miércoles, 3 de noviembre de 2010

Nutrir la Esperanza

Llamamiento de Paz

Hombres y mujeres de diferentes religiones, procedentes de muchas partes del mundo, nos hemos reunido en Barcelona, en una tierra que celebra con el arte la belleza de la familia de Dios y de la familia de los pueblos, para invocar al Altísimo el gran don de la paz.

Hemos dejado atrás una década difícil. Ha sido un tiempo en el que el mundo ha creído más en la contraposición y en el conflicto que en el diálogo y en la paz. Tenemos presentes los miedos de muchos hombres y mujeres en numerosos lugares del mundo, el dolor de guerras que no han traído la paz, las heridas causadas por el terrorismo, el malestar de sociedades afectadas por la crisis del trabajo y por la incertidumbre del futuro, el sufrimiento de muchos pobres que llaman a la puerta de un mundo más rico y que a menudo encuentran puertas cerradas y desconfianza.

Nuestro mundo está desorientado a causa de la crisis de un mercado que se ha creído omnipotente, y a causa de una globalización que a veces no tiene ni alma ni rostro. Pero en realidad, la globalización es una oportunidad histórica. Une mundos alejados, y para lograrlo tiene que encontrar una inspiración generosa. En cambio, se ha visto acompañada por el miedo, la guerra, la cerrazón hacia el otro y el temor a perder la identidad.

Es necesario abrir una nueva década en la que el mundo globalizado se convierta en una familia de pueblos. Este mundo necesita alma. Pero sobre todo necesita paz. La paz es el nombre de Dios. No es algo superficial. Proviene de lo profundo de cada tradición religiosa. Quien usa el nombre de Dios para odiar y humillar al otro abandona la religión pura. Quien invoca el nombre de Dios para hacer la guerra y para justificar la violencia actúa contra Dios. Ninguna razón ni ofensa recibida justifican nunca la eliminación del otro. Lo más profundo de nuestras identidades religiosas, nuestras historias diferentes, la oración vivida los unos junto a los otros, nos permiten decir al mundo: necesitamos vivir juntos un destino común. Las religiones atestiguan que existe un destino común de los pueblos y de los hombres. Este destino se llama paz.

A través del diálogo ese destino común que es la paz se hace realidad. El diálogo es el camino para encontrarlo y construirlo. Nos protege a cada uno de nosotros y nos hace seguir siendo humanos en un tiempo de crisis. El diálogo no es ingenuidad. Es la capacidad de ver lejos aun cuando todos miran sólo cerca y por eso se sienten solos, resignados y asustados. El diálogo no debilita sino que refuerza. Es la verdadera alternativa a la violencia. Nada se pierde con el diálogo. Todo es posible, incluso imaginar la paz. En una sociedad en la que cada vez es más frecuente que personas diferentes vivan juntas, es necesario aprender el arte del diálogo. No debilita la identidad de nadie y permite volver a descubrir lo mejor de cada uno y del otro. Nuestras sociedades necesitan aprender de nuevo el arte de convivir.

Después de estos días estamos cada vez más convencidos de que un mundo sin diálogo no es un mundo mejor. Necesitamos paz, y no hay paz sin diálogo. La paz es el mayor don de Dios. La paz requiere oración. Ningún odio, ningún conflicto, ningún muro puede resistirse a la oración, al amor paciente que se hace don y perdón al tiempo que educa desde la raíz para construir un mundo en el que no todo es mercado y donde lo que es realmente importante ni se compra ni se vende.

Queremos entrar en la década que se abre con la fuerza del Espíritu, para crear un tiempo de esperanza para el mundo. Hace falta esperanza. Pero nosotros tenemos esperanza. Nuestra esperanza viene de lejos y mira hacia el futuro. Un destino común es el único destino posible.

Que esta pueda ser la década de la paz, del diálogo y de la esperanza.

Barcelona, 5 de octubre de 2010

domingo, 31 de octubre de 2010

Creemos en la diversidad y en la gente buena

Como el loto. Por Eloy Roy

Son cientos de millones las mentes lúcidas y proféticas que todos los días sueñan con un mundo de justicia, de bondad y de belleza. Si ese mundo fuera sólo una utopía, haría tiempo que no lo esperarían. Pero, al contrario, muchos luchan y sufren para hacerlo realidad porque les impulsa una intuición profunda, si no una plena conciencia, de que más allá de las apariencias, este mundo existe ya y está en marcha en toda la tierra.

Es evidente que se trata de un mundo en gestación no más, todavía oculto por montañas de miedo, corrupciones, envidias, increíbles injusticias, mentiras, hambre, guerras salvajes, armas, odios, discriminaciones e incontables atropellos a la naturaleza. Pero, en ese mar de lodo, los soñadores y los profetas están tejiendo en sus entrañas el cuerpo y el alma de ese mundo que, tarde o temprano y con toda seguridad, va a terminar emergiendo a la luz.

Es en el lodo donde el loto echa sus raíces, y, sin embargo, su flor es de una deslumbrante pureza. Lo mismo sucede con el mundo de justicia y de bondad que también va creciendo en medio de nuestras lágrimas y sufrimientos, de nuestros fracasos y combates. No se debe dudar de eso. Él es como la primavera que se despierta suavemente bajo la tierra que aún tiembla de frío. Es como el bebé que empieza a patalear porque quiere salir del vientre de su madre.

Este país maravilloso está en todos nosotros. Estamos preñados de él. Va a nacer tan seguramente como nacen las flores de loto en el barro, como nacen los niños entre gritos de dolor, o como nace la primavera cuando el invierno muere. Lo que tenemos que hacer es creer, y ayudarlo a desarrollarse hasta que sea suficientemente fuerte como para vencer el lodo en nosotros y cubrir la tierra entera de flores y de vida nueva.

Un loto raramente crece solo. ¡Somos muchos! [1]

[1] Jn 16, 20-21; 1 Co 10, 17

Una bella experiencia

El sábado 23 de octubre el Equipo Animador del Proyecto 70 veces7 - acompañado por la sabiduría y el generoso compromiso de Monseñor Carmelo Giaquinta - convocó a un encuentro de reflexión sobre el perdón y su aplicación concreta a las consecuencias de la violencia de los años 70 en nuestra patria.
El espíritu de la reunión estuvo caracterizado por la esperanza que generó la coincidencia entre personas diversas. Compartieron varias horas de escucha, diálogo y oración: familiares de muertos por el accionar de las organizaciones armadas no estatales; familiares de muertos y /o desaparecidos por la acción de las fuerzas armadas estatales; ex miembros de organizaciones armadas; miembros retirados de las fuerzas armadas; hijos de militares actualmente presos; docentes; estudiantes; periodistas; abogados; politólogos; psicólogos; ingenieros; empleados; comerciantes; agentes pastorales. Pero, más allá de estos datos, gente que cree en la fuerza del perdón y que sueña con un país de hermanos reconciliados.
La evaluación de la jornada impulsa a producir nuevos encuentros que concreten la creatividad en el entramado de redes por una vida cada vez más humana en nuestra querida Argentina.

Para comunicarse: nosotros.70veces7@gmail.com

miércoles, 13 de octubre de 2010

Corresponsabilidad en la construcción de la Paz

Mons. Héctor Fabio Henao (colombiano) afirma: “Caminar en Esperanza es afrontar la historia y la memoria de los que sufren, para construir de manera solidaria estructuras y sistemas más humanos y fraternos. Caminar en Esperanza es una nueva visión de la responsabilidad y del desarrollo. Al mismo tiempo es profundizar en el compromiso ético con la sociedad, en la voluntad permanente de asumir la libertad, la racionalidad y las potencialidades de cada ser humano para emprender la construcción de un mundo que asegure la dignidad de cada persona”. A este caminar le da sentido el “Dios de la Esperanza”. En el encuentro con Dios se hacen nuevas todas las cosas y se abre un vasto horizonte a la construcción de la paz.

Postura que coincide con la Posdata de la Carta de la Paz dirigida a la ONU: “Es tarea de los gobernantes centrar sus miras al bien de los contemporáneos, pues ya existen y tienen derecho a vivir la vida con dignidad humana. (…) Si una nación, gracias a sus políticos, va de bien en mejor, las relaciones entre sus ciudadanos actuales transcurrirán de una manera más suave y gratificante, e irán naciendo unos hijos, los cuales podrán alegrarse de que el país haya ido progresando, pues gracias a ello se habrán dado las condiciones precisas para los encuentros de los adultos que posibilitaron el existir de esos hijos. (…) Claro es que estos nuevos ciudadanos deberán esforzarse para mejorar la situación cuando sean mayores”.

¿Apostamos cada uno a vivir en Esperanza para el bien de los presentes, ejerciendo nuestra corresponsabilidad y libertad en la construcción diaria de esa anhelada paz?

TIENE QUE VER....

Una hazaña que redime al hombre
Enrique Valiente Noailles
Para LA NACION

El rescate de los 33 mineros chilenos atrapados en una cueva oscura, en las entrañas de la tierra, ha concitado toda la atención, la solidaridad y la emoción mundiales. La historia tiene todos los ingredientes y el montaje de un insuperable reality show, tiene toda la espectacularidad de un guión de Hollywood, pero la razón por la que emociona colectivamente yace en un lugar más profundo.En las situaciones límite de la experiencia humana, cuando un hombre o un grupo de hombres es probado hasta sus extremos, lo que le toca vivir ya no es sentido por el resto como un destino individual, sino como un destino colectivo. La resistencia y el coraje ya no son percibidos como parte de una odisea personal, sino como parte de una odisea de la especie. Porque un hombre llevado a un extremo pone en juego al resto de la humanidad

La muerte de cualquier hombre nos disminuye, porque somos parte de la humanidad, decía John Donne. El sentimiento inverso es lo que se juega en este caso. Y aunque, estrictamente hablando, sería ilegítimo pensar que el heroísmo individual o de algunos hombres engrandece a todos, en algún lugar secreto las cosas se sienten de esa manera. Es lo que intuyó Neil Armstrong cuando habló de su pequeño paso como hombre, que era en realidad un salto para la humanidad. Es algo colectivo lo que está siendo rescatado cuando se rescata a uno solo de esos hombres sometidos a la peor pesadilla imaginable, como es la de estar enterrados vivos.

Treinta y tres personas enterradas en una masa compacta de piedra a 700 metros de profundidad, rescatadas a través de un agujero concebido y realizado mediante un espectacular esfuerzo técnico, es sentido también como un pequeño triunfo del hombre contra sus límites. Porque éstos son desafíos que empujan los límites de lo posible. Son desafíos que expanden los umbrales y nos muestran lo que somos capaces de hacer cuando dirigimos toda nuestra voluntad hacia algo y, sobre todo, cuando la gente coopera en conjunto. La salida de los mineros a la luz habrá sido un triunfo del trabajo en equipo, en el que habrán debido apoyarse mutuamente, y en el que habrán logrado alinear el interés de cada uno con el interés del conjunto.

Habrán creado una familia bajo tierra tan poderosa como la que los espera afuera. Y habremos presenciado un nacimiento: 2000 periodistas y más de 200 medios de comunicación aguardan en esa improvisada sala de parto en que se han convertido el desierto y la montaña. Los 33 hombres fueron alimentados en el vientre de la tierra por un cordón umbilical venido desde la superficie. Hasta las imágenes que se veían de ellos eran similares a las ecografías, en las que se adivinan lejanamente los rasgos de un rostro y se siente la inminencia del paso hacia otra vida.

Conmueven también las historias en que predominan la peripecia, el cambio extremo y súbito de fortuna en poco tiempo. Todos nos sentimos expuestos y atraídos por los golpes de dados de la existencia, en la cual las vidas pueden cambiar de un segundo al otro, en una u otra dirección.
La emoción del año

Los primeros días, cuando se derrumbó la mina sobre las cabezas de los mineros, fueron dados por muertos. Pero aquel "Estamos bien en el refugio los 33" habrá sido la emoción del año. Estaban muertos, y si todo sale bien, saldrán vivos. Descendieron anónimos y saldrán célebres. De la oscuridad absoluta pasarán a estar cegados por algo más, probablemente, que la luz del sol.

Pero conmueve también otra cosa, tal vez más relevante que todo lo anterior. Y es que por unas semanas, por un par de meses, las prioridades del hombre se invirtieron y recuperaron su lugar.

Ya no eran un grupo de humildes mineros trabajando para las grúas, para dar el máximo rédito a la mina, para encontrar en condiciones de escasa seguridad una materia deseada que valía más que ellos. De golpe todo adquirió un rostro distinto: las inmensas grúas, las orugas que van y vienen, los inmensos recursos invertidos no trabajaban ya para sacar oro, plata o cobre. Trabajaban para sacar a 33 personas del centro de la tierra, para salvar las vidas de 33 hombres que se cuentan entre los más humildes del planeta. Sin reparar en gastos, se invirtieron todos los recursos necesarios para dotar de seguridad el rescate, y se abrieron varios caminos alternativos de salvación, por si alguno fallaba.

Por un corto tiempo, los mineros pasaron a ser pensados como fines en sí mismos. Y las cosas cayeron nuevamente en su lugar.

Sucede como si las experiencias extremas fueran necesarias, cada tanto, para que los seres humanos sean nuevamente percibidos dentro de una escala total. Mientras estas líneas se escriben un minero era izado a la superficie. Pero esto es lo otro que se habrá rescatado, junto con los mineros. Lo sucedido es una muestra de lo que puede la voluntad cuando se propone priorizar la vida ajena. Por poco que pensemos, todas las vidas tienen igual valor, y millones de ellas se pierden por razones evitables en la superficie misma de la tierra. ¿Habrá que percibir que son también situaciones extremas, para poner todos los recursos y energías en su rescate?

Tal vez haya prioridades enterradas también a 700 metros de profundidad que mandan cada tanto, como en esta fecha, señales de estar vivas.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

LA PAZ COMO ACTITUD ANTE LA HISTORIA

Dentro de la historiografía, muchas veces se ha abordado la paz como un “acontecimiento”. Esto la ha encasillado, equiparándola, por ejemplo, a la firma de un tratado, donde se reparten responsabilidades después de una guerra y se marcan parámetros de convivencia y plazos de tiempo. También se ha asociado la paz a un periodo de bonanza económica, donde un país otorga a sus habitantes garantías de tranquilidad. O ya, rozando la utopía, la paz se ha propuesto como un equilibrio ideal donde no hay rencillas.

La paz puede parecerse a todo lo anteriormente expuesto o contener algunos ingredientes, sin embargo, la paz es mucho más que ello. La paz, para que respire en nuestras sociedades, ha de poder entenderse como una actitud. Una actitud que va madurando, es decir, que va siguiendo un proceso de crecimiento. Cuando somos niños podemos dibujar la paz como una paloma, sin embargo, cuando somos adultos la paz cobra forma de personas, de sentimientos y pensamientos propios ante las circunstancias vitales, de cuestiones a resolver, de perspectivas de futuro, de una idea de país o un paradigma cósmico. Existe una progresividad en la vivencia y la conciencia de lo que es la paz para cada uno.

Un aspecto crucial para entender la paz como una actitud es asumirla como algo propio. La paz se ha de vivir y reflexionar, primeramente, de manera personal. Partiendo de la actitud pacífica del individuo, se puede llegar a la experiencia compartida de vivir en paz.

La Historia no se repite: cada acontecimiento en la vida de una persona, una comunidad, un país, etc. es único e irrepetible. Las personas que intervienen en él son únicas, el contexto en el que se desenvuelve dicho acontecimiento, también lo es. No se pueden recrear hechos históricos como si se tratara de un laboratorio. Afirma Federico Mayor Zaragoza que la historia se puede describir pero no re-escribir. Tampoco hay una ecuación que permita ir intercambiando variables para crear situaciones a voluntad o para predecir el futuro.

¿Por qué, entonces, nos es fácil pensar que la Historia se repite? Si contemplamos la realidad de un determinado grupo humano, que tiene unas ciertas bases culturales comunes, vemos que hay comportamientos compartidos. Esto nos hace ver que, a lo largo de su historia como comunidad, las personas actúan con una cierta tendencia ante determinadas situaciones. ¿Quiere decir que la Historia se está repitiendo constantemente? No exactamente. Los seres humanos actuamos bajo esquemas aprendidos y podríamos decir que repetimos actitudes, pero la Historia en sí misma no se repite. Decir que la Historia se repite equivale a deslindarnos de la responsabilidad de los acontecimientos que nos configuran. Decir que la Historia se repite es convertirnos en sujetos pasivos de dicha Historia, creer que existe un determinismo que nos vuelve marionetas del devenir. Esta es una clave para crecer en términos de paz, ya que, al no estar condenados por la repetición de la Historia, somos seres libres.

Otra clave en este camino es la autopercepción de ser sujetos activos en la construcción de la paz dentro de la coordenada histórica. Somos sujetos históricos, es decir, fruto de la Historia y hacedores de Historia. Fruto de ella porque, si los acontecimientos que se conjugaron para que cada uno existiéramos hubiesen sido levemente diferentes, no existiríamos (Carta de la Paz dirigida a la ONU, IV). Hacedores de Historia porque, cada acto que desempeño como persona y que desempeñamos como grupo o como especie, está desde el presente configurando el futuro.

Otro aspecto a tomar en cuenta es el ángulo desde el cual se vive la Historia. Cuando nos referimos a Historia, hablamos de hechos pasados. Al enfrentarnos a ella, intervienen varios aspectos o momentos. Tenemos, por un lado, la elaboración de la Historia, es decir, su “redacción”, su fijación en la memoria a través de documentos de todo tipo, manifestaciones culturales, etc. Tenemos, también, su conservación. Aquí es donde, debido a diversos intereses, se va cerniendo la Historia, destacando algunos acontecimientos y oscureciendo otros. Por último, nos encontramos con la lectura y transmisión de dicha Historia. Es decir, cómo se entienden desde el presente los hechos pasados y cómo se comparten con las generaciones más jóvenes.

Los historiadores contemporáneos cada vez más atienden a fuentes de diverso tipo para dar cuenta del pasado. Miquel Batllori, eximio historiador cuyo año conmemoramos este 2009, afirmaba: «es preciso que la Historia sea global (...). No tiene que ser ni exclusivamente social, ni exclusivamente política o cultural, sino que todos estos elementos se han de encontrar combinados. Una historia que excluya positivamente uno de estos elementos históricos ya no puede ser una historia verdadera». Es así como, ahora, los historiadores escuchan las voces de los diferentes actores que han conformado un momento pretérito para desarrollar un relato polifónico y no sólo estereofónico -donde hablan dos posturas muchas veces enfrentadas-, o monótono –donde hay un agente oficial que dice qué es lo que pasó-. A menudo, en la elaboración de la Historia, en su conservación, en su transmisión y relecturas, se van produciendo y reproduciendo, como si se tratara de virus, aquellos resentimientos que se convierten en obstáculos para la paz.

La paz, entendida como una actitud, nos ha de impulsar a releer la Historia nuevamente. Cada generación ha de poder releer su Historia, explicarse a sí misma, porqué es como es, cómo vino a parar aquí. Y no para desechar otras percepciones de la Historia o contender contra ellas, sino para hacer suyo ese “relato” que le explica su razón de ser y estar. La paz, como actitud ante la Historia, es o habría de ser conciliadora y, en muchos casos, reconciliadora. Como sucede con los conflictos generacionales, el hijo o la hija, al llegar a la edad adulta, es cuando pueden ser capaces de entender al padre y a la madre. Nuestras culturas están necesitadas de alcanzar la madurez necesaria para asumir el pasado en paz.

J. Aymar y J. Bustamante
España - Barcelona

PERDONAR ES UNA OPCION PERSONAL

Cuando se piensa en Colombia, se suele pensar en violencia, en guerra, en narcotráfico, en guerrillas, en fuerzas armadas ilegales, en dolor y muerte. Pero más allá de todo esto hay un drama humano poco tenido en cuenta y es el de los desplazados.

El drama de los desplazados y el desplazamiento no es una cuestión de meras cifras ni de mendicidad en los semáforos de las ciudades colombianas. Es un grave problema humanitario que afecta a personas y tiene un impacto importante en todo el país. Vale la pena preguntarse ¿cuál es el costo social y económico para Colombia? La respuesta a esta pregunta es que el costo es alto y afecta a todo el país, incluso a aquellas personas que todavía lo ven como algo lejano y ajeno. Nadie puede decir que el desplazamiento no le afecta, basta con abrir los ojos, el mundo es ancho, pero no ajeno.

Es importante hacer que las personas desplazadas puedan alcanzar alguna vez, en medio de su drama, la felicidad y se sientan amados, y así lograr que amen la vida, que valoren el estar vivos y que puedan cooperar, apoyarse mutuamente, respetarse y beneficiarse los unos de los otros. Lograr también que la sociedad en general los conozca, hacerlos visibles, amarlos pues aunque el problema no afecta a todos, sí es una cuestión de todos.

El pasado 7 de mayo, se publicaba en el diario El Espectador de Colombia una entrevista a Eduardo Pizarro Leongómez, presidente de la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación, sobre los logros de ese organismo. Pizarro Leongómez en un momento de la entrevista afirma: “Las víctimas pueden perdonar o no, esa es una opción personal, pero yo soy de la escuela del perdón. Cuando una víctima perdona, ‘se quita un piano de encima’, porque se quita odios y resentimientos.”

Esta frase me hizo pensar en la importancia del perdón en un proceso de reconciliación. El perdón busca la cicatrización de las heridas dejadas por la violencia y la reconstrucción, del modo menos traumático, de las relaciones entre agresor y víctima.

¿Cuando, en Colombia, será posible perdonar?… Sí, perdonar a las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia), por los cuerpos despedazados que rematan sus cilindros-bomba. Sí, perdonar al ELN (Ejército de Liberación Nacional), por el ajusticiamiento de civiles contrarrevolucionarios en plena plaza pública. Sí, perdonar a los paramilitares por los brazos y cabezas degolladas que dejan sus machetes. Sí, perdonar a las Fuerzas Militares por masacres y desapariciones que le han valido el señalamiento internacional. Sí, perdonar a los dirigentes del Estado responsables de que la mayor parte de su población viva en extrema pobreza existiendo abundante riqueza. ¿Tiene el corazón tanto amor para derrochar? Perdonar sin que nada cambie tal vez es pedir demasiado.

Sí, tal vez son demasiado recientes todos los conflictos que han vivido y vive el pueblo colombiano y quizá sea necesaria una distancia temporal para poder digerir todos los males causados a sus gentes, antes de que éstas tomen la valiosa decisión de perdonar. Posiblemente les sea más fácil perdonar a las nuevas o quizá futuras generaciones.

Asimilar, reconocer, perdonar es difícil. Sí, pero como dice Marta Burguet en su artículo Derecho a no tener enemigos: “El perdón incluye el deseo de volver a relacionarse con el otro y es condición necesaria para conseguir la paz; el perdón también es condición indispensable para desbancar al enemigo, incluso invitándolo a ser amigo y es la única forma de romper con la espiral de violencia y de olvidar la hostilidad”.


Anna Bundó Mas (Educadora Social)
Barichara (Colombia)