jueves, 30 de diciembre de 2010

¿Alguna vez hubo una ETA buena? F. Javier Vitoria Cormenzana.

¿Alguna vez hubo una ETA buena? Aunque la pregunta no sea nada sencilla de contestar y aun a riesgo de simplificar excesivamente mi respuesta que exigiría, sin ninguna duda, muchas más precisiones de las que aquí puedo hacer, mi contestación es: nunca hubo una ETA buena, aunque no todos sus comportamientos históricos y acciones puntuales merezcan el mismo calificativo moral. Sin embargo no siempre pensé así. ¿Qué es lo que ha cambiado?
Me ayudaré para explicarme de los tres primeros significados de la palabra «buena», según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española: 1º “que tiene bondad en su género”; 2º “útil y a propósito para algo”; y 3º “gustosa, apetecible, agradable, divertida”. Iré del tercero al primero.
*Pertenezco a la generación nacida nada más terminar la guerra civil española. Durante los años sesenta la mitología de la cultura violenta (“Euskadi está ocupada”, el mesianismo guerrillero, las figuras del Che Guevara o del cura guerrillero Camilo Torres, etc.) nos sedujo a muchos de nosotros. La irrupción de ETA en el escenario político vasco nos pareció apetecible y nos cautivó incluso a muchos que jamás militamos en ella. Nos complacía comprobar la generosidad y el valor de algunos jóvenes de nuestra generación, que arriesgaban sus vidas para luchar contra la dictadura franquista. Incluso en algunos momentos nos pareció divertida la aventura de colaborar con ETA. Por ejemplo, resultaba tan o más entretenido facilitar a ETA el robo de la multicopista de una institución universitaria que tomar “potes” en Iturribide.
*También pensamos que la organización armada era “útil y a propósito” para la liberación del pueblo trabajador vasco, por utilizar hoy una expresión muy al uso por aquel entonces. ETA era una organización buena para alcanzar un objetivo político: la derrota de la dictadura franquista y la conquista de la democracia. El otoño de 1968 y en Bilbao Ignacio Ellacuría, seguramente a su pesar, nos reforzó esta convicción a algunos cristianos que le escuchábamos. Le oímos decir que, “en una situación desesperada, en una situación límite”, el recurso a la violencia subversiva, como había hecho el sacerdote Camilo Torres, era “una tentación, pero no pecado”. Escuchamos su intervención desde una percepción de la realidad vasca de la violencia, que podría resumirse de la siguiente manera: la situación estructural de violencia de la dictadura franquista había provocado la violencia subversiva y reactiva de ETA, que ya se había cobrado las vidas del guardia civil José Pardines (junio 1968) y del comisario Melitón Manzanas (agosto 1968); y ésta había excitado la habitual violencia represiva de la guardia civil que acababa de matar al primer militante de ETA: Txabi Etxebarrieta (junio 1968). Con toda naturalidad colegimos de sus palabras que la violencia de ETA era “tentación, pero no pecado”, pues vivíamos en una situación límite y desesperada y estaban en juego valores superiores como los derechos humanos y democráticos.
*El paso del tiempo me ha llevado a la convicción de que la «bondad» de ETA solo se encuentra en su naturaleza o género: el propio de una organización exterminadora de la vida. ETA ha sido muy “buena” a la hora de matar, victimar, extorsionar, aterrorizar, producir sufrimiento, deshumanizar, fanatizar etc. allí por donde ella pasaba Y todo lo contrario, es decir, muy “mala” a la generar vida, libertad, justicia, fraternidad y democracia. Pocas personas y grupos con talante democrático advirtieron a tiempo el peligro latente que encerraba la violencia etarra antes de 1975, fecha de la muerte de Franco. Y menos aún, las personas y grupos de izquierdas o progresistas, como se dice ahora. En el periodo posterior, el de la transición democrática, a duras penas se fue abriendo paso otra toma de conciencia. No fuimos clarividentes para reconocer a tiempo la imparable fuerza de destrucción y muerte, que encerraba aquella violencia de reacción contra la dictadura, inaugurada oficialmente el 31 de julio de 1959.
En esta cuestión me parece imprescindible la autocrítica. En la actualidad hay voces empeñadas en hablar de una ETA «buena» y de otra «mala». Casi siempre hacen coincidir el cambio de rasante con el momento histórico en el que personal o colectivamente ellos abandonaron la lucha armada o adoptaron una actitud crítica y beligerante contra ETA. Se ignora o se olvida que quizás es posible desistir de la lucha armada, arrepentirse de haberla utilizado, criticarla después de haberla justificado y reconocer el error; pero es imposible detener esa dinámica de muerte y de destrucción que un día ETA puso en circulación en Euskadi y que ha terminado siendo terrorismo puro y duro. Esa fuerza devastadora se independizó de la voluntad de quienes la dieron vida y convivieron con ella con absoluta naturalidad durante un tiempo. En los últimos 42 años ha producido un sinfín de estragos humanos irreparables. Y hoy todavía es una amenaza mortal para numerosos ciudadanos vascos y españoles; y un factor deshumanizador de otro número importante de ciudadanos vascos que en su afán de legitimar la violencia han terminado siendo ellos mismos víctimas de su poder destructor. La violencia etarra ha producido y sigue produciendo consecuencias objetivas y subjetivas inaceptables.
La historia de ETA marca un antes y un después en la experiencia de ser vascos. Nuestros cuarenta últimos años están marcados a fuego por su barbarie terrorista. De su violencia podemos distanciarnos personalmente, pero sin liberarnos del todo de sus daños y heridas. Durante un siglo, como vaticinaba Bernardo Atxaga, cargaremos con todo ello en nuestra conciencia y pensaremos que nunca tenía que haber existido violencia en el País vasco. Nos ocurre lo mismo que a los alemanes con Auschwitz, a los norteamericanos con Vietnam o a los argentinos con los desaparecidos. La experiencia de la violencia nos ha cambiado, impregna nuestro inconsciente individual y colectivo, dicta “a prioris” y dirige reflexiva o impensadamente comportamientos colectivos. No somos lo que fuimos y el regreso a la paz y a la reconciliación, si alguna vez se produce, no será ninguna operación retorno. Cuando se desciende a los infiernos del horror ya nada vuelve a ser lo mismo. Ni que decir tiene que esta visión también ha cambiado aquellas dos primeras perspectivas sobre la bondad de ETA.

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