martes, 2 de octubre de 2012

Infancia clandestina


Cine: Recuerdo admirado y dolido

por Sendrós, Daniel  - PUBLICADO EN REVISTA CRITERIO 
Infancia clandestina, dirigida por Benjamín Ávila (coproducida por la Argentina, España y Brasil), relata el paso de la infancia a la adolescencia de un chico que pertenece a una familia de militantes montoneros en 1979.sendros-2“Mi nombre era Sergio, y tenía 7 años, no 11. No sé en qué pueblo de la provincia vivíamos. La escena de la llegada de la abuela al cumpleaños, es tal cual la viví. Pero discusión, no hubo. Tampoco hubo en mi vida un romance infantil con la compañerita de escuela. Tenía una compañerita que vivía cerca, pero nada más. Luego, cuando dejan al chico frente a una casa en plena noche, eso es similar a lo que me tocó. Ni siquiera estaba seguro si era la casa de mi abuela. Podía ser de ella, o algún otro familiar que me protegiese, o podía ser una trampa. Y la hermanita del chico en la película tiene la edad de mi hermanito en 1979, nueve meses. Lo rencontramos, por suerte, en 1984”.
Esas son algunas aclaraciones que da Benjamín Ávila cuando le preguntan cuánto tiene de autobiográfico su película. Según reconoce, en algunos aspectos es tan literal que más de una vez, durante el rodaje, se sintió embargado de incontenible emoción. Desde adolescente soñaba hacer esta película, necesitaba hacerla. Ver representado lo que vivió. Hacerlo entender. Y, precisamente para que se entienda mejor, puso la escena de la discusión entre la abuela que teme por los suyos y la hija que se siente segura de su lucha, pero sin que ninguna de las dos pegue un portazo. Al contrario, aunque ninguna cambie de opinión ni logre convencer a la otra, ambas se abrazan.
De igual modo aumentó la edad del niño protagonista, así queda claro que el niño sabía en qué andaban sus padres, y se sentía parte de lo mismo, pero por otro lado también empezaba a tomar sus propias decisiones, y a vivir sus propios amores. Porque ésta es una película de amor. Así lo dice la propia gacetilla de lanzamiento: “Juan está clandestino. Al igual que su mamá, que su papá y que su adorado tío, fuera de su casa tiene otro nombre. Juan, en la escuela, se llama Ernesto. Y conoce a María, que tiene un solo nombre. Basada en hechos verdaderos, en la Argentina de 1979, esta película es ‘una de amor’”. También hay otra gacetilla: “Un niño puede imaginar muchas cosas. Una torta de cumpleaños con un arma adentro. Viajes a otros lugares con misiones secretas. Una familia falsa donde siempre, pero siempre, todos mueren porque sí. Un héroe que nunca vence a los malos. Un niño igual a él pero con otro nombre. Una niña que se enamora del chico equivocado. Puede imaginar eso y mucho más. Pero qué puede imaginar Juan, un niño para el que todo esto es su realidad”.
Infancia clandestina puede verse desde afuera como el recuerdo traumático de un error histórico que llevó a la muerte a miles de ilusos y de inocentes. Puede verse desde adentro como el recuerdo melancólico y estremecedor de un momento de entusiasmo y fortaleza, cuando los padres transmitían seguridad en el inmediato porvenir, firmeza en el sacrificio, y esperaban alegres el combate. Puede verse desde el ahora, cuando ya sabemos lo que había detrás y lo que pasó después. Y puede verse desde el corazón, como el recuerdo admirado y dolido del autor hacia sus padres, y hacia su propia infancia y la de muchos otros chicos como él, acá y en otras partes.
Ni elogio absoluto, ni total reproche. Ávila recuerda la cuestión de las armas, las equivocaciones, el crecimiento acelerado, el miedo, pero también el sentimiento de unión, las alegrías, el calor de hogar. Su película, enteramente bien hecha, tiene un nervio admirable, una franqueza enorme, un cariño viril de hombre que ya superó la edad de sus mayores pero sigue evocando naturalmente el amor con que lo cuidaron y le hicieron un lugar en el ruedo. Su obra tiene momentos de éxtasis familiar, de lirismo íntimo, que la vuelven universal. Sí, también es una película política, pero no en el sentido reduccionista que algunos quisieran. Lo es, en el sentido de la superación por el amor.
Además, corresponde decir, las actuaciones son excelentes, el ocasional empleo de dibujos para remplazar o apurar ciertas situaciones es todo un acierto de gran fuerza dramática, y es simplemente inolvidable el momento en que la madre, muy bien interpretada por Natalia Oreiro, canta con sencilla dulzura el valsecito discepoliano “Sueño de juventud”. Así también como dice la letra del vals, el autor parece haber dicho, pensando en su madre perdida a los siete años, “Yo acunaré en un canto tu inmensa ternura, buscando en mi cielo tu imagen de ayer”. Cuando, junto a los créditos finales de la película, aparecen las pocas fotos de infancia que él pudo conservar, bueno, es difícil ver ese final sin que se nublen los ojos.
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