Las tres reglas del perdón:
1) Se trata de un acontecimiento con fecha fija que pasa en un momento determinado del devenir histórico;
2) sólo puede intervenir en el marco de una relación personal con alguien, una relación entre dos hombres, entre que el que perdona y el perdonado;
3) tiene un carácter extrajurídico. Le Pardon, 1967. Vladimir Jankélévitch
[Extraído de http://www.elpais.com/articulo/internacional/matanza/Domingo/Sangriento/justificada/justificable/elp; 27-1-2011]
En junio de 2010 el primer ministro británico, David Cameron, admitió que la matanza conocida como el Domingo Sangriento del 30 de enero de 1972 en Irlanda del Norte "ni estaba justificada ni es justificable" y declaró "profundamente consternado" por lo que hizo aquel día el Ejército británico.
Sus palabras venían acompañadas por un informe que concluía que ninguna de las 14 personas asesinadas aquel día llevaba armas de fuego, que los soldados no dieron ningún aviso previo antes de comenzar a disparar contra la multitud y que las muertes fueron la consecuencia de que los soldados perdieron el control de si mismos.
En diversos países de nuestro entorno geográfico se está produciendo una actitud generalizada de revisión de comportamientos pasados, diversas instancias han entonado su particular mea culpa. Ahora bien, el perdón puede ser igualmente malinterpretado y manipulado interesadamente, no utilizarse en las condiciones adecuadas y servir como instrumento partidista para conseguir determinados intereses orientados al bien propio y no al común.
La proliferación de demandas y peticiones de perdón ha levantado voces críticas por parte de determinados sectores, que lo consideran una retórica exagerada. Las víctimas rechazan a menudo la figura del perdón. A sus ojos, los gobiernos habrían sustituido una reconciliación “auténtica” por una reconciliación falseada y un compromiso con los “verdugos” en lo tocante al respeto de la dignidad y de los derechos de las víctimas. Se habrían apoderado del léxico del perdón con el fin de embellecer una política de impunidad.
Cuando hablamos de perdón nos movemos en un terreno especialmente difícil, hay que evitar la superficialidad y la frivolidad. El perdón es una de las actitudes humanes que han tenido un valor más ambiguo.
El perdón por parte de las instituciones es una obligación. Pero tiene que darse de un modo verdadero. La Carta de la Paz dirigida a la ONU reconoce que el pasado, como un espacio de tiempo inamovible e irrecuperable, no se puede rectificar, aunque sí se puede intentar tratar de rectificar los efectos negativos para la vida de la comunidad.
Marta Ramón (Periodista)
España - Barcelona
miércoles, 2 de febrero de 2011
Perdonar: volver a empezar, pero...
SUGERIMOS la lectura de esta obra de Jankelevitch complementada y confrontada con El siglo y el perdón de Jacques Derrida.
Perdonar es empezar de nuevo - Jankélevitch, Vladimir. El Perdón. Ed. Seix Barral. Barcelona. 1999.
Por Francesc Torralba, Barcelona.
Una de las obra más sugerentes que se han escrito durante el siglo XX sobre la virtud del perdón es la del filósofo y musicólogo francés, Vladimir Jankélevitch (1903-1985), publicada en 1967, con el título Le pardón (El perdón, Seix Barral,1999).
No es fácil situar el pensamiento de este creador dentro de los sistemas filosóficos del siglo pasado, porque en cierto modo, no cabe estrictamente en ningún compartimiento. No es un marxista, ni un existencialista, ni un personalista, ni tampoco un estructuralista en el sentido ortodoxo del término. Su obra original y sugerente, todavía poco conocida y traducida en nuestro país, tiene un profundo signo moral y contiene reflexiones muy apropiadas sobre la vida práctica. Es remarcable su tratado sobre las virtudes y sus disquisiciones sobre el vitalismo de Bergson y el idealismo de Schelling, a quien dedicó su tesis doctoral que defendió en la Sorbona.
El perdón es una obra exitosa en muchos sentidos. Explora las dificultades en el ejercicio del perdón y define el perdón como un don libre, un acto de la voluntad, que se propone limpiar, empezar de nuevo, liberarse de una historia herida. El perdón es, en este sentido, terapéutico, higiénico, una operación catártica que permite liberarse del peso del pasado y tratar al otro como un nuevo ser. El perdón, tal como lo entiende Jankélévitch, no es una imposibilidad, pero tampoco es sencillo conseguirlo. Exige humildad y, a la vez, el tiempo juega un papel clave, porque perdonar la ofensa al momento es difícil, pero con la distancia que dan los años, es más viable el camino hacia la reconciliación.
La Carta de la Paz dirigida a la ONU no hace referencia directa al perdón, pero si describe unas serie de operaciones claves para restablecer la paz, para pacificar la historia. Lamentar las acciones injustas que se cometieron en el pasado, es un primer paso. Esto supone reconocerlas y tener la audacia de lamentarlas públicamente. El perdón también incluye este proceso. Sólo se puede pedir perdón, si se lamenta de todo corazón, lo que pasó, el mal que yo o los que me prendieron en el gobierno de una institución causaron. La lamentación pública no garantiza la reconciliación, pero es el primer paso. Hace falta además, resarcir, en la medida de lo posible el mal causado. El perdón como virtud, también exige este trabajo de reparar, no solo en el plano simbólico, sino también en el ético, social, económico y psicológico. Resarcir en la medida de lo posible los males causados, tampoco no garantiza la reconciliación, pero es un segundo escalón decisivo en la purificación de los males de la memoria.
Vladimir Jankélevitch sufrió, como también muchos otros intelectuales comprometidos del siglo XX, la persecución y el destierro. Cuando escribe sobre el perdón y sus condiciones de posibilidad, no elabora un discurso ahistórico, frívolo o banal, sino que sabe lo que pesan los resentimientos y los rencores al hacer las paces y darse la posibilidad de empezar de nuevo. Está bien leerlo y escucharlo.
Perdonar es empezar de nuevo - Jankélevitch, Vladimir. El Perdón. Ed. Seix Barral. Barcelona. 1999.
Por Francesc Torralba, Barcelona.
Una de las obra más sugerentes que se han escrito durante el siglo XX sobre la virtud del perdón es la del filósofo y musicólogo francés, Vladimir Jankélevitch (1903-1985), publicada en 1967, con el título Le pardón (El perdón, Seix Barral,1999).
No es fácil situar el pensamiento de este creador dentro de los sistemas filosóficos del siglo pasado, porque en cierto modo, no cabe estrictamente en ningún compartimiento. No es un marxista, ni un existencialista, ni un personalista, ni tampoco un estructuralista en el sentido ortodoxo del término. Su obra original y sugerente, todavía poco conocida y traducida en nuestro país, tiene un profundo signo moral y contiene reflexiones muy apropiadas sobre la vida práctica. Es remarcable su tratado sobre las virtudes y sus disquisiciones sobre el vitalismo de Bergson y el idealismo de Schelling, a quien dedicó su tesis doctoral que defendió en la Sorbona.
El perdón es una obra exitosa en muchos sentidos. Explora las dificultades en el ejercicio del perdón y define el perdón como un don libre, un acto de la voluntad, que se propone limpiar, empezar de nuevo, liberarse de una historia herida. El perdón es, en este sentido, terapéutico, higiénico, una operación catártica que permite liberarse del peso del pasado y tratar al otro como un nuevo ser. El perdón, tal como lo entiende Jankélévitch, no es una imposibilidad, pero tampoco es sencillo conseguirlo. Exige humildad y, a la vez, el tiempo juega un papel clave, porque perdonar la ofensa al momento es difícil, pero con la distancia que dan los años, es más viable el camino hacia la reconciliación.
La Carta de la Paz dirigida a la ONU no hace referencia directa al perdón, pero si describe unas serie de operaciones claves para restablecer la paz, para pacificar la historia. Lamentar las acciones injustas que se cometieron en el pasado, es un primer paso. Esto supone reconocerlas y tener la audacia de lamentarlas públicamente. El perdón también incluye este proceso. Sólo se puede pedir perdón, si se lamenta de todo corazón, lo que pasó, el mal que yo o los que me prendieron en el gobierno de una institución causaron. La lamentación pública no garantiza la reconciliación, pero es el primer paso. Hace falta además, resarcir, en la medida de lo posible el mal causado. El perdón como virtud, también exige este trabajo de reparar, no solo en el plano simbólico, sino también en el ético, social, económico y psicológico. Resarcir en la medida de lo posible los males causados, tampoco no garantiza la reconciliación, pero es un segundo escalón decisivo en la purificación de los males de la memoria.
Vladimir Jankélevitch sufrió, como también muchos otros intelectuales comprometidos del siglo XX, la persecución y el destierro. Cuando escribe sobre el perdón y sus condiciones de posibilidad, no elabora un discurso ahistórico, frívolo o banal, sino que sabe lo que pesan los resentimientos y los rencores al hacer las paces y darse la posibilidad de empezar de nuevo. Está bien leerlo y escucharlo.
martes, 1 de febrero de 2011
Se hizo público el ideario del Proyecto 70 veces 7
Buenos Aires, 1 Feb. 11 (AICA)
Reconciliación de los argentinos
Reconciliación de los argentinos
Hace algo más de medio año, en ocasión de un panel de conferencistas sobre la reconciliación nacional, integrado por el arzobispo emérito de Resistencia, monseñor Carmelo Juan Giaquinta, y otras personas que en los dolorosos años 70 estaban en campos opuestos y enfrentados, salió a la luz la existencia de un movimiento que trabaja por la reconciliación de los argentinos.
Con el propósito de hacerlo conocer por el público, enviaron a AICA el ideario del Proyecto 70 veces 7. El envío está firmado por José Sacheri, Beatriz Fernández y Cristina Cacabelos.
A continuación el texto del ideario del Proyecto setenta veces siete:
1. Quiénes somos
Un grupo de personas deseosas de trabajar por la paz nacional mediante la conformación de espacios de reflexión, diálogo y encuentro entre los actores y testigos directos e indirectos, voluntarios e involuntarios, de los hechos de la década del 70 y sus antecedentes, época signada por la violencia y la fractura que nos afectó a todos -aunque de diferentes modos e intensidad- en nuestra historia individual y colectiva. Provenientes de muy distintas vertientes sociales y políticas, confluimos en este común anhelo.
Con un criterio amplio, pretendemos humildemente convocar para la maduración y concreción de esta causa a todos los hombres y mujeres de buena voluntad que tengan como meta el bien común y la paz de los argentinos.
Por qué lo hacemos
Porque nos duele nuestra patria herida y dividida por antinomias recurrentes, el tejido social fragmentado, disperso, con vínculos destruidos y una exacerbación del resentimiento entre hermanos, además de una ideologización y reivindicación acrítica de aquella lucha fratricida.
Porque hemos experimentado que la compasión, el padecer con el otro que es nuestro hermano y ser conmovidos por su dolor, tiene el poder de curar las heridas y de encender la esperanza de una Argentina que, sin olvidar los momentos de inmensa tristeza y desazón, nos permita descubrir la fecundidad del dolor, trascenderlo creativamente y mirar hacia el futuro.
Para qué lo hacemos
Para hacernos cargo de nuestra responsabilidad ciudadana en un proceso de pacificación humilde y sustentable que reconstruya relaciones quebradas por la violencia y que genere espacios de convivencia y concordia.
Para que nuestros hijos y nietos hereden una Argentina en paz y no les dejemos la pesada carga de seguir padeciendo las consecuencias de una terrible violencia que ni siquiera vivieron directamente.
Creemos
Que nunca el dolor ajeno puede ser visto como un triunfo propio, antes bien, puede volverse espacio para el encuentro fraterno.
Que no hay unas historias de sufrimiento para exponer y otras para esconder, aunque respetamos profundamente el derecho al resguardo de los relatos que sus protagonistas prefieran mantener en la intimidad.
Que tanto las relaciones personales como las sociopolíticas no deben seguir vertebrándose según el eje del poder y la violencia sino en torno a la contemplación del dolor desnudo e interpelante de quien sufre y a la práctica de la compasión activa, no un mero apenarse.
Que es necesario que cada uno haga su propia introspección y asuma sus responsabilidades en esta historia profundamente dolorosa que cercenó vidas y proyectos y, aun hoy, más de treinta años después, sigue reabriendo heridas profundas que, en algunos casos, el tiempo había comenzado a cicatrizar.
Que solo la verdad nos hace libres y permite caminar hacia adelante. Y es profundamente sanador pasar de la culpa o del rencor destructores a la responsabilidad integradora.
Que es posible una espiritualidad de la apertura, del reconocimiento del otro y la inclusión respetuosa y tolerantemente activa –no indolente- de la diversidad.
Que solo el diálogo, el encuentro humano, el perdón y la reconciliación o la concordia llevan hacia la paz:
Que el diálogo entre quienes no comparten las mismas razones y los mismos argumentos vale la pena en pos del bien. Requiere arriesgarse a perder seguridades adquiridas, cuestionarse principios considerados inamovibles, tomar conciencia de los límites de las verdades personales o del grupo de pertenencia, estar disponibles a escuchar sin prejuicios y a descubrir al otro.
Que el encuentro, cuando es realmente humano, es profundamente humanizante. Según palabras de Martin Buber: Únicamente cuando el individuo reconozca al otro en toda su alteridad como se reconoce a sí mismo y marche desde este reconocimiento hacia el otro, habrá quebrantado su soledad en un encuentro riguroso y transformador.
Que el perdón -que se gesta en la intimidad personal– libera y posibilita la vida en comunidad mediante el ejercicio de la no violencia como medio para promover la paz; la renuncia a la venganza y el amor creativo.
El perdón es un humilde y generoso gesto de misericordia hacia quien ha ofendido o lastimado. Puede trascender al Derecho, en una elección libre, para abrir en el ofendido y en el ofensor un camino que se sitúa en otro plano diferente al de la justicia humana. Es un acto de amor hacia el prójimo, generalmente de la víctima hacia el victimario, para intentar buscar y restaurar la paz alterada o perdida entre ambos.
Si bien el perdón no prescinde nunca de la verdad, puede -no exige, y allí radica su posibilidad de mayor perfección- renunciar al reclamo de justicia para permitir y facilitar la reconciliación.
El perdón, nutrido de misericordia, deja de lado cuestiones de la ofensa recibida, yendo al abrazo del otro para permitir que a su vez, reconozca la ofensa y manifieste su deseo de ser perdonado, acrecentando el bien y la satisfacción de ambas partes. Desde esta perspectiva a la justicia se le suman la solidaridad y la compasión.
Diferentes tradiciones religiosas y escuelas filosóficas brindan bases sólidas para reflexionar sobre esta actitud, muchas veces mal interpretada como desmovilización de la capacidad de asumir una causa o, más crudamente, como traición a dicha causa.
Que la reconciliación no es una mera vuelta atrás sino una novedad constituida por relaciones diferentes y mejores que las conocidas. Reconciliar es: establecer la armonía, acercar unos a otros, acortar distancias entre voluntades opuestas, allanar los caminos para encuentros cruciales que eliminen la enemistad entre grupos humanos. La nueva creación no se produce por la supresión de una de las partes sino por la aceptación e integración de las causas del conflicto y de los factores de separación, en procura de la común resolución de los mismos. No se trata de que un grupo absorba a otro, lo reduzca, asimile, haga desaparecer o destruya. Consiste en crear un nuevo cuerpo social y hacerlo con la conciencia atenta y vigilante a todas sus dimensiones: personales, sociales y políticas.
Que trabajar por la paz es cuidar la vida, optar por una forma de estar en el mundo desde los débiles, los vulnerados, los heridos, los excluidos, los olvidados. Sin adhesiones idolátricas, sin negar el conflicto ni huir de él, sino afrontándolo sin miedo y sin odio.+
--
Reconciliación de los argentinos
Reconciliación de los argentinos
Hace algo más de medio año, en ocasión de un panel de conferencistas sobre la reconciliación nacional, integrado por el arzobispo emérito de Resistencia, monseñor Carmelo Juan Giaquinta, y otras personas que en los dolorosos años 70 estaban en campos opuestos y enfrentados, salió a la luz la existencia de un movimiento que trabaja por la reconciliación de los argentinos.
Con el propósito de hacerlo conocer por el público, enviaron a AICA el ideario del Proyecto 70 veces 7. El envío está firmado por José Sacheri, Beatriz Fernández y Cristina Cacabelos.
A continuación el texto del ideario del Proyecto setenta veces siete:
1. Quiénes somos
Un grupo de personas deseosas de trabajar por la paz nacional mediante la conformación de espacios de reflexión, diálogo y encuentro entre los actores y testigos directos e indirectos, voluntarios e involuntarios, de los hechos de la década del 70 y sus antecedentes, época signada por la violencia y la fractura que nos afectó a todos -aunque de diferentes modos e intensidad- en nuestra historia individual y colectiva. Provenientes de muy distintas vertientes sociales y políticas, confluimos en este común anhelo.
Con un criterio amplio, pretendemos humildemente convocar para la maduración y concreción de esta causa a todos los hombres y mujeres de buena voluntad que tengan como meta el bien común y la paz de los argentinos.
Por qué lo hacemos
Porque nos duele nuestra patria herida y dividida por antinomias recurrentes, el tejido social fragmentado, disperso, con vínculos destruidos y una exacerbación del resentimiento entre hermanos, además de una ideologización y reivindicación acrítica de aquella lucha fratricida.
Porque hemos experimentado que la compasión, el padecer con el otro que es nuestro hermano y ser conmovidos por su dolor, tiene el poder de curar las heridas y de encender la esperanza de una Argentina que, sin olvidar los momentos de inmensa tristeza y desazón, nos permita descubrir la fecundidad del dolor, trascenderlo creativamente y mirar hacia el futuro.
Para qué lo hacemos
Para hacernos cargo de nuestra responsabilidad ciudadana en un proceso de pacificación humilde y sustentable que reconstruya relaciones quebradas por la violencia y que genere espacios de convivencia y concordia.
Para que nuestros hijos y nietos hereden una Argentina en paz y no les dejemos la pesada carga de seguir padeciendo las consecuencias de una terrible violencia que ni siquiera vivieron directamente.
Creemos
Que nunca el dolor ajeno puede ser visto como un triunfo propio, antes bien, puede volverse espacio para el encuentro fraterno.
Que no hay unas historias de sufrimiento para exponer y otras para esconder, aunque respetamos profundamente el derecho al resguardo de los relatos que sus protagonistas prefieran mantener en la intimidad.
Que tanto las relaciones personales como las sociopolíticas no deben seguir vertebrándose según el eje del poder y la violencia sino en torno a la contemplación del dolor desnudo e interpelante de quien sufre y a la práctica de la compasión activa, no un mero apenarse.
Que es necesario que cada uno haga su propia introspección y asuma sus responsabilidades en esta historia profundamente dolorosa que cercenó vidas y proyectos y, aun hoy, más de treinta años después, sigue reabriendo heridas profundas que, en algunos casos, el tiempo había comenzado a cicatrizar.
Que solo la verdad nos hace libres y permite caminar hacia adelante. Y es profundamente sanador pasar de la culpa o del rencor destructores a la responsabilidad integradora.
Que es posible una espiritualidad de la apertura, del reconocimiento del otro y la inclusión respetuosa y tolerantemente activa –no indolente- de la diversidad.
Que solo el diálogo, el encuentro humano, el perdón y la reconciliación o la concordia llevan hacia la paz:
Que el diálogo entre quienes no comparten las mismas razones y los mismos argumentos vale la pena en pos del bien. Requiere arriesgarse a perder seguridades adquiridas, cuestionarse principios considerados inamovibles, tomar conciencia de los límites de las verdades personales o del grupo de pertenencia, estar disponibles a escuchar sin prejuicios y a descubrir al otro.
Que el encuentro, cuando es realmente humano, es profundamente humanizante. Según palabras de Martin Buber: Únicamente cuando el individuo reconozca al otro en toda su alteridad como se reconoce a sí mismo y marche desde este reconocimiento hacia el otro, habrá quebrantado su soledad en un encuentro riguroso y transformador.
Que el perdón -que se gesta en la intimidad personal– libera y posibilita la vida en comunidad mediante el ejercicio de la no violencia como medio para promover la paz; la renuncia a la venganza y el amor creativo.
El perdón es un humilde y generoso gesto de misericordia hacia quien ha ofendido o lastimado. Puede trascender al Derecho, en una elección libre, para abrir en el ofendido y en el ofensor un camino que se sitúa en otro plano diferente al de la justicia humana. Es un acto de amor hacia el prójimo, generalmente de la víctima hacia el victimario, para intentar buscar y restaurar la paz alterada o perdida entre ambos.
Si bien el perdón no prescinde nunca de la verdad, puede -no exige, y allí radica su posibilidad de mayor perfección- renunciar al reclamo de justicia para permitir y facilitar la reconciliación.
El perdón, nutrido de misericordia, deja de lado cuestiones de la ofensa recibida, yendo al abrazo del otro para permitir que a su vez, reconozca la ofensa y manifieste su deseo de ser perdonado, acrecentando el bien y la satisfacción de ambas partes. Desde esta perspectiva a la justicia se le suman la solidaridad y la compasión.
Diferentes tradiciones religiosas y escuelas filosóficas brindan bases sólidas para reflexionar sobre esta actitud, muchas veces mal interpretada como desmovilización de la capacidad de asumir una causa o, más crudamente, como traición a dicha causa.
Que la reconciliación no es una mera vuelta atrás sino una novedad constituida por relaciones diferentes y mejores que las conocidas. Reconciliar es: establecer la armonía, acercar unos a otros, acortar distancias entre voluntades opuestas, allanar los caminos para encuentros cruciales que eliminen la enemistad entre grupos humanos. La nueva creación no se produce por la supresión de una de las partes sino por la aceptación e integración de las causas del conflicto y de los factores de separación, en procura de la común resolución de los mismos. No se trata de que un grupo absorba a otro, lo reduzca, asimile, haga desaparecer o destruya. Consiste en crear un nuevo cuerpo social y hacerlo con la conciencia atenta y vigilante a todas sus dimensiones: personales, sociales y políticas.
Que trabajar por la paz es cuidar la vida, optar por una forma de estar en el mundo desde los débiles, los vulnerados, los heridos, los excluidos, los olvidados. Sin adhesiones idolátricas, sin negar el conflicto ni huir de él, sino afrontándolo sin miedo y sin odio.+
--
jueves, 27 de enero de 2011
Juana de Arco - "un ejemplo de santidad para los laicos comprometidos en la vida política, sobre todo en las situaciones más difíciles"
Ciudad del Vaticano, 27 Ene. 11 (AICA)
En la Audiencia General de este miércoles, Benedicto XVI resaltó que Santa Juana de Arco –condenada a morir en la hoguera en 1431 por jueces "incapaces de ver la belleza de su alma–, constituye "un ejemplo de santidad para los laicos comprometidos en la vida política, sobre todo en las situaciones más difíciles".
En el Aula Pablo VI el Papa destacó que Juana de Arco es una de "las mujeres fuertes que al final de la Edad Media llevaron sin miedo la gran luz del Evangelio en las complejas peripecias de la historia".
Hija de campesinos acomodados, su vida se enmarca en el conflicto bélico que se conoce como la Guerra de los Cien Años, entre Francia e Inglaterra. A los 13 años, Juana sintió a través de la "voz" de San Miguel Arcángel "la llamada del Señor a intensificar su vida cristiana, y también a comprometerse en primera persona por la liberación de su pueblo".
Juana hace voto de virginidad y redobla sus oraciones, participando con un nuevo empeño en la vida sacramental. "La compasión y el compromiso de la joven campesina francesa ante los sufrimientos de su pueblo son todavía más intensos gracias a su relación mística con Dios. Uno de los aspectos más originales de la santidad de esta joven es este lazo entre experiencia mística y pasión política".
Al principio de 1429 Juana comienza su acción y superando todos los obstáculos encuentra al delfín de Francia, el futuro rey Carlos VII, que en Poitiers la somete a un examen por parte de algunos teólogos que "expresan un juicio positivo; en ella no hay nada malo, es una buena cristiana".
El 22 de marzo de ese mismo año Juana dicta una carta al Rey de Inglaterra y a sus hombres que asedian la ciudad de Orleáns. "Su propuesta es de verdadera paz en la justicia entre dos pueblos cristianos, invocando los nombres de Jesús y María", dijo el Papa. Pero es rechazada y Juana debe luchar por la liberación de la ciudad. Otro momento importante es la coronación del Rey Carlos en Reims el 17 de julio de 1429.
El Papa recuerda luego que la pasión de Juana comienza el 23 de mayo de 1430 cuando cae prisionera de sus enemigos en Compiegne y es conducida a la ciudad de Rouen, donde tendrá lugar su largo y dramático proceso que concluye con la condena a muerte.
El Santo Padre indica que al frente del proceso estuvieron dos importantes jueces eclesiásticos: el obispo Pierre Cauchon y el inquisidor Jean le Maistre, pero en realidad lo conducen un grupo de teólogos de la Universidad de París, "eclesiásticos franceses que pertenecen al grupo político opuesto al de Juana y que tienen a priori un juicio negativo sobre su persona y su misión".
"Este proceso es una página terrible en la historia de la santidad y también una página que ilumina el misterio de la Iglesia, que al mismo tiempo es siempre santa y siempre necesitada de purificación".
"A diferencia de los santos teólogos que habían iluminado la Universidad de París, como Buenaventura, Tomás de Aquino o Duns Escoto, estos jueces son teólogos que carecen de caridad y humildad para ver en esta joven la acción de Dios" y no ven "que los misterios de Dios son revelados en el corazón de los pequeños mientras permanecen ocultos a los sabios y doctos. Los jueces de Juana son radicalmente incapaces de comprenderla, de ver la belleza de su alma".
Juana muere en la hoguera el 30 de mayo de 1431, con un crucifijo en las manos e invocando el nombre de Jesús. Veinticinco años después, el Proceso de Anulación abierto por Calixto III "concluye con una sentencia solemne que declara nula la condena y resalta la inocencia de Juana y su perfecta fidelidad a la Iglesia. Juana de Arco será canonizada en 1920 por Benedicto XV".
"El Nombre de Jesús que la Santa invocó hasta en los últimos instantes de su vida terrenal era como el continuo respiro de su alma, el centro de su vida. Esta Santa había entendido que el Amor abraza toda la realidad de Dios y del ser humano, del cielo y de la tierra, de la Iglesia y del mundo".
"La liberación de su pueblo es una obra de justicia humana que cumple en caridad, por amor de Jesús. El suyo es un hermoso ejemplo de santidad para los laicos comprometidos en la vida política, sobre todo en las situaciones más difíciles".
"En Jesús –prosiguió el Papa– Juana contempla también toda la Iglesia, la Iglesia triunfante del cielo, como la Iglesia militante en la tierra. Según sus palabras, 'es todo uno Nuestro Señor y la Iglesia'. Esta afirmación tiene un carácter realmente heroico en el contexto del proceso de condena, frente a sus jueces, hombres de Iglesia que la persiguieron y condenaron".
Finalmente el Santo Padre señaló que "con su luminoso testimonio Juana nos invita a una medida alta de la vida cristiana: hacer de la oración el hilo conductor de nuestras jornadas; tener plena confianza en cumplir la voluntad de Dios, cualquiera que sea, vivir la caridad sin favoritismos, sin limites y sacar fuerzas del amor a Jesús para amar profundamente a su Iglesia".+
En la Audiencia General de este miércoles, Benedicto XVI resaltó que Santa Juana de Arco –condenada a morir en la hoguera en 1431 por jueces "incapaces de ver la belleza de su alma–, constituye "un ejemplo de santidad para los laicos comprometidos en la vida política, sobre todo en las situaciones más difíciles".
En el Aula Pablo VI el Papa destacó que Juana de Arco es una de "las mujeres fuertes que al final de la Edad Media llevaron sin miedo la gran luz del Evangelio en las complejas peripecias de la historia".
Hija de campesinos acomodados, su vida se enmarca en el conflicto bélico que se conoce como la Guerra de los Cien Años, entre Francia e Inglaterra. A los 13 años, Juana sintió a través de la "voz" de San Miguel Arcángel "la llamada del Señor a intensificar su vida cristiana, y también a comprometerse en primera persona por la liberación de su pueblo".
Juana hace voto de virginidad y redobla sus oraciones, participando con un nuevo empeño en la vida sacramental. "La compasión y el compromiso de la joven campesina francesa ante los sufrimientos de su pueblo son todavía más intensos gracias a su relación mística con Dios. Uno de los aspectos más originales de la santidad de esta joven es este lazo entre experiencia mística y pasión política".
Al principio de 1429 Juana comienza su acción y superando todos los obstáculos encuentra al delfín de Francia, el futuro rey Carlos VII, que en Poitiers la somete a un examen por parte de algunos teólogos que "expresan un juicio positivo; en ella no hay nada malo, es una buena cristiana".
El 22 de marzo de ese mismo año Juana dicta una carta al Rey de Inglaterra y a sus hombres que asedian la ciudad de Orleáns. "Su propuesta es de verdadera paz en la justicia entre dos pueblos cristianos, invocando los nombres de Jesús y María", dijo el Papa. Pero es rechazada y Juana debe luchar por la liberación de la ciudad. Otro momento importante es la coronación del Rey Carlos en Reims el 17 de julio de 1429.
El Papa recuerda luego que la pasión de Juana comienza el 23 de mayo de 1430 cuando cae prisionera de sus enemigos en Compiegne y es conducida a la ciudad de Rouen, donde tendrá lugar su largo y dramático proceso que concluye con la condena a muerte.
El Santo Padre indica que al frente del proceso estuvieron dos importantes jueces eclesiásticos: el obispo Pierre Cauchon y el inquisidor Jean le Maistre, pero en realidad lo conducen un grupo de teólogos de la Universidad de París, "eclesiásticos franceses que pertenecen al grupo político opuesto al de Juana y que tienen a priori un juicio negativo sobre su persona y su misión".
"Este proceso es una página terrible en la historia de la santidad y también una página que ilumina el misterio de la Iglesia, que al mismo tiempo es siempre santa y siempre necesitada de purificación".
"A diferencia de los santos teólogos que habían iluminado la Universidad de París, como Buenaventura, Tomás de Aquino o Duns Escoto, estos jueces son teólogos que carecen de caridad y humildad para ver en esta joven la acción de Dios" y no ven "que los misterios de Dios son revelados en el corazón de los pequeños mientras permanecen ocultos a los sabios y doctos. Los jueces de Juana son radicalmente incapaces de comprenderla, de ver la belleza de su alma".
Juana muere en la hoguera el 30 de mayo de 1431, con un crucifijo en las manos e invocando el nombre de Jesús. Veinticinco años después, el Proceso de Anulación abierto por Calixto III "concluye con una sentencia solemne que declara nula la condena y resalta la inocencia de Juana y su perfecta fidelidad a la Iglesia. Juana de Arco será canonizada en 1920 por Benedicto XV".
"El Nombre de Jesús que la Santa invocó hasta en los últimos instantes de su vida terrenal era como el continuo respiro de su alma, el centro de su vida. Esta Santa había entendido que el Amor abraza toda la realidad de Dios y del ser humano, del cielo y de la tierra, de la Iglesia y del mundo".
"La liberación de su pueblo es una obra de justicia humana que cumple en caridad, por amor de Jesús. El suyo es un hermoso ejemplo de santidad para los laicos comprometidos en la vida política, sobre todo en las situaciones más difíciles".
"En Jesús –prosiguió el Papa– Juana contempla también toda la Iglesia, la Iglesia triunfante del cielo, como la Iglesia militante en la tierra. Según sus palabras, 'es todo uno Nuestro Señor y la Iglesia'. Esta afirmación tiene un carácter realmente heroico en el contexto del proceso de condena, frente a sus jueces, hombres de Iglesia que la persiguieron y condenaron".
Finalmente el Santo Padre señaló que "con su luminoso testimonio Juana nos invita a una medida alta de la vida cristiana: hacer de la oración el hilo conductor de nuestras jornadas; tener plena confianza en cumplir la voluntad de Dios, cualquiera que sea, vivir la caridad sin favoritismos, sin limites y sacar fuerzas del amor a Jesús para amar profundamente a su Iglesia".+
MADIBA LE DIO COLOR AL PERDÓN - por Edgardo Martolio
EL PERIODISTA ARGENTINO EDGARDO MARTOLIO REMEMORA AQUÍ SUS VIAJES A SUDÁFRICA, EN LOS QUE PUDO VER CÓMO EVOLUCIONÓ UN PAÍS DEL QUE SE ENAMORÓ PERDIDAMENTE.
La primera vez que llegué a Sudáfrica fue en 1996. Estaba recorriendo Africa, en 4x4, hacía varios meses y había bajado desde Alejandría, Egipto, por toda la costa inglesa, la que baña el Océano Indico. Me habían sorprendido Etiopía y Malawi, desencantado Tanzania y Sudán y entristecido Ruanda y Mozambique; de Uganda guardaba en mi memoria la montaña de los gorilas y de Kenia el Kilimanjaro, pero soñaba desembarcar en la mágica Madagascar… sólo que llegué a Sudáfrica y fue amor a primera vista.
Hacía dos años que había terminado el apartheid y en el día a día poco se advertía. Los blancos continuaban manejando ese día a día. Los negros, salvo en casos puntuales, no aparecían con destaque en la escena cotidiana. Todo me llamaba la atención. Había leído mucho y no encontraba, en el trato con las personas, elementos que me revelasen la angustia recién concluida. No había cicatrices visibles.
Tengo anécdotas maravillosas envolviendo a los blancos y también historias estupendas con los negros. Todas positivas. Mi recorrido, nada rígido, me dictaba que no debía pasar más de un mes en ningún país si quería dar la vuelta completa al continente negro en dos años. Y cumplí el plan hasta Sudáfrica, donde me quedé ¡cuatro meses! La recorrí toda, incluyendo Lesoto y Suazilandia. Después viajé a Botsuana, Zambia y Zimbabue, pero antes de cruzar a Namibia para buscar Angola, en el norte, volví al sur, a Sudáfrica… Me había apasionado por ese país: de su gente, su geografía, del Kruger y el Kalahari, del Cabo de Buena Esperanza y la Mountain Table. Quería más.
Sudáfrica era un ejemplo de prosperidad (más allá de su política). Sus fronteras cerradas durante décadas no limitaron el país a un estremecimiento africano más. Por el contrario, lo ponderaron a una escala que, como argentino, me ahogaba de envidia. Ignorante, pensaba que ahora, sin los temibles bóers en el poder, todo decaería. “Ignorante” dije, sí.
Nelson Mandela, como lo escriben los diarios, o Madiba como lo llama su gente, por entonces era un nombre del que se hablaba con respeto, pero poco; permanentemente me quedaba la impresión de que afuera de sus límites se lo nombraba y reconocía más. Hacía poco menos de un año que Sudáfrica se había consagrado campeón mundial de rugby, por su gestión política más que por la calidad deportiva del “quince”. Y el país estaba realmente unido. Eso era claro y evidente, tal como bien lo retrata Invictus, el film de Clint Eastwood.
Un silencio similar sucedía con el premio Nobel Desmond Tutú, que ese año de 1996 concluyó el informe final de los horrores del apartheid. Bienvenido informe que la población, sin embargo, no lo leyó para justificar su revancha; apenas lo guardó “para que quede registrado”. Una lección de paz y construcción de futuro.
Cuando comencé a acompañar la fría corriente de Benguela, subiendo el Atlántico para desbravar el Africa francesa, “la otra mitad”, sabía que no volvería a ver nada semejante en la veintena de países que encararía. El Limpopo, los suricatos y el amarula empezaban a ser recuerdo. Imborrable recuerdo. Y esa sensación se convalidó en los 70 mil restantes kilómetros recorridos por los deltas del Congo y el Níger, el golfo de Biafra y las arenas del Magreb. Nada parecido. Sudáfrica es única. Mandela también.
Volví doce años después, en 2008, y vi pocos cambios. Mandela continuaba siendo un nombre importante, pero él mismo no había permitido su endiosamiento. Prefería seguir siendo Madiba. Otra vez la envidia. ¿Por qué no tener alguna vez un líder con esa estirpe? El país no había evolucionado económicamente mucho, pero tampoco se había deteriorado como mi ignorancia presumió una década antes. Esta vez tuve más contacto con los negros, aunque –como fui por negocios– percibí que ciertas cosas aún eran dominio de los blancos.
La convivencia, de todos modos, continuaba pacífica y de respeto mutuo. Jamás presencié ninguna escena que reprodujese alguna imagen propia del retrato que la información internacional pudiese haber almacenado en mi imaginación. Me preguntaba cómo puede ser que las hinchadas de Boca y River se peleen más que esta gente. Continué enamorado de Sudáfrica.
Por fin, el Mundial. Inversamente a lo que pensaba en mi primer retorno, desembarqué en este 2010 pensando que con los créditos de los bancos mundiales ahora sí encontraría “un cambio para mejor”. Y aquí me detengo. Me obligo a reflexionar y me pregunto ¿qué es “un cambio para mejor”? ¿Más autopistas de las varias que no fueron terminadas? ¿Un tren bala que hoy es una tímida flecha? ¿Estos estupendos estadios en los que faltó el famoso “cinco para el peso”? Si todo estuviese concluido según el cronograma del Comité de la FIFA, ¿yo diría que encontré una Sudáfrica mejor?
¿Sería tan torpe de evaluar esos elementos que, en definitiva, el dinero soluciona, por sobre lo auténticamente importante, lo verdaderamente trascendente, que es la aún mayor unión de este pueblo que antes supo dividirse, para odiarse, como casi ningún otro? No puedo permitírmelo. El progreso físico, económico y financiero no es todo. ¡Las reservas morales no pueden cotizar menos que las reservas de Estado! Por eso debo decir, feliz, que encontré una Sudáfrica superior y superada.
A los blancos les atribuyo inmensos méritos, principalmente el de haber hecho de este país africano, cortado por el Trópico de Capricornio, una pequeña potencia, digna de otro continente (separado por el progreso y la convivencia del resto de Africa). No es poco. Más aún si lo pensamos desde esta desteñida y destemplada Argentina. Pero los blancos representan poco más del veinte por ciento de la población y en cualquier otro lugar, al perder el (descontrolado) poder que poseían, hubiesen sido sino masacrados, mínimamente expulsados y no sin razón.
No obstante, la población negra, abrumadoramente mayoritaria, hizo como si nada hubiese pasado. Insisto, “hizo como si…” porque es imposible olvidar, pero nunca quiso recordar para vengarse. Y es allí cuando aparece en todo su esplendor, sin necesidad de primeras planas, sin voces microfónicas ni cámaras ufanas, la figura de Nelson Mandela, como lo conocemos nosotros. Madiba, como lo llaman ellos. Figura única y gigantesca. Un Gandhi moderno. Un ejemplo eterno.
Mandela lo predicó. Sudáfrica lo hizo. Esta Sudáfrica actual, la última, la que el planeta observó en el campeonato Mundial de fútbol, dejó una infinidad de retratos interesantes, capaces de mostrar a todos su actitud de “mejor que recordar por qué nos odiábamos tanto, unámonos para tal vez un día querernos”. Este cronista, si algo no tiene, es inocencia, y por ello no ignora que en tantos días no vio una única pareja mixta (hombre negro y mujer blanca o viceversa) de sudafricanos besándose en una plaza o un estadio. Salta a la vista la unión de este pueblo, pero si se desea encontrar el detalle “incomodo o inconveniente”obviamente aparecerá, igual que en mi familia o la suya. Como en un antiguo matrimonio arreglado por sus progenitores, se ve la buena convivencia como también que aún falta el amor. Sería infantil pretender que –apenas 16 años después de “todo aquello”– este pueblo, además de perdonarse, se amase, inclusive físicamente. Montescos y Capuletos, por ahora, sólo en la Europa del siglo XIV.
Ross, un buen amigo de Durban, una región bastante radical en cuestiones segregacionistas en su momento, me confirmó que “si bien existen algunos casamientos interraciales, todavía llama la atención cuando se cruza en la calle una pareja con esas características”. Mientras Argentina aprueba el matrimonio gay, parece un atraso al pacifismo sudafricano que no exista atracción sexual sólo porque la raza no coincide. Para quien vive en Brasil, como yo, resulta difícil entender que la pigmentación le gane la batalla a la imparable testosterona... Pero no lo es, porque nada puede observarse y mucho menos juzgarse sin su correspondiente contexto. Es mucho más atrasada la condena a la unión homosexual en países supuestamente evolucionados que este fenómeno del (aún) no cristalizado cruzamiento de razas sudafricano.
Ni siquiera el propio Mandela pudo, en sus tres matrimonios, enamorarse y mostrar una mujer blanca a su lado. Hubiese sido una acción de marketing tan inédita como alucinante y peligrosa. Pero Mandela no es un político marketinero, palabras que hoy suenan a sinónimos. Mandela es un sabio de estos tiempos y en su sabiduría, además de la paz, está la verdad (posiblemente su arma más contundente para eliminar diferencias y derribar adversarios).
Elementos como la mestización, que el tiempo irá consolidando y acrecentando, hacen que la Sudáfrica que continuaremos viendo en el futuro sea tan apasionante como esta feliz y actual y, aunque llena de dolor, como aquella que vimos en el siglo pasado. Infelizmente, pronto Mandela saldrá de escena, pero es posible que un nieto suyo se case con una blanca. Me gustaría vivir para verlo. El mundo empezaría a ser un poco mejor que esto que tenemos hoy y que el club de líderes Kinderberg bautizara de globalización.
Volví del Mundial más apasionado que nunca de ese insólito territorio de once lenguas oficiales y mil motivos para destriparse los unos a los otros, donde –sin embargo– reina la sonrisa, el orgullo, la predisposición, la solidaridad y el mañana. Esta Sudáfrica es la obra de Mandela y un modelo universal. Y como este asunto me ocupa tanto el pensamiento como el corazón, no me pasa inadvertido que en la raza negra hay algo distinto y para mejor. Creo haber aprendido que los únicos que –de verdad– “saben perdonar” son los negros.
La historia del mundo lo demuestra y Sudáfrica es su último y más bien encarnado ejemplo. Porque perdonar perdonamos todos, pero saber perdonar, me parece, sólo los negros saben. Perdonar es una cosa; saber perdonar otra. Yo, como usted, perdono desde la razón. Los negros sudafricanos perdonaron desde el alma. Allí reside su sabiduría. Creo que si a los sentimientos les atribuimos colores, al perdón sólo podemos pintarlo de negro, el primer color en la paleta de Mandela.
Y quien lo dude que le pregunte a un tal Madiba.
Por Edgardo Martolio
La primera vez que llegué a Sudáfrica fue en 1996. Estaba recorriendo Africa, en 4x4, hacía varios meses y había bajado desde Alejandría, Egipto, por toda la costa inglesa, la que baña el Océano Indico. Me habían sorprendido Etiopía y Malawi, desencantado Tanzania y Sudán y entristecido Ruanda y Mozambique; de Uganda guardaba en mi memoria la montaña de los gorilas y de Kenia el Kilimanjaro, pero soñaba desembarcar en la mágica Madagascar… sólo que llegué a Sudáfrica y fue amor a primera vista.
Hacía dos años que había terminado el apartheid y en el día a día poco se advertía. Los blancos continuaban manejando ese día a día. Los negros, salvo en casos puntuales, no aparecían con destaque en la escena cotidiana. Todo me llamaba la atención. Había leído mucho y no encontraba, en el trato con las personas, elementos que me revelasen la angustia recién concluida. No había cicatrices visibles.
Tengo anécdotas maravillosas envolviendo a los blancos y también historias estupendas con los negros. Todas positivas. Mi recorrido, nada rígido, me dictaba que no debía pasar más de un mes en ningún país si quería dar la vuelta completa al continente negro en dos años. Y cumplí el plan hasta Sudáfrica, donde me quedé ¡cuatro meses! La recorrí toda, incluyendo Lesoto y Suazilandia. Después viajé a Botsuana, Zambia y Zimbabue, pero antes de cruzar a Namibia para buscar Angola, en el norte, volví al sur, a Sudáfrica… Me había apasionado por ese país: de su gente, su geografía, del Kruger y el Kalahari, del Cabo de Buena Esperanza y la Mountain Table. Quería más.
Sudáfrica era un ejemplo de prosperidad (más allá de su política). Sus fronteras cerradas durante décadas no limitaron el país a un estremecimiento africano más. Por el contrario, lo ponderaron a una escala que, como argentino, me ahogaba de envidia. Ignorante, pensaba que ahora, sin los temibles bóers en el poder, todo decaería. “Ignorante” dije, sí.
Nelson Mandela, como lo escriben los diarios, o Madiba como lo llama su gente, por entonces era un nombre del que se hablaba con respeto, pero poco; permanentemente me quedaba la impresión de que afuera de sus límites se lo nombraba y reconocía más. Hacía poco menos de un año que Sudáfrica se había consagrado campeón mundial de rugby, por su gestión política más que por la calidad deportiva del “quince”. Y el país estaba realmente unido. Eso era claro y evidente, tal como bien lo retrata Invictus, el film de Clint Eastwood.
Un silencio similar sucedía con el premio Nobel Desmond Tutú, que ese año de 1996 concluyó el informe final de los horrores del apartheid. Bienvenido informe que la población, sin embargo, no lo leyó para justificar su revancha; apenas lo guardó “para que quede registrado”. Una lección de paz y construcción de futuro.
Cuando comencé a acompañar la fría corriente de Benguela, subiendo el Atlántico para desbravar el Africa francesa, “la otra mitad”, sabía que no volvería a ver nada semejante en la veintena de países que encararía. El Limpopo, los suricatos y el amarula empezaban a ser recuerdo. Imborrable recuerdo. Y esa sensación se convalidó en los 70 mil restantes kilómetros recorridos por los deltas del Congo y el Níger, el golfo de Biafra y las arenas del Magreb. Nada parecido. Sudáfrica es única. Mandela también.
Volví doce años después, en 2008, y vi pocos cambios. Mandela continuaba siendo un nombre importante, pero él mismo no había permitido su endiosamiento. Prefería seguir siendo Madiba. Otra vez la envidia. ¿Por qué no tener alguna vez un líder con esa estirpe? El país no había evolucionado económicamente mucho, pero tampoco se había deteriorado como mi ignorancia presumió una década antes. Esta vez tuve más contacto con los negros, aunque –como fui por negocios– percibí que ciertas cosas aún eran dominio de los blancos.
La convivencia, de todos modos, continuaba pacífica y de respeto mutuo. Jamás presencié ninguna escena que reprodujese alguna imagen propia del retrato que la información internacional pudiese haber almacenado en mi imaginación. Me preguntaba cómo puede ser que las hinchadas de Boca y River se peleen más que esta gente. Continué enamorado de Sudáfrica.
Por fin, el Mundial. Inversamente a lo que pensaba en mi primer retorno, desembarqué en este 2010 pensando que con los créditos de los bancos mundiales ahora sí encontraría “un cambio para mejor”. Y aquí me detengo. Me obligo a reflexionar y me pregunto ¿qué es “un cambio para mejor”? ¿Más autopistas de las varias que no fueron terminadas? ¿Un tren bala que hoy es una tímida flecha? ¿Estos estupendos estadios en los que faltó el famoso “cinco para el peso”? Si todo estuviese concluido según el cronograma del Comité de la FIFA, ¿yo diría que encontré una Sudáfrica mejor?
¿Sería tan torpe de evaluar esos elementos que, en definitiva, el dinero soluciona, por sobre lo auténticamente importante, lo verdaderamente trascendente, que es la aún mayor unión de este pueblo que antes supo dividirse, para odiarse, como casi ningún otro? No puedo permitírmelo. El progreso físico, económico y financiero no es todo. ¡Las reservas morales no pueden cotizar menos que las reservas de Estado! Por eso debo decir, feliz, que encontré una Sudáfrica superior y superada.
A los blancos les atribuyo inmensos méritos, principalmente el de haber hecho de este país africano, cortado por el Trópico de Capricornio, una pequeña potencia, digna de otro continente (separado por el progreso y la convivencia del resto de Africa). No es poco. Más aún si lo pensamos desde esta desteñida y destemplada Argentina. Pero los blancos representan poco más del veinte por ciento de la población y en cualquier otro lugar, al perder el (descontrolado) poder que poseían, hubiesen sido sino masacrados, mínimamente expulsados y no sin razón.
No obstante, la población negra, abrumadoramente mayoritaria, hizo como si nada hubiese pasado. Insisto, “hizo como si…” porque es imposible olvidar, pero nunca quiso recordar para vengarse. Y es allí cuando aparece en todo su esplendor, sin necesidad de primeras planas, sin voces microfónicas ni cámaras ufanas, la figura de Nelson Mandela, como lo conocemos nosotros. Madiba, como lo llaman ellos. Figura única y gigantesca. Un Gandhi moderno. Un ejemplo eterno.
Mandela lo predicó. Sudáfrica lo hizo. Esta Sudáfrica actual, la última, la que el planeta observó en el campeonato Mundial de fútbol, dejó una infinidad de retratos interesantes, capaces de mostrar a todos su actitud de “mejor que recordar por qué nos odiábamos tanto, unámonos para tal vez un día querernos”. Este cronista, si algo no tiene, es inocencia, y por ello no ignora que en tantos días no vio una única pareja mixta (hombre negro y mujer blanca o viceversa) de sudafricanos besándose en una plaza o un estadio. Salta a la vista la unión de este pueblo, pero si se desea encontrar el detalle “incomodo o inconveniente”obviamente aparecerá, igual que en mi familia o la suya. Como en un antiguo matrimonio arreglado por sus progenitores, se ve la buena convivencia como también que aún falta el amor. Sería infantil pretender que –apenas 16 años después de “todo aquello”– este pueblo, además de perdonarse, se amase, inclusive físicamente. Montescos y Capuletos, por ahora, sólo en la Europa del siglo XIV.
Ross, un buen amigo de Durban, una región bastante radical en cuestiones segregacionistas en su momento, me confirmó que “si bien existen algunos casamientos interraciales, todavía llama la atención cuando se cruza en la calle una pareja con esas características”. Mientras Argentina aprueba el matrimonio gay, parece un atraso al pacifismo sudafricano que no exista atracción sexual sólo porque la raza no coincide. Para quien vive en Brasil, como yo, resulta difícil entender que la pigmentación le gane la batalla a la imparable testosterona... Pero no lo es, porque nada puede observarse y mucho menos juzgarse sin su correspondiente contexto. Es mucho más atrasada la condena a la unión homosexual en países supuestamente evolucionados que este fenómeno del (aún) no cristalizado cruzamiento de razas sudafricano.
Ni siquiera el propio Mandela pudo, en sus tres matrimonios, enamorarse y mostrar una mujer blanca a su lado. Hubiese sido una acción de marketing tan inédita como alucinante y peligrosa. Pero Mandela no es un político marketinero, palabras que hoy suenan a sinónimos. Mandela es un sabio de estos tiempos y en su sabiduría, además de la paz, está la verdad (posiblemente su arma más contundente para eliminar diferencias y derribar adversarios).
Elementos como la mestización, que el tiempo irá consolidando y acrecentando, hacen que la Sudáfrica que continuaremos viendo en el futuro sea tan apasionante como esta feliz y actual y, aunque llena de dolor, como aquella que vimos en el siglo pasado. Infelizmente, pronto Mandela saldrá de escena, pero es posible que un nieto suyo se case con una blanca. Me gustaría vivir para verlo. El mundo empezaría a ser un poco mejor que esto que tenemos hoy y que el club de líderes Kinderberg bautizara de globalización.
Volví del Mundial más apasionado que nunca de ese insólito territorio de once lenguas oficiales y mil motivos para destriparse los unos a los otros, donde –sin embargo– reina la sonrisa, el orgullo, la predisposición, la solidaridad y el mañana. Esta Sudáfrica es la obra de Mandela y un modelo universal. Y como este asunto me ocupa tanto el pensamiento como el corazón, no me pasa inadvertido que en la raza negra hay algo distinto y para mejor. Creo haber aprendido que los únicos que –de verdad– “saben perdonar” son los negros.
La historia del mundo lo demuestra y Sudáfrica es su último y más bien encarnado ejemplo. Porque perdonar perdonamos todos, pero saber perdonar, me parece, sólo los negros saben. Perdonar es una cosa; saber perdonar otra. Yo, como usted, perdono desde la razón. Los negros sudafricanos perdonaron desde el alma. Allí reside su sabiduría. Creo que si a los sentimientos les atribuimos colores, al perdón sólo podemos pintarlo de negro, el primer color en la paleta de Mandela.
Y quien lo dude que le pregunte a un tal Madiba.
Por Edgardo Martolio
MANDELA Y EL PERDÓN
EL PERDÓN COMO FONDO DE TODA SU POLÍTICA
Lo que más me atrae de Mandela es el perdón que manifestó. Para él, el perdón libera.
HOY ESTÁ INTERNADO...
De acuerdo con el primer comunicado, el ex presidente sudafricano Nelson Mandela fue ingresado en un hospital de Johannesburgo para ser sometido a una "revisión médica de rutina".
Según distintas versiones de radios sudafricanas, el ex mandatario e histórico dirigente opositor al régimen del apartheid fue atendido por un especialista pulmonar. No obstante, el partido de Mandela -Congreso Nacional Africano (ANC)- pidió, en respuesta a las especulaciones de la prensa, que no se siembre "el pánico" sobre su estado de salud.
"Tiene 92 años y padece los achaques propios de su edad, y el hecho de que haya pasado la noche [en el hospital] no indica que vaya a ocurrir lo peor", declaró un vocero de ANC, Jackson Mthembu. "Pedimos a la gente que no haga declaraciones infundadas, que le dejemos tranquilo y no sembremos el pánico, porque no hay motivos para ello", agregó.
La Policía controla el tránsito en torno al Milpark Hospital, situado en un suburbio de Johannesburgo, donde se concentran numerosos periodistas, fotógrafos y cámaras de televisión. Varios familiares de Mandela, entre ellos su esposa Graça Machel, visitaron el hospital después de que fuera ingresado el ex presidente.
Según indica el periódico local The Star, uno de los guardaespaldas de Mandela le había solicitado a la policía que "despejen la zona para cuando salieran del hospital". Por eso mismo, algunos rumores indican que el líder ya fue dado de alta.
Mientras tanto, el actual jefe del Estado, Jacob Zuma, que se encuentra en Suiza, asistiendo al Foro Económico Mundial de Davos, no tiene previsto regresar con urgencia por este motivo y volverá al país el viernes 28.
Hasta el momento, la Fundación Nelson Mandela no actualizó ningún comunicado sobre su estado de salud.
Lo que más me atrae de Mandela es el perdón que manifestó. Para él, el perdón libera.
HOY ESTÁ INTERNADO...
De acuerdo con el primer comunicado, el ex presidente sudafricano Nelson Mandela fue ingresado en un hospital de Johannesburgo para ser sometido a una "revisión médica de rutina".
Según distintas versiones de radios sudafricanas, el ex mandatario e histórico dirigente opositor al régimen del apartheid fue atendido por un especialista pulmonar. No obstante, el partido de Mandela -Congreso Nacional Africano (ANC)- pidió, en respuesta a las especulaciones de la prensa, que no se siembre "el pánico" sobre su estado de salud.
"Tiene 92 años y padece los achaques propios de su edad, y el hecho de que haya pasado la noche [en el hospital] no indica que vaya a ocurrir lo peor", declaró un vocero de ANC, Jackson Mthembu. "Pedimos a la gente que no haga declaraciones infundadas, que le dejemos tranquilo y no sembremos el pánico, porque no hay motivos para ello", agregó.
La Policía controla el tránsito en torno al Milpark Hospital, situado en un suburbio de Johannesburgo, donde se concentran numerosos periodistas, fotógrafos y cámaras de televisión. Varios familiares de Mandela, entre ellos su esposa Graça Machel, visitaron el hospital después de que fuera ingresado el ex presidente.
Según indica el periódico local The Star, uno de los guardaespaldas de Mandela le había solicitado a la policía que "despejen la zona para cuando salieran del hospital". Por eso mismo, algunos rumores indican que el líder ya fue dado de alta.
Mientras tanto, el actual jefe del Estado, Jacob Zuma, que se encuentra en Suiza, asistiendo al Foro Económico Mundial de Davos, no tiene previsto regresar con urgencia por este motivo y volverá al país el viernes 28.
Hasta el momento, la Fundación Nelson Mandela no actualizó ningún comunicado sobre su estado de salud.
jueves, 13 de enero de 2011
CUANDO UN A-DIOS SE VISLUMBRA - Christian de Chergé
Si me sucediera un día -y ese día podría ser hoy- ser víctima del terrorismo que parece querer abarcar en este momento a todos los extranjeros que viven en Argelia, yo quisiera que mi comunidad, mi Iglesia, mi familia, recuerden que mi vida estaba entregada a Dios y a este país.
Que ellos acepten que el Único Maestro de toda vida no podría permanecer ajeno a esta partida brutal. Que recen por mí. ¿Cómo podría yo ser hallado digno de tal ofrenda?
Que sepan asociar esta muerte a tantas otras tan violentas y abandonadas en la indiferencia del anonimato. Mi vida no tiene más valor que otra vida. Tampoco tiene menos. En todo caso, no tiene la inocencia de la infancia. He vivido bastante como para saberme cómplice del mal que parece, desgraciadamente, prevalecer en el mundo, inclusive del que podría golpearme ciegamente.
Desearía, llegado el momento, tener ese instante de lucidez que me permita pedir el perdón de Dios y el de mis hermanos los hombres, y perdonar, al mismo tiempo, de todo corazón, a quien me hubiera herido.
Yo no podría desear una muerte semejante. Me parece importante proclamarlo. En efecto, no veo cómo podría alegrarme que este pueblo al que yo amo sea acusado, sin distinción, de mi asesinato. Sería pagar muy caro lo que se llamará, quizás, la "gracia del martirio" debérsela a un argelino, quienquiera que sea, sobre todo si él dice actuar en fidelidad a lo que él cree ser el Islam.
Conozco el desprecio con que se ha podido rodear a los argelinos tomados globalmente. Conozco también las caricaturas del Islam fomentadas por un cierto islamismo. Es demasiado fácil creerse con la conciencia tranquila identificando este camino religioso con los integrismos de sus extremistas.
Argelia y el Islam, para mí son otra cosa, es un cuerpo y un alma. Lo he proclamado bastante, creo, conociendo bien todo lo que de ellos he recibido, encontrando muy a menudo en ellos el hilo conductor del Evangelio que aprendí sobre las rodillas de mi madre, mi primerísima Iglesia, precisamente en Argelia y, ya desde entonces, en el respeto de los creyentes musulmanes.
Mi muerte, evidentemente, parecerá dar la razón a los que me han tratado, a la ligera, de ingenuo o de idealista: "¡qué diga ahora lo que piensa de esto!"
Pero estos tienen que saber que por fin será liberada mi más punzante curiosidad. Entonces podré, si Dios así lo quiere, hundir mi mirada en la del Padre para contemplar con El a Sus hijos del Islam tal como El los ve, enteramente iluminados por la gloria de Cristo, frutos de Su Pasión, inundados por el Don del Espíritu, cuyo gozo secreto será siempre, el de establecer la comunión y restablecer la semejanza, jugando con las diferencias.
Por esta vida perdida, totalmente mía y totalmente de ellos, doy gracias a Dios que parece haberla querido enteramente para este gozo, contra y a pesar de todo. En este gracias en el que está todo dicho, de ahora en más, sobre mi vida, yo os incluyo, por supuesto, amigos de ayer y de hoy, y a vosotros, amigos de aquí, junto a mi madre y mi padre, mis hermanas y hermanos y los suyos, ¡el céntuplo concedido, como fue prometido!
Y a ti también, amigo del último instante, que no habrás sabido lo que hacías. Sí, para ti también quiero este gracias, y este "A-DIOS" en cuyo rostro te contemplo.
Y que nos sea concedido reencontrarnos como ladrones felices en el paraíso, si así lo quiere Dios, Padre nuestro, tuyo y mío.
¡AMEN! INSHALLAH!
Christian de Chergé (monje trapense)
Argel, 1 de diciembre de 1993 - Tibhirine, 1 de enero de 1994
Nota: fue escrito más de un año antes de su muerte y es realmente el testamento espiritual de aquella comunidad.
Que ellos acepten que el Único Maestro de toda vida no podría permanecer ajeno a esta partida brutal. Que recen por mí. ¿Cómo podría yo ser hallado digno de tal ofrenda?
Que sepan asociar esta muerte a tantas otras tan violentas y abandonadas en la indiferencia del anonimato. Mi vida no tiene más valor que otra vida. Tampoco tiene menos. En todo caso, no tiene la inocencia de la infancia. He vivido bastante como para saberme cómplice del mal que parece, desgraciadamente, prevalecer en el mundo, inclusive del que podría golpearme ciegamente.
Desearía, llegado el momento, tener ese instante de lucidez que me permita pedir el perdón de Dios y el de mis hermanos los hombres, y perdonar, al mismo tiempo, de todo corazón, a quien me hubiera herido.
Yo no podría desear una muerte semejante. Me parece importante proclamarlo. En efecto, no veo cómo podría alegrarme que este pueblo al que yo amo sea acusado, sin distinción, de mi asesinato. Sería pagar muy caro lo que se llamará, quizás, la "gracia del martirio" debérsela a un argelino, quienquiera que sea, sobre todo si él dice actuar en fidelidad a lo que él cree ser el Islam.
Conozco el desprecio con que se ha podido rodear a los argelinos tomados globalmente. Conozco también las caricaturas del Islam fomentadas por un cierto islamismo. Es demasiado fácil creerse con la conciencia tranquila identificando este camino religioso con los integrismos de sus extremistas.
Argelia y el Islam, para mí son otra cosa, es un cuerpo y un alma. Lo he proclamado bastante, creo, conociendo bien todo lo que de ellos he recibido, encontrando muy a menudo en ellos el hilo conductor del Evangelio que aprendí sobre las rodillas de mi madre, mi primerísima Iglesia, precisamente en Argelia y, ya desde entonces, en el respeto de los creyentes musulmanes.
Mi muerte, evidentemente, parecerá dar la razón a los que me han tratado, a la ligera, de ingenuo o de idealista: "¡qué diga ahora lo que piensa de esto!"
Pero estos tienen que saber que por fin será liberada mi más punzante curiosidad. Entonces podré, si Dios así lo quiere, hundir mi mirada en la del Padre para contemplar con El a Sus hijos del Islam tal como El los ve, enteramente iluminados por la gloria de Cristo, frutos de Su Pasión, inundados por el Don del Espíritu, cuyo gozo secreto será siempre, el de establecer la comunión y restablecer la semejanza, jugando con las diferencias.
Por esta vida perdida, totalmente mía y totalmente de ellos, doy gracias a Dios que parece haberla querido enteramente para este gozo, contra y a pesar de todo. En este gracias en el que está todo dicho, de ahora en más, sobre mi vida, yo os incluyo, por supuesto, amigos de ayer y de hoy, y a vosotros, amigos de aquí, junto a mi madre y mi padre, mis hermanas y hermanos y los suyos, ¡el céntuplo concedido, como fue prometido!
Y a ti también, amigo del último instante, que no habrás sabido lo que hacías. Sí, para ti también quiero este gracias, y este "A-DIOS" en cuyo rostro te contemplo.
Y que nos sea concedido reencontrarnos como ladrones felices en el paraíso, si así lo quiere Dios, Padre nuestro, tuyo y mío.
¡AMEN! INSHALLAH!
Christian de Chergé (monje trapense)
Argel, 1 de diciembre de 1993 - Tibhirine, 1 de enero de 1994
Nota: fue escrito más de un año antes de su muerte y es realmente el testamento espiritual de aquella comunidad.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
