jueves, 25 de octubre de 2012

PAZ EN COLOMBIA - por José Arregi

El 18 de Octubre se constituyó formalmente en Oslo, Noruega, la mesa de negociaciones de paz entre las FARC y el Gobierno colombiano. Las negociaciones propiamente dichas se iniciarán en La Habana, Cuba, el 15 de Noviembre. Después de 50 años, y después de tres intentos fallidos de negociación, casi todos respiramos con alivio y una contenida esperanza de que esta vez será la buena, llegará la paz. ¡Bendito sea Dios, que es como decir la Paz sin medida ni término para todas las criaturas! ¡Bendita sea Colombia con sus escarpadas cordilleras y sus majestuosos ríos, su inmensa biodiversidad, sus numerosas etnias y lenguas! ¡Benditos sean sus pasos decididos hacia la paz, la paz tan anhelada, todavía tan insegura, y tan merecida después de 50 años, después de tanto miedo y de tanto dolor! Para llegar hasta aquí, han salvado innumerables obstáculos que parecían insalvables. La guerrilla degeneró muy pronto y dejó de lado en buena medida aquellos ideales de justicia que en un tiempo parecieron justificar el conflicto armado. Buena parte de los representantes del pueblo y muchos gobiernos supuestamente democráticos se han dejado corromper de lleno por el dinero y han ejercido el terrorismo del Estado bajo excusa de combatir el terrorismo. Muchos declaraban que con los terroristas no se ha de negociar, pero ya sabemos que los que así hablan no tienen reparos para negociar y hacer negocios con los mayores terroristas cuando el interés económico lo recomienda o cuando la relación de fuerzas militares lo impone. Muchos preferían seguir con la guerra como medio de vida o como medida de fuerza para lograr sus objetivos. Aún en vísperas de dar inicio a las negociaciones formales de paz en Oslo, ha habido acciones violentas, con muertos y muchos heridos. Más muertos y heridos inocentes. No debe haber más. ¡Ya basta! Para llegar hasta aquí, todos han debido convencerse primero de que no se puede llegar a la paz sino a través de la justicia y de que no se puede llegar a la justicia sino a través de la paz. De que no puede haber paz en Colombia si no se reparten mejor sus inmensas tierras tan hermosas, y si no se devuelven las que han sido arrebatadas por la codicia y las armas. Y de que nunca se erradicará el narcotráfico si no se ofrecen a los cultivadores de coca condiciones para vivir dignamente con otros cultivos. ¡Ojalá todos nos convenciéramos por fin! ¡Ojalá gane la paz! Solo así ganará Colombia, ganarán todos. Mienten quienes dicen que la paz verdadera exige que haya vencedores y vencidos. Sigue siendo un lenguaje de guerra, y la guerra nunca ha servido para hacer la paz. Es seguro que las FARC no se hubiesen sentado a la mesa si albergaran esperanzas de vencer al ejército, y que tampoco el Gobierno se hubiese avenido a negociar si tuvieran la certeza de vencer a la guerrilla. Así vamos, y así nos va. Pero ya es hora de cambiar de registro, de creer en otro futuro y de crearlo, de dar un salto de civilización, de ponerse en el lugar del otro, de honrar la humanidad, de pasar del afán de victoria al anhelo de paz. He escuchado a Humberto de la Calle, delegado del Presidente colombiano Santos, decir en Oslo: "No se trata de que las FARC depongan las armas, sino de que las sigan defendiendo en democracia, sin necesidad de rendirse, ni plegarse a nuestras ideas". ¡Enhorabuena, caballero! Hay que sentirse fuerte y hay que confiar en el otro para hablar así. ¿Cuándo sucederá eso en todas partes donde hay guerra o conflicto? ¿Cuándo nos convenceremos de que con la paz ganamos todos y de que nadie gana sin una paz justa? Hoy recuerdo con pena a todos los muertos y me importa poco en qué bando luchaban. Recuerdo con dolor a los millones de desplazados por la misma violencia con distintos nombres y justificaciones diversas: guerrilla, ejército, paramilitares, terratenientes, narcotráfico. Recuerdo con emoción a Wilson, tendido en la tierra boca abajo atravesado por ocho balas junto a la puerta de la capilla en Yunguillo, arriba del Caquetá, y a su madre y a su hermano pequeño llorando por la noche en el humilde oratorio y en la humilde mesa de los franciscanos. Te saludo, hermosa tierra de Colombia, con tus tres cordilleras, tus nevados y valles y llanos inmensos, con tu Cauca y Magdalena, con tus mares, ríos y quebradas, tus esteros y manglares, con tus ceibas, yarumas y guayacanes, con tus mangos y guanábanas, tus maracuyás y papayas, con tus colibríes, azulejos y cardenales, con tus ciudades y veredas, con tus decenas de etnias y de lenguas, con tus gentes de todos los rasgos y colores, con tu yuca y tus arepas, con tus matriales y maguarés, tus marumbas y cucunos. Hoy te saludo y me alegro contigo. También te saludan, querida Colombia, y se alegran contigo y te desean la paz la garza gris que acaba de descender lentamente, en suaves círculos, a la represa del Narrondo junto al puente, y la elegante lavandera blanca que corretea sobre la torre de ladrillo de la antigua tejería, frente a mi ventana, y la cerraja que ya se marchita entre sus ladrillos, pues aquí estamos en otoño. Volverá la primavera. Florecerá la paz. José Arregi

Dios y los campos de concentración - Matías Omar Ruz

Cuando conocí la ESMA y bajo las circunstancias en que la conocí (sobre esto escribí en una nota anterior), sabía que esa experiencia escalofriante sólo podría ser repetida o superada cuando visitase algún campo de concentración en Alemania. Hace más de un mes, visité por primera vez con mi madre el campo de concentración de Dachau. Fue el primer campo que mando construir Hitler y “modelo” de todos los que se construyeron después en Alemania y Europa (cerca de 2000), incluido el monstruoso campo de concentración de Auschwitz. El viaje no fue planeado, simplemente se dio, por eso no tuve mucho tiempo de anotar las preguntas que tenía para hacerle a Dios. Sin embargo, durante la visita al campo, no podía acallar ese deseo de preguntar, lo que muchos ya se han preguntado: “¿cómo pudo Dios permitir una cosa así?”, “¿dónde estaba Dios en aquel momento?”, “¿por qué dio la espalda a semejante barbarie?”. Preguntas por el estilo que se multiplican y por más que se den respuestas que intenten exculpar a Dios del problema, es imposible. Ni la libertad humana, ni la locura de un tirano, ni la ceguera de un pueblo, pueden ser justificativos que intenten dejar a Dios al margen del asunto. Sobre todo para los que creemos, para los que esperamos, confiamos y nos sentimos hijos de un Dios inmensamente amoroso, estas preguntas se tornan incómodas y hasta poco soportables, tan hondas y serias como la pregunta que alguien, que también era Hijo, hizo alguna vez en una cruz: “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Se podría describir y detallar minuciosamente cómo funcionaba el campo, a qué tipo de torturas se sometió a los judíos, incluso qué hacían los soldados nazis en sus tiempos libres, como si nada ocurriera. Pero lo que más me llamó la atención, lo que más me hace pensar y lo que más me motiva para cuestionar a Dios, es el nombre de una de las iglesias que hay dentro del campo. Terminada la guerra, rescatados los sobrevivientes, juzgados los nazis que se pudieron juzgar, y con el paso del tiempo, Dachau se convirtió, como todos los otros campos, en un espacio para la memoria. La gran cantidad de judíos y cristianos, entre ellos muchísimos sacerdotes como el padre Kentenich, que allí vivieron, murieron o sobrevivieron, motivó la construcción de un memorial para los judíos, una capilla católica llamada “La agonía de Cristo”, un convento de monjas carmelitas que rezan por la paz y donde se encuentra la Virgen de Dachau, una capilla rusa-ortodoxa que se llama “La Resurrección de Nuestro Señor” y una capilla evangélica que se llama “La iglesia de la reconciliación”. El nombre de esta última iglesia todavía me perturba. La reconciliación es un anhelo irrenunciable del cristianismo. Decimos que en la Pascua, Cristo nos reconcilió definitivamente con Dios por medio de su muerte y resurrección. Aquello que nos separaba de Dios, fue nuevamente restaurado por Jesús en la cruz. Este anuncio y esta realidad se actualizan en cada celebración eucarística pero es también una tarea permanente de los cristianos que esa reconciliación real y mística, se haga práctica. La tarea, el trabajo y el anhelo de reconciliación son el desafío constante allí donde hay relaciones deterioradas, maltrechas, insalvables, allí donde se generan víctimas y victimarios, allí donde el ser humano está desfigurado, pisoteado y aniquilado por la fuerza opresiva del violento. Por eso cuando leí en un cartelito, en el campo de concentración de Dachau, que la iglesia evangélica se llamaba de la “reconciliación”, no pude menos que preguntarle a Dios con una cierta sonrisa incrédula, si Él pretendía que las víctimas judías se reconciliaran con sus victimarios nazis; si Él pretendía que los niños y jóvenes sobrevivientes de los campos, que vieron morir a sus padres torturados y quemados en los hornos de incineración, que vieron cómo violaban a sus madres y las sometían a los más inhumanos ultrajes, que vieron cómo utilizaban a otros niños para los experimentos médicos más siniestros, que fueron soportando día y noche que sus ojos se llenaran de muerte, digo si Dios pretende que esos niños el día de mañana puedan estrecharse la mano con un nazi. Brevemente dicho: ¿puede una víctima reconciliarse con su torturador? ¿Cómo?, pero más importante: ¿para qué? Puse el ejemplo de los niños porque son los más inocentes de los inocentes, pero estas preguntas se hacen extensibles a todos los sobrevivientes o a los hijos de las víctimas que ya murieron. Nadie puede perdonar o reconciliarse en nombre de alguien que ya no está. Sólo puedo reconciliarme si soy consciente de ello, en nombre propio y por un acto pleno de libertad. Si la víctima ha muerto, su reconciliación es imposible. Tampoco existe reconciliación si se impone, o si el torturador sólo la busca para mantener la propia impunidad. La reconciliación sólo puede ser lograda cuando la víctima y el victimario dejan de serlo y en un acto de extrema magnanimidad, sobre todo de la parte débil, son capaces de vivir y construir un futuro en el mismo mundo. Sin ser pesimista o mejor, intentando ser un cristiano realista, hay que decir que algo así resulta difícil de lograr. Gracias a Dios, al esfuerzo de muchos, a la grandeza de muchas víctimas y al arrepentimiento sincero de muchos victimarios, ha sido posible. Lo que yo me pregunto, y lo hago como alguien que intenta reflexionar la fe, es qué pasa cuando esa reconciliación es imposible, qué pasa cuando la víctima murió sin perdonar o el victimario sin pedir perdón, o cuando la víctima no quiere o no puede perdonar y el victimario se cierra en su propia autojustificación. En este caso la reconciliación se topa aquí con una barrera infranqueable. Pero como no quiero renunciar ante lo imposible, como “creo” que la reconciliación podría ser realizada por Alguien que ame más de lo que nosotros podemos, es por eso que sólo puedo sostener como creyente la existencia de algo así como un “purgatorio”, en vistas a la reconciliación. La única razón existencialmente sostenible y plausible para mantener la doctrina del purgatorio, es si ahí puede darse el paso inicial a una reconciliación que en la vida no pudo darse. Sólo mantendría la existencia de algo así como un purgatorio, si la víctima y el victimario dejan allí de serlo. De lo contrario, el purgatorio me resulta un dato irrelevante. En el caso del torturador, se podría concebir el purgatorio como aquella dimensión del amor de Dios en donde la persona sufre ese amor para transformarse en una nueva creatura, despojada del más siniestro lastre que tanto sufrimiento ocasionó en la vida de las víctimas. Me viene a la memoria un texto de la mística Adrianne von Spyer, donde hablando precisamente del purgatorio utilizaba la imagen del médico y su escalpelo aplicado al amor purificante de Dios. De cara a Dios, la persona sufrirá su amor para ser purificado, del mismo modo que el paciente padece el escalpelo del médico, para ser sanado. Creo que eso va a pasar con el torturador. En un acto de puro amor pasivo en donde la libertad aún se conserva, la bestia experimentará ante Dios un tipo de sufrimiento nacido del amor para que la bestia se convierta en hijo pero también para que se convierta en hermano de la víctima y sus ojos se abran y se inunden de las más sinceras lágrimas de arrepentimiento. Por el lado de la víctima, concibo el purgatorio como aquella dimensión del amor de Dios en dónde el sufriente se siente valorado, estimado, fortalecido y defendido en sus más elementales derechos como persona. Algo que en su vida no ocurrió y que sólo después de la muerte puede ser restituido por Dios. Pero también en un purgatorio así, la víctima, con su mirada castigada por el sufrimiento, recuperaría otro tipo de mirada para reconocer en el torturador, ya no a quién le ocasionó el dolor, sino con quién puede compartir un futuro definitivo, sólo porque Dios lo ha hecho posible. En síntesis, concibo y sostengo el purgatorio sólo como espacio de reconciliación. Evidentemente que esto no debe alterar ni disminuir el trabajo de reconciliación que debemos llevar aquí adelante, entre nosotros, en este mundo donde las divisiones todavía golpean fuertemente. Pero el cristiano tiene la obligación de sostener que lo que no podemos hacer nosotros, lo puede hacer Dios. Y Dios lo puede hacer, “ahora”, a través nuestro, o “después” de la muerte en esa dimensión del amor sanante y definitivo que se llama purgatorio. En la Capilla de la Reconciliación de Dachau, le pedí a Dios que por favor exista para que nadie pueda experimentar en su vida la tortura de no ser amado. Matías Omar Ruz

¿Qué es la verdad? Horacio Walter Bauer

Frente a frente Pilatos y Jesús exhibieron facetas irreconciliables de órdenes esencialmente contradictorios. Mientras el hebreo humilde decía que su reino no era de este mundo, al que había venido “para dar testimonio de la verdad”, el representante de Roma exhibía su poder omnímodo y cruel. Al recordar este capítulo evangélico, el autor Horacio W. Bauer también nos invita a reflexionar sobre un trágico y cercano ciclo de nuestro país Horacio Walter Bauer / Abogado Momento patético –si lo hubo- fue el del encuentro de Jesús ante Pilatos. Narra Juan en su Evangelio (Cap. XVIII) que entregado por Judas –en el huerto contiguo al torrente Cedrón- Jesús fue prendido y atado por la Guardia y los satélites de los sumos Sacerdotes y de los fariseos. En los instantes previos impidió la resistencia intentada por Simón Pedro y puso a salvo a sus discípulos. Conducido primero a la casa de Anás y de allí a la del yerno de éste llamado Caifás y Sumo Sacerdote de aquel año, que había dado a los judíos el consejo: “Conviene que un solo hombre muera por el pueblo”(1) . El Sumo Sacerdote interrogó a Jesús sobre sus discípulos y sobre su enseñanza. Jesús respondió: “He hablado al mundo públicamente, enseñé en las sinagogas y en el Templo, adonde concurren todos los judíos y nada he hablado a escondidas. “¿Por qué me interrogas a Mí?” Por respuesta un satélite le dio una bofetada. Entretanto Simón Pedro, calentándose con el fuego encendido por los criados del palacio del Pontífice, oía cantar un gallo después de su triple negativa sobre su vinculación con el apresado. De madrugada condujeron a Jesús al pretorio donde los judíos no entraron para no contaminarse y poder comer la Pascua. La situación se tornó embarazosa. El grupo opresor aducía carecer de competencia para ordenar la muerte de Jesús ya que el derecho romano había privado al Sanedrín del derecho de vida y muerte. Por su parte el gobernador del César no encontraba ningún delito imputable al detenido. Frente a frente Pilato y Jesús exhibieron facetas irreconciliables de órdenes esencialmente contradictorios. El del deber ser formulado por un imperio articulado por retóricos y legistas, que hacían de la conquista y dominio la expresión máxima de su propósito, creencia y placer. Confrontando con un hebreo humilde que señalaba que su reino no era de este mundo, al que había venido para dar testimonio de la verdad. “Todo el que es de la verdad escucha mi voz” dijo Jesús. “¿Qué es la verdad?, preguntó Pilato y salió de la escena para conversar con los judíos.” Hasta aquí el Evangelio de Juan. Giovanni Papinni en su Historia de Cristo escribió: el escéptico romano que acaso ha asistido repetidas veces a las discusiones interminables y se ha persuadido oyendo tanto lucubraciones metafísicas contradictorias y tantas cavilaciones sofísticas, que la verdad no existe y que en caso de existir no es dado a los hombres el conocerla, no se imagina por un instante siquiera que pueda decir la verdad ese obscuro hebreo que le está presente como un malhechor. No pareciera que la problemática entre el procurador y el procesado girara en torno a la concepción de Aristóteles –que siguiendo a Platón- enseñara que: “Decir de lo que es que no es o de lo que no es que es, es falso. Así como decir que lo que es es o que lo que no es no es, es verdadero.” Es decir, no estaba presente el cuestionamiento de la propiedad de ciertos enunciados sino la correspondencia entre lo dicho y aquello de lo que se hable. Cristo manifestó que daba testimonio de la verdad. Verdad (emunaah) entre los hebreos significaba confianza, fidelidad y su contrario: infidelidad, decepción. De ese modo la verdad pensiona el “así sea” (amén). No algo que es, como es propio del pensamiento griego que con su “aletheia” quiere descubrir lo que oculta el velo de la apariencia. Se tiene la impresión que el escepticismo de Pilato –mundano a rajatabla- es de orden filosófico y por supuesto descreyente de fe trascendental. Le resbaló algo que sonaba a “verdades eternas” y como explicaría Heidegger lo confundió un sujeto absolutamente idealizado con la “idealidad del Dasein” fenoménicamente fundada…”. Incipientes perspectivas entonces de “restos (hoy) de teología cristiana que hasta ahora no han sido plenamente radicados de la problemática filosófica” (conf. parág. 44 de “Ser y Tiempo”, c. el modo de ser de la verdad y la presuposición de la verdad.). El pensador de la Selva Negra también afirmó en la misma obra y sección que “un escéptico no puede ser refutado de la misma manera como no se puede demostrar el ser de la verdad”. En cambio, entre esos “restos” de teología cristiana figuran algunos primorosos que no necesitan recurrir a ningún “proyecto arrojado” (MH) para navegar procelosamente entre la verdad y la no verdad que entre el ser y el no ser. Una joven delicieux simplemente escribió: “no he hecho jamás como Pilato que no quiso oír la verdad …Oh Díos mío, yo quiero oídos, respóndeme, os suplico, cuando os digo humildemente: ¿Qué es la verdad? Haced que vea las cosas tal como son y que nada me deslumbre” (Novissima Verba, 1926) Ejemplo categórico de pensamiento griego y justificado por la fe. (Apóstol Pablo, Rom. III-27 y conc.). Del filósofo belga Pierre de Roo aduce que “la verdad es una artimaña que sirve de pretexto para crímenes de lesa humanidad.” Sin embargo el apotegma no es aplicable para el crimen de lesa humanidad cometido por la cópula sanedrín-pretorio, contra un inocente llamado Jesús. Sucedió en la ciudad Santa de Jerusalén durante el reinado de Tiberio. Otras cuestiones y no la verdad estuvieron en juego. (1) Antecedente singular de la extensión plural propuesta por el general J.R.Videla en 1975, poco antes de asumir la presidencia del Proceso de Reorganización Nacional en la Argentina. Ese militar católico romano, de comunión frecuente, declaró: “En Argentina deberán morir todas las personas que sean necesario para recuperar la paz” (conf. ¿Adonde va la verdad? Artimañaza, violencia y filosofía – Pierre de Roo - Wald Hutter Edit., Bs.As. 2011 pg. 211) Fuente: El Arca digital

martes, 2 de octubre de 2012

Infancia clandestina


Cine: Recuerdo admirado y dolido

por Sendrós, Daniel  - PUBLICADO EN REVISTA CRITERIO 
Infancia clandestina, dirigida por Benjamín Ávila (coproducida por la Argentina, España y Brasil), relata el paso de la infancia a la adolescencia de un chico que pertenece a una familia de militantes montoneros en 1979.sendros-2“Mi nombre era Sergio, y tenía 7 años, no 11. No sé en qué pueblo de la provincia vivíamos. La escena de la llegada de la abuela al cumpleaños, es tal cual la viví. Pero discusión, no hubo. Tampoco hubo en mi vida un romance infantil con la compañerita de escuela. Tenía una compañerita que vivía cerca, pero nada más. Luego, cuando dejan al chico frente a una casa en plena noche, eso es similar a lo que me tocó. Ni siquiera estaba seguro si era la casa de mi abuela. Podía ser de ella, o algún otro familiar que me protegiese, o podía ser una trampa. Y la hermanita del chico en la película tiene la edad de mi hermanito en 1979, nueve meses. Lo rencontramos, por suerte, en 1984”.
Esas son algunas aclaraciones que da Benjamín Ávila cuando le preguntan cuánto tiene de autobiográfico su película. Según reconoce, en algunos aspectos es tan literal que más de una vez, durante el rodaje, se sintió embargado de incontenible emoción. Desde adolescente soñaba hacer esta película, necesitaba hacerla. Ver representado lo que vivió. Hacerlo entender. Y, precisamente para que se entienda mejor, puso la escena de la discusión entre la abuela que teme por los suyos y la hija que se siente segura de su lucha, pero sin que ninguna de las dos pegue un portazo. Al contrario, aunque ninguna cambie de opinión ni logre convencer a la otra, ambas se abrazan.
De igual modo aumentó la edad del niño protagonista, así queda claro que el niño sabía en qué andaban sus padres, y se sentía parte de lo mismo, pero por otro lado también empezaba a tomar sus propias decisiones, y a vivir sus propios amores. Porque ésta es una película de amor. Así lo dice la propia gacetilla de lanzamiento: “Juan está clandestino. Al igual que su mamá, que su papá y que su adorado tío, fuera de su casa tiene otro nombre. Juan, en la escuela, se llama Ernesto. Y conoce a María, que tiene un solo nombre. Basada en hechos verdaderos, en la Argentina de 1979, esta película es ‘una de amor’”. También hay otra gacetilla: “Un niño puede imaginar muchas cosas. Una torta de cumpleaños con un arma adentro. Viajes a otros lugares con misiones secretas. Una familia falsa donde siempre, pero siempre, todos mueren porque sí. Un héroe que nunca vence a los malos. Un niño igual a él pero con otro nombre. Una niña que se enamora del chico equivocado. Puede imaginar eso y mucho más. Pero qué puede imaginar Juan, un niño para el que todo esto es su realidad”.
Infancia clandestina puede verse desde afuera como el recuerdo traumático de un error histórico que llevó a la muerte a miles de ilusos y de inocentes. Puede verse desde adentro como el recuerdo melancólico y estremecedor de un momento de entusiasmo y fortaleza, cuando los padres transmitían seguridad en el inmediato porvenir, firmeza en el sacrificio, y esperaban alegres el combate. Puede verse desde el ahora, cuando ya sabemos lo que había detrás y lo que pasó después. Y puede verse desde el corazón, como el recuerdo admirado y dolido del autor hacia sus padres, y hacia su propia infancia y la de muchos otros chicos como él, acá y en otras partes.
Ni elogio absoluto, ni total reproche. Ávila recuerda la cuestión de las armas, las equivocaciones, el crecimiento acelerado, el miedo, pero también el sentimiento de unión, las alegrías, el calor de hogar. Su película, enteramente bien hecha, tiene un nervio admirable, una franqueza enorme, un cariño viril de hombre que ya superó la edad de sus mayores pero sigue evocando naturalmente el amor con que lo cuidaron y le hicieron un lugar en el ruedo. Su obra tiene momentos de éxtasis familiar, de lirismo íntimo, que la vuelven universal. Sí, también es una película política, pero no en el sentido reduccionista que algunos quisieran. Lo es, en el sentido de la superación por el amor.
Además, corresponde decir, las actuaciones son excelentes, el ocasional empleo de dibujos para remplazar o apurar ciertas situaciones es todo un acierto de gran fuerza dramática, y es simplemente inolvidable el momento en que la madre, muy bien interpretada por Natalia Oreiro, canta con sencilla dulzura el valsecito discepoliano “Sueño de juventud”. Así también como dice la letra del vals, el autor parece haber dicho, pensando en su madre perdida a los siete años, “Yo acunaré en un canto tu inmensa ternura, buscando en mi cielo tu imagen de ayer”. Cuando, junto a los créditos finales de la película, aparecen las pocas fotos de infancia que él pudo conservar, bueno, es difícil ver ese final sin que se nublen los ojos.
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sábado, 29 de septiembre de 2012

La tarea que falta para reparar la memoria - Héctor Ricardo Leis


La violencia de los 70

Las víctimas de una guerra entre naciones enemigas no se reencuentran jamás, ni tienen por qué. Su tierra, sus costumbres, sus raíces no son iguales. No es ése el caso de las víctimas de una guerra civil o de luchas intestinas dentro de una nación.
En el caso de la Argentina, las más de diez mil víctimas de la violencia política que hubo entre el 28 de junio de 1966 (el comienzo de la llamada Revolución Argentina) y el 10 de diciembre de 1983 (el retorno de la democracia) son registradas como si una parte de los muertos hablase un idioma y tuviese una bandera y un himno diferentes de los de la otra. Son pocos los que se animan a tomar conocimiento de que hubo una lucha entre argentinos.
En el período mencionado había muchos actores políticos enfrentados. La violencia, la ideología y el odio los fragmentaban en muchos pedazos, y quizá por eso no se reconocieran como argentinos. Pero el tiempo pasó y es hora de reconocerlo.
La democracia es un juego político entre ciudadanos vivos y no entre muertos. La Argentina se condena a no tener futuro si sus ciudadanos buscan su fuente de inspiración entre los muertos. El caso argentino es grave, porque algunos vivos apelan a los muertos no para honrarlos o criticar su papel en la historia, sino para mejor justificar lo que ellos quieren hacer. Esto se torna especialmente perverso cuando los muertos fueron víctimas de luchas entre argentinos.
El uso de la memoria de esas víctimas, que pertenecen claramente a otro contexto, envenena la atmósfera política de la democracia. Y este uso indebido de la memoria no proviene de un único actor. Lamentablemente, se encuentra tanto en el Gobierno como en la sociedad civil y los partidos políticos, tanto en los ex militares como en los ex guerrilleros.
El registro histórico puede y debe diferenciar las intenciones, objetivos y actos de cada una de las víctimas, así como de los sobrevivientes. En ambos casos, cabe el análisis crítico y público de su comportamiento en ese período. Si se encontraran responsabilidades criminales entre los que aún están vivos, ellos deben ser juzgados y punidos de acuerdo con los crímenes cometidos. Pero la enemistad que sobrevive entre los vivos no puede ser trasladada a las víctimas. Cualquiera haya sido el papel o el pensamiento de una víctima en el pasado, si ella hoy estuviera viva podría pensar y sentir de forma diferente. Es propio de la condición humana cambiar de opinión. Por lo tanto, nadie tiene derecho a hablar por los muertos. Si ellos no pueden hacerlo, entonces nadie puede.
Las responsabilidades criminales por una guerra interna son individuales y selectivas, pero la responsabilidad moral es siempre colectiva, de la nación como un todo. Aun los que no toman las armas tienen responsabilidades. Cada uno puede pensar lo que quiere en provecho propio, pero es un hecho indudable que la guerrilla tuvo apoyo popular, así como los gobiernos que la combatieron, militares o civiles. La responsabilidad moral por la violencia política en la Argentina es, por lo tanto, de todos los argentinos. Su herencia, también.
Contra esa responsabilidad colectiva atentan los que se consideran herederos, por separado, de los principales actores del enfrentamiento armado de los años 70, imaginando de alguna manera que esos conflictos no están concluidos. Ellos no reconocen que las víctimas del otro lado son argentinas porque todavía conservan la esperanza de eliminarlos totalmente de la historia, sin dejar recuerdo de su presencia.
No serán rotas las cadenas que nos atan al pasado de resentimiento y muerte de aquellos años mientras la responsabilidad colectiva no sea asumida. Las víctimas de esa guerra son de todos y es fácil probarlo. ¿Acaso alguno de los argentinos (presentados en orden alfabético) de la breve lista que sigue es menos argentino que los otros? Jorge E. Cáceres Monié, militar; Bruno Genta, profesor; Arturo Mor Roig, político; Carlos Mugica, sacerdote; Rodolfo Ortega Peña, abogado; José Ignacio Rucci, sindicalista; Julio Troxler, policía.
Cada uno de ellos murió no por lo que hizo sino por lo que representaba. Eran argentinos que pensaban y actuaban políticamente de forma diferente de sus asesinos, pero su sacrificio fue el mismo. No fueron muertos por las mismas manos, pero todos murieron de forma ignominiosa bajo un gobierno democrático, entre los años 1973-1975. Esto nos dice que la democracia también puede adoptar formas viles en las que la vida vale poco. La lucha en la Argentina no fue sólo trágica, sino también confusa, y la lista de las víctimas es más confusa aún.
La tarea inconclusa se percibe con facilidad a partir de la lista anterior. Por increíble que parezca, esas víctimas no son registradas en un memorial o lista común. En la Argentina todavía se reivindica a las víctimas por separado. Cada uno quiere colocar en el Altar de la Patria exclusivamente a sus víctimas y que sólo ellas sean reconocidas como luchadores por la libertad y la democracia, negando ese derecho a las otras, a pesar de que todos los actores enfrentados se masacraron mutuamente de forma ilegal y por medio del terror durante todo tipo de regímenes políticos.
Después de una guerra intestina, la nación debe dejar a los muertos en paz. Su sacrificio puede haber sido inútil o bestial, heroico o banal, pero aun así les debemos a las víctimas -y sólo a las víctimas- un recuerdo sin manipulaciones de ningún tipo. Los vivos no pueden hablar por los muertos, como pretenden los fundamentalistas de la memoria. Insisto, no sabemos lo que los muertos estarían pensando ahora si estuvieran vivos. Mi caso es un ejemplo: si hubiera muerto como montonero -lo fui hasta noviembre de 1976, cuando abandoné las filas de la organización-, probablemente otros estarían hablando por mí. Se equivocarían, pues con el tiempo fui progresivamente distanciándome de mi pasado. Me pregunto cuántos otros argentinos están hoy también distanciados de su pasado, sean militares, guerrilleros o simplemente simpatizantes, pero no se animan a confesarlo en virtud de los pactos mafiosos de autopreservación imperantes en ambos lados.
Listar juntas a todas las víctimas es la única manera de desarmar a los fundamentalistas de la memoria instalados en nuestra sociedad y que se retroalimentan de forma maniquea y resentida. Esa lista común ayudará también, sin duda, a la mayoría de los argentinos a recuperar la dimensión de la realidad de aquellos años.
Los argentinos no pueden rumiar hasta la eternidad sobre el pasado violento habido entre 1966 y 1983. Un memorial conjunto de las víctimas, sin excluidos de ningún tipo, ni de inocentes ni de culpables, que incluya desde los soldados muertos en el asalto al regimiento de Formosa hasta los estudiantes secundarios desaparecidos en La Plata, desde los militares hasta los guerrilleros, abriría la posibilidad de un nuevo comienzo, de un ciclo de paz sin resentimientos. Quien no desea esto es una minoría, y no importa aquí hacer nombres. Pero es fácil descubrir quiénes son: basta ver quiénes son los que hablan en nombre de las víctimas.
Que haya entonces, en mármol o papel, una lista única por orden alfabético registrando apenas los nombres y la fecha en que murieron o desaparecieron esos argentinos y argentinas. No son sus hechos o pensamientos lo que importa, sino su sacrificio.
Corresponde a nosotros, ciudadanos, construir la voluntad necesaria para demandar esta tarea al Estado argentino. A él compete realizarla, independientemente de quien lo gobierne.
FUENTE: LA NACIÓN

Las cuatro memorias - Por Luis Kancyper


(Miembro titular de la Asociación Psicoanalítica Argentina. Autor de Resentimiento terminable e interminable y otros libros)


Entre los pliegues de la “cambiante forma de la memoria que está hecha de olvido” (Borges, “Los conjurados”) distingo cuatro memorias: la del rencor, la del pavor, la del dolor, y la memoria del esplendor. Mientras que las memorias del rencor y del pavor permanecen refractarias al olvido, al perdón y al trabajo del duelar, las memorias del dolor y del esplendor integran al pasado en una diferente reestructuración afectiva espacial y temporal y propician el duro, lento e intrincado trabajo de elaboración de los duelos.
Las diferencias entre las memorias del esplendor, del rencor, del pavor y del dolor resultan elocuentes y sus efectos suelen determinar, en gran medida, la identidad del individuo y de los pueblos. En la memoria del esplendor, los recuerdos de la historia vigorizan las tres dimensiones del tiempo. El esplendor de esta memoria se basa en el hecho que la dimensión del pasado ilumina con su resplandor al presente y, al mismo tiempo, el futuro se reabre con un sentimiento oceánico y mágico a la vez. Podemos pensar que la memoria del esplendor guarda cierta semejanza con la imagen borgeana del Aleph. Es un acontecimiento en el que conviven, en un momento y espacio de fulgor y con felicidad, los tres tiempos cronológicos, sin aparente superposición ni contradicción.
En El poeta y la escritura, Borges pone de manifiesto la fugacidad de la felicidad que participa en la memoria del esplendor:
“La poesía se ha dedicado en buena parte a lamentarse; yo diría que hay un solo poeta que ha cantado la alegría presente, es el gran poeta español Jorge Guillén. Uno siente que él está cantando, que al escribir se siente muy feliz. En general se ha preferido deplorar la felicidad perdida, paraísos perdidos; en cambio Guillén ha hecho, hace gustar esa maravillosa proeza de cantar la felicidad presente, cosa que nadie parecería haber hecho. Porque en el caso de Whitman uno siente que se impuso la tarea de ser feliz, pero que posiblemente fuera un hombre desdichado. Y quizá la desdicha sea mejor material que la felicidad, porque la derrota es mejor material que la victoria, porque la derrota tiene que ser transformada en otra cosa, la desdicha también. La felicidad, en cambio, es un fin en sí mismo y no necesita ser cantada; ya es una suerte de canto la felicidad. Sus visitas son tan fugaces que debemos agradecerlas cuando llegan. Uno debe aceptar esas rachas de misteriosa felicidad y agradecerlas de igual modo que uno debe aceptar siempre la dicha, la amistad, el amor, aunque se sepa indigno de ellos”.
Mientras que el pasado, en la memoria del esplendor, arroja luz hacia el presente y el futuro, en las memorias del rencor y del pavor el pasado eclipsa las otras dos dimensiones del tiempo. En la memoria del rencor, presente y futuro permanecen hipotecados para reivindicar un injusto pasado que se reinfecta por el accionar de los resentimientos y remordimientos incandescentes y compulsivos (Kancyper L., Resentimiento terminable e interminable, Buenos Aires, Lumen, 2010).
En esta memoria diferenciamos dos tipos diferentes: la memoria del rencor comandada por resentimientos y remordimientos conscientes y manifiestos (como en el cuento “Emma Zunz”, de Borges) y aquella otra memoria del rencor en la que los resentimientos y remordimientos se hallan latentes, encubiertos o enmascarados (como en “Funes el memorioso”).
En la memoria del rencor prevalece la esperanza reivindicatoria. En cambio, en la memoria del pavor las reminiscencias traumáticas empantanan presente y futuro con un pertinaz sentimiento de desconfianza. El presente no se vive como un verdadero presente, lo que implicaría un anclaje actual y perspectivas de futuro. El mnemonista del pavor es un forastero acosado de los caminos. No puede permanecer ni pertenecer en un lugar y en un tiempo sostenidos, le resulta imposible entablar vínculos confiables.
Jorge Luis Borges en su poema “El amenazado” describe ese mismo destino infausto del mnemonista del pavor que, como pasajero en tránsito, peregrina en busca de un futuro perdido. Este poema, escrito en 1972, sería, en gran medida, un lamento de amor por el amar imposible. El narrador borgeano no puede establecerse en una relación de amor confiable porque resulta ser rehén de la pavorosa memoria del “horror de vivir en lo sucesivo”:
“Es el amor. Tendré que ocultarme o que huir. Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz. La hermosa máscara ha cambiado, pero como siempre es la única. ¿De qué me servirán mis talismanes: el ejercicio de las letras, la vaga erudición, el aprendizaje de las palabras que uso, el áspero Norte para cantar sus mares y sus espadas, la serena amistad, las galerías de la Biblioteca, las cosas comunes, los hábitos, el joven amor de mi madre, la sombra militar de mis muertos, la noche intemporal, el sabor del sueño?
“Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo. Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente, ya el hombre se levanta a la voz del ave, ya se han oscurecido los que miran por las ventanas, pero la sombra no ha traído la paz. Es, ya lo sé, el amor: la ansiedad y el alivio de oír tu voz, la espera y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo. Es el amor con sus mitologías, con sus pequeñas magias inútiles. Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar. Ya los ejércitos me cercan, las hordas.
(Esta habitación es irreal; ella no la ha visto.) El nombre de una mujer me delata.
Me duele una mujer en todo el cuerpo.”
El destino del sujeto apresado por la memoria del pavor se halla regido por el accionar inconsciente de angustias de desvalimiento y de muerte que no alcanza a domeñar, a diferencia de la angustia de castración que comanda a la memoria del dolor.
En ésta no se olvida el pasado, pero se lo admite y acepta lo perdido como lo irrecuperable y resignable, lo cual posibilita el pasaje al presente y a un futuro posibles no idealizados. En la memoria del dolor, el pasado deja de ser presente para transformarse en experiencia pasada, ya que sólo de esta manera se lo puede considerar como una experiencia útil frente al presente. En cambio, el mnemonista del rencor se posiciona como una pretenciosa e injusta víctima por las frustraciones padecidas. Frustraciones, promesas e ilusiones incumplidas que lo legitiman para detentar un poder soberbio y reivindicativo, generando en la dinámica del campo intersubjetivo una tensa atmósfera de crispación, que suele exteriorizarse de un modo compulsivo a través de la queja, el litigio, el reclamo,el reproche y la venganza.
El mnemonista del dolor, a diferencia del mnemonista del rencor y del pavor, asume, por un lado, la pérdida de una vana esperanza planetaria, y por otro lado, la asunción de una otra realidad menos idealizada pero más acotada e imperfecta. En el poema “1964” Borges enfoca en cámara lenta la existencia del dolor y de la tristeza que se presentifican durante el trabajo de elaboración de un duelo normal:
“Ya no es mágico el mundo. Te han dejado./ Ya no compartirás la clara Luna/ Ni los lentos jardines. Ya no hay una/ Luna que no sea espejo del pasado,/ Cristal de soledad, sol de agonías./ Adiós las mutuas manos y las sienes/ Que acercaba el amor. Hoy sólo tienes/ La fiel memoria y los desiertos días./ Nadie pierde (repites vanamente)/ Sino lo que no tiene y no ha tenido/ Nunca, pero no basta ser valiente/ Para aprender el arte del olvido./ Un símbolo, una rosa, te desgarra/ Y te puede matar una guitarra.
“Ya no seré feliz. Tal vez no importa./ Hay tantas otras cosas en el mundo;/ Un instante cualquiera es más profundo/ Y diverso que el mar. La vida es corta/ Y aunque las horas son tan largas, una/ Oscura maravilla nos acecha,/ La muerte, ese otro mar, esa otra flecha/ Que nos libra del sol y de la Luna/ Y del amor. La dicha que me diste/ Y me quitaste debe ser borrada;/ Lo que era todo tiene que ser nada./ Sólo me queda el goce de estar triste,/ Esa vana costumbre que me inclina/ Al sur, a cierta puerta, a cierta esquina.
“Hay tantas otras cosas en el mundo”.
En la memoria del dolor se posibilita aprender el arte del olvido, y la apropiación del dolor puede convertirse en una fuerza dinámica capaz de propiciar la reconstrucción de un sentido propio y comunitario. Los duelos comandados por el dolor y no por el rencor ni por el pavor habilitan al sujeto a dar eficazmente vuelta la página de su historia repetitiva para habilitar entonces un nuevo comienzo.
Marc Augé otorga una función fundamental al olvidar. Señala “que es necesario; tiene un papel muy activo. Porque lo que se olvida va dibujando las formas de lo que se recuerda. Es como un trabajo de escultura. Lo que queda no es un recuerdo, simplemente, sino un recuerdo trabajado por el olvido”.
La definición del olvido como labor de cincelado del recuerdo toma otro sentido en cuanto se percibe como un componente actuante y secreto que opera en la configuración de la propia memoria y Borges señala precisamente este delicado balance ente el recuerdo y el olvido en su poema “Un lector”:
“Mis noches están llenas de Virgilio,/ Haber sabido y haber olvidado el latín/ Es una posesión, porque el olvido/ Es una de las formas de la memoria, su vago sótano,/ La otra cara secreta de la moneda...”
En efecto, el olvido y la memoria se dan en forma conjunta y se condicionan recíprocamente como el anverso y reverso de las monedas.
Pero el fugitivo del pavor, como así también la víctima y victimario del rencor, se regodean en una memoria que los atenaza y que no pueden olvidar, que no pueden mantener a distancia del consciente. Los mnemonistas del pavor y del rencor permanecen inquietos en el umbral de una irrefrenable huida y despedida. Borges, en Diálogos de vida y de muerte, señala la relevancia de la despedida: “Quizás el momento de la despedida es el momento más intenso en la relación entre dos personas. Cuando uno se despide de alguien, uno está más con esa persona que si uno la ve vulgarmente. Al mismo tiempo uno sabe que ésa es la última vez. Quiero decir que en la despedida se dan a la vez la máxima presencia y la máxima ausencia, ¿no?”.
* Miembro titular de la Asociación Psicoanalítica Argentina. Autor de Resentimiento terminable e interminable y otros libros.

jueves, 27 de septiembre de 2012


El conflicto armado más viejo de Latinoamérica

Colombia: Chéjov versus Shakespeare*

Colombia: Chéjov versus Shakespeare*
FARC. Fuerzas Armadas
Revolucionarias Colombianas.
Hace algunos años, siendo representante de mi país ante la Unesco, le escuché decir al delegado de Palestina lo siguiente: “Es más fácil hacer la guerra que la paz, porque al hacer la guerra uno ejerce la violencia contra el enemigo, mientras que al construir la paz uno debe ejercerla contra sí mismo”.
Santiago Gamboa / Escritor colombiano
Colombia: Chéjov versus Shakespeare*
Juan Manuel Santos, actual
mandatario colombiano.
En efecto, es violento darse la mano y dialogar con quien ha martirizado y herido de muerte a los nuestros, es violento hacerle concesiones a ese otro y reconocerlo como igual. Es muy violento, pero debe hacerse. Lo hicieron los bosnios y los serbios, lo han hecho en diferentes momentos palestinos e israelíes; el ser humano, en el fondo lleva siglos haciéndolo. No hay una pedagogía específica. Se debe hacer y en Colombia debemos arriesgar y hacerlo de nuevo, así otras veces haya salido mal y hoy no todos estén dispuestos.
El ex presidente Álvaro Uribe, por ejemplo, no lo concibe. Su única paz es la del sometimiento militar definitivo de la guerrilla, algo que no es imposible en la teoría pero sí bastante improbable en la práctica, como demuestra la experiencia de la mayoría de los procesos guerrilleros del siglo XX. A pesar de mi desacuerdo, en el fondo lo entiendo. Su padre fue asesinado y su hermano herido por las FARC, y por eso él actúa y piensa como víctima. Siente como víctima. Y pocas veces una víctima quiere o acepta que alguien le de la mano a su victimario.
Claro, Álvaro Uribe no es ni monje budista ni Jesucristo como para esperar de él una actitud de perdón y reconciliación que, por supuesto, tampoco está obligado a tener, pero el deseo de venganza, que sin duda contamina su opinión sobre el proceso de paz, debería permanecer en su esfera privada. Podría al menos declararse impedido para opinar en público sobre el tema. Y esto sin mencionar que, tal vez por su drama familiar, él se siente más inclinado al diálogo —como de hecho hizo en su gobierno— con los paramilitares.
Otros sectores menos radicales de la derecha toleran el principio del diálogo, pero hacen tales exigencias al gobierno de Santos que, en la práctica, equivale a poner palos en la rueda: que no se transija en ningún punto de la agenda política y solo se acuerde la paz a cambio de la desmovilización completa, la entrega de armas y el sometimiento a la justicia sin aspiraciones políticas. Muy bien, loable propósito, excepto porque eso ya no sería un proceso de paz con las FARC sino una capitulación de las FARC. Recordemos a Shimon Peres (presidente de Israel): obtenerlo todo, en una mesa de negociación, es tan estéril como no obtener nada.

Chéjov versus Shakespeare


Hace muchos años, en una entrevista, Amos Oz decía que en conflictos como el de Oriente Próximo (y aquí agrego el de Colombia) solían converger dos visiones literarias: de un lado la justicia poética al estilo Shakespeare, en donde nadie transige, los principios y el honor prevalecen sobre todo, incluso la vida, pero el escenario queda cubierto de sangre; y del otro la triste justicia humana de Chéjov, con personajes que discuten sus desacuerdos, los resuelven y al final regresan a sus casas bastante frustrados. Pero regresan vivos.
Por fortuna, según las encuestas, los colombianos preferimos la chejoviana actitud de Santos, con todos los riesgos y dolores y frustraciones que esta puede acarrear, antes que la hamletiana de Álvaro Uribe, tal vez porque la justicia poética, con toda su fuerza expresiva, vive mejor en los implacables versos de Shakespeare que en la realidad.


*Publicado en Internacionales de El País, España, 9/9/2012.
FUENTE: EL ARCA DIGITAL

sábado, 22 de septiembre de 2012

"Los de después sí entendimos"


Cuenta la historia que, en un pueblo, se afanaban hombres y mujeres en trabajar para vivirse. Todos los días salían hombres y mujeres a sus respectivos trabajos: ellos a la milpa y al frijolar; ellas a la leña y al acarreo del agua. En veces había trabajos que los congregaban por igual. Por ejemplo, hombres y mujeres se juntaban para el corte del café, cuando era llegado su tiempo. Así pasaba. Pero había un hombre que no eso hacía. Sí trabajaba pues, pero no haciendo milpa ni frijolar, ni se acercaba a los cafetales cuando el grano enrojecía en las ramas. No, este hombre trabajaba sembrando árboles en la montaña.
Los árboles que este hombre plantaba no eran de rápido crecimiento, todos tardarían décadas enteras en crecer y hacerse de todas sus ramas y hojas. Los demás hombres mucho lo reían y criticaban a este hombre.
-“Para qué trabajas en cosas que no vas a ver nunca terminadas. Mejor trabaja la milpa, que a los meses ya te da los frutos, y no en sembrar árboles que serán grandes cuando tú ya hayas muerto”.
-“Sos tonto o loco, porque trabajas inútilmente”.
El hombre se defendía y decía:
-“Sí, es cierto, yo no voy a ver estos árboles ya grandes, llenos de ramas, hojas y pájaros, ni verán mis ojos a los niños jugando bajo su sombra. Pero si todos trabajamos sólo para el presente y para apenas la mañana siguiente ¿Quién sembrará los árboles que nuestros descendientes habrán de necesitar para tener cobijo, consuelo y alegría?"
Nadie lo entendía. Siguió el hombre loco o tonto sembrando árboles que no vería, y siguieron hombres y mujeres cuerdos sembrando y trabajando para su presente. Pasó el tiempo y todos ellos murieron, les siguieron sus hijos en el trabajo, y a éstos les siguieron los hijos de sus hijos. Una mañana, un grupo de niños y niñas salió a pasear y encontraron un lugar lleno de grandes árboles, mil pájaros los poblaban y sus grandes copas daban alivio en el calor y protección en la lluvia. Sí, toda una ladera encontraron llena de árboles. Regresaron los niños y niñas a su pueblo y contaron de este lugar maravilloso. Se juntaron los hombres y mujeres y muy asombrados se quedaron del lugar.
-“¿Quién sembró esto?", se preguntaban.
Nadie sabía. Fueron a hablar con sus mayores y tampoco sabían. Sólo un viejo, el más viejo de la comunidad, les supo dar razón y les contó la historia del hombre loco y tonto.
Los hombres y mujeres se reunieron en asamblea y discutieron. Vieron y entendieron al hombre que sus antepasados trataron y mucho admiraron a ese hombre y lo quisieron.
Sabedores de que la memoria puede viajar muy lejos y llegar donde nadie piensa o imagina, fueron los hombres y mujeres de ese hoy al lugar de los árboles grandes.
Rodearon uno que en el centro se estaba y, con letras de colores, le hicieron un letrero. Hicieron fiesta después, y ya estaba avanzada la madrugada cuando los últimos bailadores se fueron a dormir. Quedó el bosque grande solo y en silencio. Llovió y dejó de llover. Salió la Luna y la Vía Láctea acomodó de nuevo su retorcido cuerpo. De pronto, un rayo de luna acabó por colarse por entre las grandes ramas y hojas del árbol del centro y, con su luz bajita, pudo leer el letrero de colores ahí dejado. Así decía: “A los primeros: Los de después sí entendimos. Salud. ”

Fuente: Los otros cuentos

Crear espacios para dialogar - Diego Fares sj


No soltar al que servimos (ni las canastas con las que servimos)
Y saliendo de allí, atravesaban sin detenerse la Galilea
Jesús no quería que nadie lo supiera, porque enseñaba a sus discípulos y les decía:
‘El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres;
lo matarán y, tres días después de muerto, resucitará’.
Pero los discípulos no comprendían tales palabras y tenían miedo de preguntarle.
Llegaron a Cafarnaún y, una vez en casa, les preguntó:
‘¿Qué discutían el camino?’
Ellos callaban porque habían estado discutiendo sobre quién era el más grande.
Entonces, sentándose, llamó a los Doce y les dijo:
‘Si alguno quiere ser el primero,
tiene que ser el último de todos y el servidor (diakono) de todos’.
Y acercando a un niño, lo puso en medio de ellos y, abrazándolo, les dijo:
‘Quien reciba a uno de estos niños en mi Nombre, a mí me recibe,
y quien me recibe a mí, no me recibe a mí, sino a Aquel que me ha enviado’ (Mc 9, 30-37).
Contemplación
¿De qué discutían? La pregunta de Jesús nos viene bien a todos.
¿De qué discutimos? Si uno hace una pausa en medio de la vida de cualquier familia, en medio del trabajo de cualquier institución, en medio de la vida del país, esta pregunta divide las aguas: o discutimos acerca del poder o dialogamos acerca del servicio y del testimonio.
Jesús saca al sol los trapitos del corazón de los seres humanos. Y no se escandaliza. El viene enseñando a los suyos que tendrán que “recibir” su pasión, que tendrán que ser testigos de su muerte en cruz para salvarnos y de su resurrección gloriosa, y ellos caminan en otra sintonía: se están repartiendo los puestos y discutiendo acerca de quién es el que tiene la última palabra. El problema concreto suele ser ocasional y no importa tanto; va variando. Lo que importa es reconocer la genialidad de Jesús que conecta discusión y poder por un lado y, por el otro, servicio cariñoso de los pequeños y diálogo cordial.
No siempre que se discute es por el poder, dirá alguno. Bueno, que lo pruebe en su corazón, que se sincere y vea si es verdad que “un tema justo o buenísimo” justifica eso que llamamos “discusión”, es decir: el tono fuerte, la lucha por convencer al otro en esta reunión, el uso de argumentos que descalifican o lastiman porque el otro los usó primero…
Hay discusiones positivas, dirá otro. De acuerdo. Y es humano que en las discusiones por cosas buenas se mezclen sentimientos y cosas no tan buenas y que, si hay buena voluntad, se llegue a buen término. Pero el punto es discernir que cuando alguno “salta y discute”, es señal de que “quién es el más grande” entró en juego.
Pero miremos a Jesús, que es más interesante: Él también podría haber entrado en el juego y, con todo derecho (el es el único que tiene derecho a reafirmar su posición porque “Es” el más grande) les podría haber dicho: “otra vez con lo mismo. Córtenla, viejo. Yo me rompo todo para explicarles que la cosa viene por el servicio, que tengo que morir en la cruz y ustedes me tienen que ayudar, tienen que dar testimonio, y en vez de eso dale con que si la autoridad la tiene el Papa o hay que dar más participación a los obispos, etc… (la extrapolación es para indicar que la discusión sigue siendo la misma: este es el problema que divide a la Iglesia católica ad intra y con las otras iglesias, protestantes y orientales…).
Sin embargo, nada de eso. Fijémonos cómo hasta el tono de Jesús es “diametralmente opuesto” - diría Ignacio- al tono que hace que uno sienta que ha entrado en una discusión (que hay posiciones tomadas).
Jesús se toma tiempo, pregunta primero y deja que el silencio se haga espeso. Espera a que todos se callen, lo cual muestra su autoridad, porque muchas veces cuando alguno de arriba pregunta “de qué discuten” la discusión se enciende de nuevo y hasta el que iba a ser árbitro termina tomando parte.
Luego, con gesto propio de Maestro, Jesús se sienta y acerca a un niño.
Marcos dice que esto sucedió “una vez en casa”. El Señor se aguantó en silencio una discusión que duró “todo un camino”. Me imagino que la cosa habrá tenido sus etapas, que él habrá ido más adelante, como siempre destaca Marcos. Quizás iría con alguno y los otros, más atrás, en grupitos, irían discutiendo y haciendo como que no pasaba nada cada vez que se detenían a descansar un poco.
La imagen de Jesús que nos pregunta “de qué discuten” quedó fijada en el pasaje de los discípulos de Emaús, que aquí tiene su semilla y adelanto. Es la imagen de un Jesús respetuoso de nuestros procesos, que se nos pone al lado. Saber “sentirlo” en medio de las más virulentas discusiones, es una gracia. El no se mete, espera hasta que estemos “en casa”.
La casa era la de Simón y, como en toda casa de familia, había niños. Contemplemos el clima que crea Jesús. Se sienta como Maestro, llama a los Doce (como cuando los llamó para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar) y hace (ahora caigo en la cuenta) un segundo llamamiento solemnísimo: el llamamiento y la elección para el servicio. El que quiera ser el primero que sea el último de todos y el servidor de todos.
Mi contemplación iba para el lado de destacar el gesto de acercar a uno de los chicos y de ponerlo en medio abrazándolo, para que la frase universal se concretara (ya que el bien siempre se concreta en algún servicio o gesto de cariño al más próximo), pero me llamó la atención lo de sentarse y llamar a los Doce.
Este llamamiento al servicio (y al servicio que se realiza eligiendo el último lugar) Jesús lo hace contradiciendo la discusión por el poder. Y lo hace solemnemente. Eso es lo que hoy el Papa Benedicto traduce a nuestro lenguaje actual cuando dice que los servicios de la caridad social (porque la caridad siempre es social y tiende hacia la promoción del otro y a incluirlo para que participe creativamente de lo que se le dona y él también de a otros) son parte de la esencia de la Iglesia, junto con los sacramentos y el evangelio.
El llamamiento en la Casa, luego de una discusión por el camino, es tan solemne como el llamamiento en el Monte (“Jesús subió al monte, llamó a sí a los que quiso y ellos se acercaron a él –Mc 3, 14). Y la misión de “estar con él y predicar” es tan esencial como la de “hacerse servidores de todos”.
Esto ya lo sabemos, dirá alguno. Quizás sí, pero se puede profundizar ¿no?
La liturgia que el Señor inventa –lo de sentarse, convocarlos, tomar a un niño y ponerlo en el medio, abrazándolo mientras habla- tiene mucho de Eucaristía. El “tomen y coman” suena igual que “el que reciba así al más pequeño, me recibe a mí y no sólo a mí sino al Padre que me ha enviado”.
Lo cual quiere decir, por ejemplo, que el servicio cristiano se brinda como quien está en misa. ¿Hay alguno que vaya a comulgar discutiendo con el de al lado? Y sin embargo, muchas veces servimos discutiendo. Mientras estamos llevando los platos a las mesas estamos discutiendo con el que se nos cruza por el camino o con el que nos alcanza las paneras. Mientras tratamos el caso de alguna persona (si entra al hogar o a la casa de la bondad) discutimos y peleamos acerca de… ¿acerca de quién tiene la mejor idea o acerca de cómo defiendo la cuota de poder que me da tener razón?
El gesto litúrgico de Jesús de abrazar al pequeñín hace patente que “si uno está abrazando” no puede estar discutiendo. Si realmente estamos “abrazando” al más desvalido y desamparado con un abrazo comunitario (que implica reuniones, reglas, horarios, roles, dispositivos, y muchos brazos) no hay lugar para la discusión. Para discutir hay que “soltar” al otro. Para enfrentar al enemigo hay que soltar al que uno abraza. Y de lo que se trata es de no soltar al que servimos.
Eso es ilusión, dirá alguno. Discutir es necesario para “después” servir bien (y así hay algunos que nunca empiezan siquiera a servir a nadie por que todavía están discutiendo el método mejor (¿o será que están discutiendo quién es el más grande?). En cambio hay otros que cada día se ponen el delantal y sirven y mientras tanto van “dialogando” con los demás. Como no sueltan la escoba o no se saltean ningún turno o no se salen de tema y charlan de lo que propone el que organiza el servicio común..., se van quedando "sin tiempo para discutir”. No es que no haya cosas que están mal y que hay que charlar, pero la Misa (el servicio) no es el momento para discutir. Sí para conversar y dialogar como uno hace cuando está en presencia de los chicos y “no puede discutir” porque delante de los chicos no se discute.
Y entonces, cómo se hace con lo que “hay que discutir porque está mal”. Es que no hay que discutir. Para “dialogar” acerca del mejor servicio –sin soltarlo- hay que crear espacios. Eso es lo que nos enseña Jesús que espera a llegar a la Casa y abre el espacio poniendo al niño en el medio. El no discute por el camino. Habla en la Casa, sentado, abrazando el niño en medio de los Doce y allí, como cuando tomó el pan y lo bendijo y nos encomendó que comulgáramos con él, nos dice que “sirvamos”. Recibiendo (sin soltar) al que servimos, como cuando recibimos la Eucaristía.
La imagen de Fano, del niño dando el pan a Jesús y de los apóstoles que están a mil, la elegí entre otras porque es la foto de los que “no pueden soltar las canastas”. Es como la imagen contraria de la que los mostraba “discutiendo por el camino”.
En el Hogar, cuando tenemos reuniones de servicio (el servicio de planificar, el servicio de evaluar, el servicio de diagnosticar, el servicio de discernir, el servicio de aprender…), siempre suele ser fuente de luz y de paz imaginar que “ponemos en medio de la mesa” a los que servimos.
Jesús da un pasito más y los abraza.
Cuando procedemos así, las cosas se aclaran siempre un poco más.
Cuando hay discusión suele ser que, en medio de la mesa, en vez de uno de los que servimos, alguien se puso a sí mismo como el más grande (o a otro le dio esa impresión y, como le gustaría ponerse él en ese lugar, por eso ha comenzado a discutir).
Ojalá que las ganas de abrazar al pobre y de dialogar en casa, cada uno contentísimo de pode elegir el último lugar, sean realidades más apasionantes que las aburridísimas y desgastantes peleas por “la ilusión del poder”. Porque el poder es una ilusión, la única realidad es el servicio.

Ser portadores de comunión - HERMANO ALOÍS -TAIZÉ


Cristo nos reúne más allá de las fronteras

El verano está llegando a su fin. Y muchos de ustedes van a retomar la escuela o el trabajo. Para nosotros, los hermanos de la comunidad, el final del verano significa que muchos de nosotros dejará la colina por un tiempo.
Mañana, dos hermanos partirán rumbo a África. Ustedes saben que en noviembre vamos a tener nuestro tercer encuentro internacional de jóvenes en África, en Kigali, Rwanda. Luego será el turno del encuentro europeo en Roma. En ambos lugares, hermanos con hermanas de San Andrés y un equipo de jóvenes voluntarios estarán in situ para asegurar la preparación.
Estas salidas les cuestan a nuestros corazones, puesto que nuestra primera vocación es la de vivir juntos en comunidad, ya sea aquí en Taizé como en las pequeñas fraternidades dispersas en el mundo. Es, sin embargo, la pasión de trabajar por la comunión entre todos los seres humanos que nos empuja para que asumamos estos encuentros de jóvenes en diversos lugares.

Buscar la comunión, ¿no es acaso el corazón del Evangelio? Jesús vino "para reunir a todos los hijos dispersos de Dios", dice el Evangelio de San Juan. Y se nos pide participar con él en la creación de esta unidad entre los seres humanos. Sí, Cristo nos ha dejado como legado una nueva solidaridad. Nos toca a nosotros el descubrirla, sacarla a la luz.
Las brechas, los desgarros que dividen a la humanidad son tan profundos. Incomprensiones mutuas generan tensiones y conflictos entre continentes y entre países, entre generaciones, y entre personas de un país y los extranjeros. Nunca hemos tenido tantas posibilidades y medios de comunicación. Y sin embargo, las desgarraduras entre de los seres humanos están agravándose.
Y mismo los cristianos están divididos. Para trabajar por la reconciliación entre los seres humanos, es esencial que las iglesias se reconcilien. Corresponde a cada denominación, al mismo tiempo que se mantiene fiel a lo mejor de su historia, abrirse a los demás para recibir lo mejor que los otros tienen. Cuando avanzamos en este camino vivimos visiblemente reconciliados.

Para apoyar este camino de reconciliación nosotros, los hermanos de la comunidad, quisiéramos más que nunca continuar nuestra peregrinación de confianza a través de la tierra, junto a ustedes, jóvenes de todos los continentes.
La reconciliación de los cristianos requiere, por supuesto, una reflexión teológica e histórica. Pero sobre todo requiere encuentros entre personas: esta puede ser la principal contribución de la peregrinación de confianza.
A través de los múltiples encuentros entre personas, ya es posible anticipar la reconciliación que esperamos entre todos los bautizados. Y esto nos da, a nosotros los cristianos, una nueva dinámica para que seamos portadores de paz a la humanidad.
Aquí hacemos, semana tras semana, durante todo el año, la experiencia de que Cristo puede llevarnos más allá de cualquier frontera. Esta comunión es un milagro que nunca deja de sorprendernos. Es viviendo semejante milagro que la Iglesia reconciliada podría convertirse en el núcleo de una comunión universal.
La peregrinación de confianza con sus etapas sucesivas en cada ciudad, nos hace descubrir en profundidad el rostro y la vocación de la Iglesia. En todos los lugares donde tenemos un encuentro, somos recibidos por la iglesia local y por los cristianos de diferentes denominaciones.

Donde quiera que vamos, constatamos que las iglesias históricas atraviesan situaciones difíciles. Hoy en día, en todas las iglesias las instituciones se golpean con los límites y ven la necesidad de transformaciones, pero nadie sabe exactamente hacia dónde ir.
Con la peregrinación de confianza quisiéramos participar en la búsqueda de estas transformaciones. Y al ver la confianza que los líderes de iglesia ponen en esta peregrinación, nos decimos: hay una llamada de Dios a la cual queremos responder con todas nuestras fuerzas.
Ser portadores de comunión, allí donde estamos, nos permite hacer nacer la esperanza que hoy en día buscan tantas mujeres y hombres. Es de esta manera cómo nosotros, cristianos, dispersos por todo el mundo, podemos ser la sal de la tierra, para darle gusto a la vida de los que están cansados y desanimados.
El mundo tiene sed de esta esperanza. Así que no permanezcamos pasivos. Cada uno en su lugar, junto a otros, puede llevar a cabo gestos de apertura, generosidad y de reconciliación. La fuente de tal compromiso es accesible a todos. Esta fuente está en la palabra del Evangelio y en la Eucaristía que nos alimenta.

Escuchemos a Jesús que nos dice: "La sal de la tierra son ustedes. Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la salará? ... La luz del mundo son ustedes. Una ciudad, que se encuentra encima de una colina, no se puede ocultar ... Deja que tu luz brille ante los hombres para que vean sus buenas obras y den gloria a su Padre que está en los cielos.”

jueves, 20 de septiembre de 2012

La Misión de las manos - Mamerto Menapace


En este momento de salida del invierno latinoamericano es fundamental el compromiso de siembra. 
Lo que ahora se siembra, se hunde, se entrega, eso será lo que verdeará en la primavera que viene. Si 
comprometemos nuestras manos con el odio, el miedo, la violencia vengadora, el incendio de los pajonales sólo tendrá cenizas para alimentarse…
Tenemos que comprometer n
uestras manos en la siembra. Crear pequeños tablones sembrados con cariño, con
verdad, con desinterés, jugándonos limpiamente por la luz en la penumbra del amanecer.
Trabajo simple y que no será noticia, porque la única noticia auténtica de la siembra la da sólo la tierra y la historia y se llama cosecha. En la mesa se llama pan.
Si en cada tablón de nuestro pueblo cuatro hombres o mujeres se comprometen en esa siembra, para cuando
amanezca, tendremos pan para todos.

domingo, 16 de septiembre de 2012

El río de las luces, por ALBERTO SALCEDO RAMOS


Esa noche los habitantes del barrio Las Riberas del Jui, perteneciente al pueblo de Tierralta, en Córdoba, acudieron al río Sinú para honrar mediante un acto simbólico a los mártires de la violencia. El punto de encuentro era un sitio conocido como “El Banquito”, donde en el pasado reciente los escuadrones paramilitares conducían a sus víctimas antes de asesinarlas.
Desde cuando se asentaron en Tierralta como desplazados, los pobladores de Las Riberas del Jui no habían ido a ese barranco contiguo al río. Lo eludían porque lo consideraban asociado a la infamia y al dolor. Pero aquella noche de octubre de 2010, gracias a los consejos que recibieron durante sus acompañamientos sicosociales, decidieron cambiar el enfoque: el río Sinú estuvo ahí desde siempre y no fue aliado sino víctima de los verdugos. Ciertamente, en el periodo más crítico del conflicto armado los distintos grupos al margen de la ley lo utilizaron como vertedero de cadáveres. Pero no hay que olvidar que para los indígenas zenúes este dios tutelar nunca fue un emblema de muerte sino de vida: propicia la armonía entre los hombres y el Universo, irriga las praderas. De modo que la jornada alegórica pretendía desagraviar al río y rendirle tributo a la memoria de los difuntos.
Todos los asistentes a la cita tenían una historia triste que contar. Olga Lucía, por ejemplo, se había venido huyendo del caserío de Baltazar, donde las balas criminales asesinaban diariamente a varios de sus paisanos. Omar fue desplazado de Saiza por los paramilitares y de Batata por los guerrilleros. Arrancados en forma brutal de sus terruños, arruinados de la noche a la mañana, convertidos en parias por la irracionalidad de los grupos armados, finalmente encontraron un lugar donde establecerse. Al principio se situaron en el parque principal de Tierralta, dentro de cobertizos improvisados con plásticos. Comían gracias a la caridad pública, dormían sobre cartones.
Después de muchas penurias fueron reubicados en un lote baldío de las afueras del pueblo, a orillas de la Quebrada del Jui. Allí construyeron sus viviendas con materiales de poco valor: retazos de madera, saldos de palma, restos de alambre. En este lugar se encuentran a salvo de los bárbaros que en el pasado los acosaron, pero no de los estragos de las lluvias: en los once años que llevan asentados en el barrio han padecido muchas inundaciones.
Aquella noche de octubre cada aldeano llevó a la cita una pequeña canoa de madera. Cuando todos estuvieron reunidos en “El Banquito”, se celebró una eucaristía. Algunas víctimas fueron recordadas con sus nombres propios. El oficiante de la ceremonia religiosa dijo que el perdón no se otorga por cortesía sino como resultado de un paciente proceso espiritual. Hubo cánticos, ronda de testimonios. Los pobladores colocaron en cada canoa una vela encendida, una flor y una fotografía del ser querido inmolado en la guerra. A continuación lanzaron las embarcaciones al agua. Y permanecieron un rato más en el barranco, viendo cómo el río negro de sus pesadillas, transformado por la compasión en un torrente luminoso, recuperaba de golpe su pureza original.

Fuente: El puercoespín


jueves, 13 de septiembre de 2012

¿Dónde nace el perdón? – Jairo del Agua – 12 / 09 / 2012



La pregunta surgió ayer en un coloquio. Me pareció tan interesante que bien merece unas reflexiones.
Hay quienes no tienen dudas: "yo ni olvido ni perdono"-dicen- sin importarles que la televisión les esté delatando. Estas personas sufren un doble daño: el que les han causado y el que ellas mismas se causan cultivando un odio mordedor.
A quien, consciente o inconscientemente, se empecina e intenta liberarse por la venganza, poco se le puede decir. El propio odio le hunde y le encarcela. Porque conlleva la carcoma de la falta de paz, porque es contrario a la "vida positiva" que fluye en la hondonada humana. El odio es desear el mal del otro. El odio es muerte y genera muerte.
Hay quienes matizan: "yo perdono pero no olvido". Algunos lo dicen porque perdonar está bien visto y les parece de mala educación decir lo contrario. El "no olvido" significa muchas veces: "antes o después me las pagarás; mantendré la espada en alto hasta que se me presente la ocasión de devolver mal por mal". No han perdonado más que de boquilla, siguen deseando el mal a largo plazo, "la venganza se sirve fría".
Otros, sin embargo, perdonan sinceramente y el "no olvido" significa que toman nota de por dónde puede venirles el daño, para tratar de evitarlo en el futuro. Esta postura es legítima y prudente. Perdonar no significa morrearse con el agresor.
La mayoría de nosotros -cristianos confesos- no hemos sufrido daños de noticiario y tenemos verdadero interés en perdonar las pequeñas o grandes afrentas de nuestra historia. Tenemos una idea, un deseo, un propósito, fruto de nuestro yo cerebral que se adhiere a los principios cristianos. Ya es algo.
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Pero perdonar no es lo mismo que querer perdonar. Uno puede querer perdonar y comprobar cómo le ahoga el impulso de hacer daño a quien con daño le hirió. Eso sí, sin que se vea, sin que nadie lo note, sin que sufra mi imagen de civilizado y ecuánime.
Por mucho que yo estruje mis ideas o mis principios,si no desciendo al nivel del ser (a lo hondo de mí mismo), no brotará el perdón. Si además "quiero"(solo desde la voluntad) cumplir con la máxima de"amar a los enemigos", entonces la situación cobra tintes dramáticos; la tensión y la culpabilidad pueden instalarse en la "conciencia cerebral" y hacerme caer en la desesperanza ante lo imposible.
Y es que el Evangelio -en contra de lo que muchas veces oímos o pensamos- no es un conjunto de normas, consejos o palabras buenas. El Evangelio es ante todo vida (1) y sólo puede integrarse desde donde nace la vida: desde el ser, desde ese fondo positivo y profundo donde residen los dones que constituyen mi identidad.
No basta saber, ni tampoco querer. El nivel cerebral es sólo el foco que nos permite adentrarnos en las profundidades, es el observador de las sensaciones que emite nuestro ser, ese diamante jaquelado que refleja nuestro parecido con Dios, ese "fondo preciosísimo"o "tu mejor tú" que diría Pedro Salinas (2). Ese "tesoro" -del que habla el Evangelio- que tanto nos han ocultado nuestros clérigos bizcos con su parcial visión de pecados e infiernos.
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Perdonar es conseguir que la aspiración a hacer el bien nos inunde. Esa aspiración, asumida conscientemente por toda mi persona, disipa la venganza, diluye el deseo de castigar, incluso el deseo de justicia como desquite o revancha legal.
¡Cuántas veces llamamos justicia a la venganza! Y hasta le pedimos a Dios que sea el ejecutor (doctrina judía del AT). Otras veces gritamos justicia, pero en realidad lo que pedimos es legítima protección y seguridad. Conviene analizarse con sinceridad para saber lo que vivimos. La frontera entre el bien y el mal es, a veces, sumamente delgada.
¿Yo, desde el fondo de mí, deseo el bien para quien me ha causado un mal de cualquier tipo o calibre? Si -a pesar de todo mi dolor- puedo contestarme afirmativamente, es que he perdonado. Es que no me he dejado encerrar en la cárcel de la venganza, en la prisión del odio, en la pulsión animal del instinto de revancha. ¡Soy libre! Estoy "venciendo el mal con abundancia de bien" (Rom 12,21), ese bien que mana siempre en mi interior, porque estoy hecho a semejanza del Bien infinito.
La dificultad está en que ese bien, residente en mis entrañas, no está suficientemente visitado, profundizado y canalizado para inundar los males con los que mi historia tropieza.Aspirar al bien, cultivar el bien, practicar el bien, dejar que inunde lo propio y lo ajeno. ¡Eso es perdonar!
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Otra cosa es que la sensibilidad sienta aversión, antipatía, asco, rechazo, crispación, etc. En gran medida, esas sensaciones son la reacción lógica contra el mal en sí y no contra el malvado ("odiar el pecado y amar al pecador", decían los maestros espirituales). Nadie puede querer que le claven un puñal por la espalda, le engañen, le amedrenten o le miren mal. Menos aún que le maten un ser querido.
Conviene saber, además, que hay personas que nos despiertan aversión o miedo por su físico, su tono de voz, su carácter, su estilo u otras circunstancias. Normalmente será porque esas características o circunstancias tienen algún parecido con algo o alguien que nos causó daño en el pasado; muchísimas veces ni lo recordamos.
Algunas personas, con finura humana y delicadeza de conciencia, se inquietan porque creen que no consiguen perdonar y que el rencor es la fuente de esas sensaciones negativas. No siempre es así.
El perdón, como el amor, nace del ser y no debemos confundirlo con lo que fluye a nivel sensible. A medida que crece una persona, las aspiraciones positivas inundarán mayor parte de su sensibilidad y las sensaciones negativas serán menos numerosas, menos intensas y menos duraderas. Pero siempre habrá una parte subconsciente imposible de evitar. De ahí la necesidad de estar bien anclados en el ser, en nuestra raíz, en nuestro "fondo preciosísimo" para que las ventoleras de la sensibilidad no nos lleven a la deriva.
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Finalmente, será útil observar que en nuestro caminar coincidimos con personas, libros, blogs, música, naturaleza, ambientes, que nos vitalizan, que despiertan lo mejor de nosotros mismos, que nos motivan a seguir nuestro camino de maduración y liberación personal. Son relaciones vitalizantes porque estimulan nuestra vida profunda y nuestra vocación.
Hay otras, por el contrario, que entorpecen nuestro crecimiento, que nos apartan de nuestra misión. Sonrelaciones nefastas porque perjudican nuestro desarrollo personal. Me viene al pronto la relación de muchos con la telebasura y los éxtasis de moda. Es normal que las personas vitalizantes despierten nuestra adhesión, nuestra simpatía y nuestro amor.
Es normal igualmente que por las personas desvitalizantes sintamos rechazo o antipatía, lo que no significa odio ni ausencia de perdón. Paradójicamente hay relaciones nefastas que suscitan una poderosa atracción superficial. Es el caso, por ejemplo, de "los amiguetes", "los ligues" u otras relaciones epidérmicas.
Es de sabios potenciar las relaciones vitalizantes y apartarse de las relaciones nefastas. Perdonar y amar a todos, sí. A todos desear el bien y, si es posible, hacérselo. Pero privilegiar la relación con los "ambientes humanos y materiales" que nos iluminan, nos motivan y nos ayudan a caminar. En ello nos va la vida, la auténtica vida. Donde mana la vida profunda fluye el perdón.
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(1) Jn 1,4 y 3,36 y 5,24; Jn 5,40 y 6,35 - 63 - 68; Jn 10,10 y 11,25 y 14,6 y 17,2 y 20,31.
(2) La voz a ti debida, v. 1449.
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