colores, le hicieron un letrero. Hicieron fiesta después, y ya estaba avanzada la madrugada cuando los últimos bailadores se fueron a dormir. Quedó el bosque grande solo y en silencio. Llovió y dejó de llover. Salió la Luna y la Vía Láctea acomodó de nuevo su retorcido cuerpo. De pronto, un rayo de luna acabó por colarse por entre las grandes ramas y hojas del árbol del centro y, con su luz bajita, pudo leer el letrero de colores ahí dejado. Así decía: “A los primeros: Los de después sí entendimos. Salud. ”

Fuente: Los otros cuentos

Crear espacios para dialogar - Diego Fares sj


No soltar al que servimos (ni las canastas con las que servimos)
Y saliendo de allí, atravesaban sin detenerse la Galilea
Jesús no quería que nadie lo supiera, porque enseñaba a sus discípulos y les decía:
‘El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres;
lo matarán y, tres días después de muerto, resucitará’.
Pero los discípulos no comprendían tales palabras y tenían miedo de preguntarle.
Llegaron a Cafarnaún y, una vez en casa, les preguntó:
‘¿Qué discutían el camino?’
Ellos callaban porque habían estado discutiendo sobre quién era el más grande.
Entonces, sentándose, llamó a los Doce y les dijo:
‘Si alguno quiere ser el primero,
tiene que ser el último de todos y el servidor (diakono) de todos’.
Y acercando a un niño, lo puso en medio de ellos y, abrazándolo, les dijo:
‘Quien reciba a uno de estos niños en mi Nombre, a mí me recibe,
y quien me recibe a mí, no me recibe a mí, sino a Aquel que me ha enviado’ (Mc 9, 30-37).
Contemplación
¿De qué discutían? La pregunta de Jesús nos viene bien a todos.
¿De qué discutimos? Si uno hace una pausa en medio de la vida de cualquier familia, en medio del trabajo de cualquier institución, en medio de la vida del país, esta pregunta divide las aguas: o discutimos acerca del poder o dialogamos acerca del servicio y del testimonio.
Jesús saca al sol los trapitos del corazón de los seres humanos. Y no se escandaliza. El viene enseñando a los suyos que tendrán que “recibir” su pasión, que tendrán que ser testigos de su muerte en cruz para salvarnos y de su resurrección gloriosa, y ellos caminan en otra sintonía: se están repartiendo los puestos y discutiendo acerca de quién es el que tiene la última palabra. El problema concreto suele ser ocasional y no importa tanto; va variando. Lo que importa es reconocer la genialidad de Jesús que conecta discusión y poder por un lado y, por el otro, servicio cariñoso de los pequeños y diálogo cordial.
No siempre que se discute es por el poder, dirá alguno. Bueno, que lo pruebe en su corazón, que se sincere y vea si es verdad que “un tema justo o buenísimo” justifica eso que llamamos “discusión”, es decir: el tono fuerte, la lucha por convencer al otro en esta reunión, el uso de argumentos que descalifican o lastiman porque el otro los usó primero…
Hay discusiones positivas, dirá otro. De acuerdo. Y es humano que en las discusiones por cosas buenas se mezclen sentimientos y cosas no tan buenas y que, si hay buena voluntad, se llegue a buen término. Pero el punto es discernir que cuando alguno “salta y discute”, es señal de que “quién es el más grande” entró en juego.
Pero miremos a Jesús, que es más interesante: Él también podría haber entrado en el juego y, con todo derecho (el es el único que tiene derecho a reafirmar su posición porque “Es” el más grande) les podría haber dicho: “otra vez con lo mismo. Córtenla, viejo. Yo me rompo todo para explicarles que la cosa viene por el servicio, que tengo que morir en la cruz y ustedes me tienen que ayudar, tienen que dar testimonio, y en vez de eso dale con que si la autoridad la tiene el Papa o hay que dar más participación a los obispos, etc… (la extrapolación es para indicar que la discusión sigue siendo la misma: este es el problema que divide a la Iglesia católica ad intra y con las otras iglesias, protestantes y orientales…).
Sin embargo, nada de eso. Fijémonos cómo hasta el tono de Jesús es “diametralmente opuesto” - diría Ignacio- al tono que hace que uno sienta que ha entrado en una discusión (que hay posiciones tomadas).
Jesús se toma tiempo, pregunta primero y deja que el silencio se haga espeso. Espera a que todos se callen, lo cual muestra su autoridad, porque muchas veces cuando alguno de arriba pregunta “de qué discuten” la discusión se enciende de nuevo y hasta el que iba a ser árbitro termina tomando parte.
Luego, con gesto propio de Maestro, Jesús se sienta y acerca a un niño.
Marcos dice que esto sucedió “una vez en casa”. El Señor se aguantó en silencio una discusión que duró “todo un camino”. Me imagino que la cosa habrá tenido sus etapas, que él habrá ido más adelante, como siempre destaca Marcos. Quizás iría con alguno y los otros, más atrás, en grupitos, irían discutiendo y haciendo como que no pasaba nada cada vez que se detenían a descansar un poco.
La imagen de Jesús que nos pregunta “de qué discuten” quedó fijada en el pasaje de los discípulos de Emaús, que aquí tiene su semilla y adelanto. Es la imagen de un Jesús respetuoso de nuestros procesos, que se nos pone al lado. Saber “sentirlo” en medio de las más virulentas discusiones, es una gracia. El no se mete, espera hasta que estemos “en casa”.
La casa era la de Simón y, como en toda casa de familia, había niños. Contemplemos el clima que crea Jesús. Se sienta como Maestro, llama a los Doce (como cuando los llamó para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar) y hace (ahora caigo en la cuenta) un segundo llamamiento solemnísimo: el llamamiento y la elección para el servicio. El que quiera ser el primero que sea el último de todos y el servidor de todos.
Mi contemplación iba para el lado de destacar el gesto de acercar a uno de los chicos y de ponerlo en medio abrazándolo, para que la frase universal se concretara (ya que el bien siempre se concreta en algún servicio o gesto de cariño al más próximo), pero me llamó la atención lo de sentarse y llamar a los Doce.
Este llamamiento al servicio (y al servicio que se realiza eligiendo el último lugar) Jesús lo hace contradiciendo la discusión por el poder. Y lo hace solemnemente. Eso es lo que hoy el Papa Benedicto traduce a nuestro lenguaje actual cuando dice que los servicios de la caridad social (porque la caridad siempre es social y tiende hacia la promoción del otro y a incluirlo para que participe creativamente de lo que se le dona y él también de a otros) son parte de la esencia de la Iglesia, junto con los sacramentos y el evangelio.
El llamamiento en la Casa, luego de una discusión por el camino, es tan solemne como el llamamiento en el Monte (“Jesús subió al monte, llamó a sí a los que quiso y ellos se acercaron a él –Mc 3, 14). Y la misión de “estar con él y predicar” es tan esencial como la de “hacerse servidores de todos”.
Esto ya lo sabemos, dirá alguno. Quizás sí, pero se puede profundizar ¿no?
La liturgia que el Señor inventa –lo de sentarse, convocarlos, tomar a un niño y ponerlo en el medio, abrazándolo mientras habla- tiene mucho de Eucaristía. El “tomen y coman” suena igual que “el que reciba así al más pequeño, me recibe a mí y no sólo a mí sino al Padre que me ha enviado”.
Lo cual quiere decir, por ejemplo, que el servicio cristiano se brinda como quien está en misa. ¿Hay alguno que vaya a comulgar discutiendo con el de al lado? Y sin embargo, muchas veces servimos discutiendo. Mientras estamos llevando los platos a las mesas estamos discutiendo con el que se nos cruza por el camino o con el que nos alcanza las paneras. Mientras tratamos el caso de alguna persona (si entra al hogar o a la casa de la bondad) discutimos y peleamos acerca de… ¿acerca de quién tiene la mejor idea o acerca de cómo defiendo la cuota de poder que me da tener razón?
El gesto litúrgico de Jesús de abrazar al pequeñín hace patente que “si uno está abrazando” no puede estar discutiendo. Si realmente estamos “abrazando” al más desvalido y desamparado con un abrazo comunitario (que implica reuniones, reglas, horarios, roles, dispositivos, y muchos brazos) no hay lugar para la discusión. Para discutir hay que “soltar” al otro. Para enfrentar al enemigo hay que soltar al que uno abraza. Y de lo que se trata es de no soltar al que servimos.
Eso es ilusión, dirá alguno. Discutir es necesario para “después” servir bien (y así hay algunos que nunca empiezan siquiera a servir a nadie por que todavía están discutiendo el método mejor (¿o será que están discutiendo quién es el más grande?). En cambio hay otros que cada día se ponen el delantal y sirven y mientras tanto van “dialogando” con los demás. Como no sueltan la escoba o no se saltean ningún turno o no se salen de tema y charlan de lo que propone el que organiza el servicio común..., se van quedando "sin tiempo para discutir”. No es que no haya cosas que están mal y que hay que charlar, pero la Misa (el servicio) no es el momento para discutir. Sí para conversar y dialogar como uno hace cuando está en presencia de los chicos y “no puede discutir” porque delante de los chicos no se discute.
Y entonces, cómo se hace con lo que “hay que discutir porque está mal”. Es que no hay que discutir. Para “dialogar” acerca del mejor servicio –sin soltarlo- hay que crear espacios. Eso es lo que nos enseña Jesús que espera a llegar a la Casa y abre el espacio poniendo al niño en el medio. El no discute por el camino. Habla en la Casa, sentado, abrazando el niño en medio de los Doce y allí, como cuando tomó el pan y lo bendijo y nos encomendó que comulgáramos con él, nos dice que “sirvamos”. Recibiendo (sin soltar) al que servimos, como cuando recibimos la Eucaristía.
La imagen de Fano, del niño dando el pan a Jesús y de los apóstoles que están a mil, la elegí entre otras porque es la foto de los que “no pueden soltar las canastas”. Es como la imagen contraria de la que los mostraba “discutiendo por el camino”.
En el Hogar, cuando tenemos reuniones de servicio (el servicio de planificar, el servicio de evaluar, el servicio de diagnosticar, el servicio de discernir, el servicio de aprender…), siempre suele ser fuente de luz y de paz imaginar que “ponemos en medio de la mesa” a los que servimos.
Jesús da un pasito más y los abraza.
Cuando procedemos así, las cosas se aclaran siempre un poco más.
Cuando hay discusión suele ser que, en medio de la mesa, en vez de uno de los que servimos, alguien se puso a sí mismo como el más grande (o a otro le dio esa impresión y, como le gustaría ponerse él en ese lugar, por eso ha comenzado a discutir).
Ojalá que las ganas de abrazar al pobre y de dialogar en casa, cada uno contentísimo de pode elegir el último lugar, sean realidades más apasionantes que las aburridísimas y desgastantes peleas por “la ilusión del poder”. Porque el poder es una ilusión, la única realidad es el servicio.

Ser portadores de comunión - HERMANO ALOÍS -TAIZÉ


Cristo nos reúne más allá de las fronteras

El verano está llegando a su fin. Y muchos de ustedes van a retomar la escuela o el trabajo. Para nosotros, los hermanos de la comunidad, el final del verano significa que muchos de nosotros dejará la colina por un tiempo.
Mañana, dos hermanos partirán rumbo a África. Ustedes saben que en noviembre vamos a tener nuestro tercer encuentro internacional de jóvenes en África, en Kigali, Rwanda. Luego será el turno del encuentro europeo en Roma. En ambos lugares, hermanos con hermanas de San Andrés y un equipo de jóvenes voluntarios estarán in situ para asegurar la preparación.
Estas salidas les cuestan a nuestros corazones, puesto que nuestra primera vocación es la de vivir juntos en comunidad, ya sea aquí en Taizé como en las pequeñas fraternidades dispersas en el mundo. Es, sin embargo, la pasión de trabajar por la comunión entre todos los seres humanos que nos empuja para que asumamos estos encuentros de jóvenes en diversos lugares.

Buscar la comunión, ¿no es acaso el corazón del Evangelio? Jesús vino "para reunir a todos los hijos dispersos de Dios", dice el Evangelio de San Juan. Y se nos pide participar con él en la creación de esta unidad entre los seres humanos. Sí, Cristo nos ha dejado como legado una nueva solidaridad. Nos toca a nosotros el descubrirla, sacarla a la luz.
Las brechas, los desgarros que dividen a la humanidad son tan profundos. Incomprensiones mutuas generan tensiones y conflictos entre continentes y entre países, entre generaciones, y entre personas de un país y los extranjeros. Nunca hemos tenido tantas posibilidades y medios de comunicación. Y sin embargo, las desgarraduras entre de los seres humanos están agravándose.
Y mismo los cristianos están divididos. Para trabajar por la reconciliación entre los seres humanos, es esencial que las iglesias se reconcilien. Corresponde a cada denominación, al mismo tiempo que se mantiene fiel a lo mejor de su historia, abrirse a los demás para recibir lo mejor que los otros tienen. Cuando avanzamos en este camino vivimos visiblemente reconciliados.

Para apoyar este camino de reconciliación nosotros, los hermanos de la comunidad, quisiéramos más que nunca continuar nuestra peregrinación de confianza a través de la tierra, junto a ustedes, jóvenes de todos los continentes.
La reconciliación de los cristianos requiere, por supuesto, una reflexión teológica e histórica. Pero sobre todo requiere encuentros entre personas: esta puede ser la principal contribución de la peregrinación de confianza.
A través de los múltiples encuentros entre personas, ya es posible anticipar la reconciliación que esperamos entre todos los bautizados. Y esto nos da, a nosotros los cristianos, una nueva dinámica para que seamos portadores de paz a la humanidad.
Aquí hacemos, semana tras semana, durante todo el año, la experiencia de que Cristo puede llevarnos más allá de cualquier frontera. Esta comunión es un milagro que nunca deja de sorprendernos. Es viviendo semejante milagro que la Iglesia reconciliada podría convertirse en el núcleo de una comunión universal.
La peregrinación de confianza con sus etapas sucesivas en cada ciudad, nos hace descubrir en profundidad el rostro y la vocación de la Iglesia. En todos los lugares donde tenemos un encuentro, somos recibidos por la iglesia local y por los cristianos de diferentes denominaciones.

Donde quiera que vamos, constatamos que las iglesias históricas atraviesan situaciones difíciles. Hoy en día, en todas las iglesias las instituciones se golpean con los límites y ven la necesidad de transformaciones, pero nadie sabe exactamente hacia dónde ir.
Con la peregrinación de confianza quisiéramos participar en la búsqueda de estas transformaciones. Y al ver la confianza que los líderes de iglesia ponen en esta peregrinación, nos decimos: hay una llamada de Dios a la cual queremos responder con todas nuestras fuerzas.
Ser portadores de comunión, allí donde estamos, nos permite hacer nacer la esperanza que hoy en día buscan tantas mujeres y hombres. Es de esta manera cómo nosotros, cristianos, dispersos por todo el mundo, podemos ser la sal de la tierra, para darle gusto a la vida de los que están cansados y desanimados.
El mundo tiene sed de esta esperanza. Así que no permanezcamos pasivos. Cada uno en su lugar, junto a otros, puede llevar a cabo gestos de apertura, generosidad y de reconciliación. La fuente de tal compromiso es accesible a todos. Esta fuente está en la palabra del Evangelio y en la Eucaristía que nos alimenta.

Escuchemos a Jesús que nos dice: "La sal de la tierra son ustedes. Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la salará? ... La luz del mundo son ustedes. Una ciudad, que se encuentra encima de una colina, no se puede ocultar ... Deja que tu luz brille ante los hombres para que vean sus buenas obras y den gloria a su Padre que está en los cielos.”