martes, 26 de julio de 2011

Daniel Barenboim y su infatigable brega pacifista

La lección humana de Gaza (Palestina)

En plena 'primavera árabe', un concierto dirigido por el argentino-israelí Daniel Barenboim que reunía a músicos de las mejores orquestas europeas (1) manifestó su apoyo a la sociedad civil del territorio de Gaza, Palestina, en su lucha por construir un mundo mejor y más pacífico. Y el anhelo del músico Baremboim por poder llevar, algún día a la orquesta Orquesta East Western Divan integrada por jóvenes israelíes y árabes.

Tras décadas de estancamiento social y político, los sucesos revolucionarios producidos en Egipto, Túnez, Libia, Bahréin y Yemen durante los últimos meses, conocidos como "el despertar árabe", han cambiado de forma radical nuestra visión de las perspectivas y las posibilidades de Oriente Próximo. Impulsados casi exclusivamente por jóvenes bien informados y sin prejuicios, que se relacionan unos con otros sobre todo a través de la Red, los acontecimientos se han desarrollado a una velocidad extraordinaria y nos han demostrado que lo que, hace no mucho tiempo, considerábamos unas estructuras feudales rígidas e inmutables pueden caer hechas añicos gracias a los movimientos populares. Ese es el espíritu que nos animó a iniciar nuestra misión en Gaza.
La injusticia y estrechez de miras del bloqueo israelí castiga y perjudica a 1,2 millones de personas. Podemos construir puentes entre los pueblos, y no esperar a que lo hagan los Gobiernos.
Aparte de las implicaciones políticas, la injusticia y la estrechez de miras del bloqueo israelí, que reparte una culpa colectiva entre todo un pueblo, su consecuencia más terrible es el perjuicio que causa en la calidad de vida de los habitantes de Gaza. Sin embargo, mi experiencia reciente me ha convencido de que, a pesar de las circunstancias, a menudo insoportables, a las que están sometidos, muchos habitantes de Gaza siguen siendo personas esperanzadas, activas y dispuestas a construir un futuro mejor y más pacífico. Lo mismo, por cierto, que muchos israelíes. De lo que se trata es de encontrar una forma de establecer un contacto entre estos dos pueblos que, a la hora de la verdad, tienen aspiraciones similares.

Una sociedad civil joven y vibrante

Históricamente, Gaza siempre ha estado bajo dominación de una potencia totalmente extranjera: primero, cuatro siglos de dominio otomano, seguidos de la anexión al Imperio Británico y, por último, la ocupación egipcia. Estos periodos sucesivos de poder extranjero han hecho que la población de Gaza esté aislada y separada del resto de los palestinos. Por el contrario, cuando Cisjordania estaba bajo el dominio jordano, el hecho de que tuviera una nutrida población palestina hizo que hubiera una relación natural más estrecha entre los palestinos de las orillas este y oeste del Jordán que entre los habitantes de Gaza y sus vecinos egipcios. Estas especificidades geopolíticas son, en gran parte, la razón de que el pueblo de Gaza haya mostrado una mayor necesidad de autodeterminación e independencia. Y esa necesidad, hoy, solo puede satisfacerse con la existencia de un Estado palestino autónomo y soberano.
Las circunstancias concretas de Gaza también han contribuido al desarrollo de una sociedad civil joven y vibrante. El 85% de los casi 1,2 millones de habitantes de Gaza tiene menos de 30 años, y, a pesar del bloqueo, han conseguido construir y sostener ¡nada menos que 12 universidades! La generación joven de palestinos está muy bien formada, dispone de mucha información y es muy ambiciosa, así que no hay duda de que desempeñará un papel muy importante en el desarrollo futuro de la región. El principal objetivo de nuestra visita a Gaza era dialogar con los miembros de la sociedad civil y expresarles nuestra solidaridad. Nuestra misión era completamente apolítica, y no mantuvimos ningún contacto directo con la dirección política actual, que tampoco asistió al concierto; el público estuvo formado por niños y representantes de la sociedad civil, en especial ONG palestinas. Hacía mucho tiempo que yo tenía el deseo de visitar Gaza como muestra de solidaridad con sus habitantes, porque considero que su aislamiento, su encierro, es uno de los aspectos más inquietantes del conflicto palestino-israelí. Quería dar un concierto allí para romper el bloqueo, al menos en un plano cultural.

Aunque otros intentos anteriores de llevar a cabo el concierto habían fracasado, los recientes sucesos de Egipto permitían pensar que ahora contábamos con otra vía para intentarlo: un aspecto muy problemático de cualquier visita a Gaza es siempre el paso de la frontera, y una de las primeras directrices de las autoridades posrevolucionarias egipcias fue abrir el paso de Rafah (que llevaba cerrado desde 2007), lo cual quería decir que podíamos entrar en Gaza desde Egipto. El concierto del 3 de mayo se celebró bajo los auspicios de Naciones Unidas (en particular UNRWA) [Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo] y UNESCO [Coordinador Especial de la ONU para el Proceso de Paz]), pero también fue posible gracias a la estrecha colaboración con el nuevo Gobierno egipcio. Una vez solucionados los problemas logísticos, asumí la tarea de reunir uno de los mejores grupos de músicos a los que he dirigido jamás: varios miembros de la Staatskapelle de Berlín, la Filarmónica de Berlín, la Filarmónica de Viena, la Orquesta de París y la Orquesta de La Scala de Milán aceptaron acompañarme en este proyecto e hicieron gala de gran valentía y humanidad.
Nuestra llegada a Egipto, el 2 de mayo, coincidió con un destacado acontecimiento político que iba a dominar las 24 horas siguientes: la muerte de Osama bin Laden en Pakistán. Aunque el concierto contaba con el patrocinio exclusivo de Naciones Unidas y las ONG palestinas, habíamos tenido que recurrir a la colaboración de Hamás en materia de seguridad. Sé por experiencia que, en la cultura árabe, la música se considera algo de lo que solo debe disfrutarse en ocasiones felices, y, al conocerse los hechos del 2 de mayo, los dirigentes de Hamás, que habían hecho una declaración inaceptable sobre la muerte de Bin Laden, expresaron graves preocupaciones sobre lo oportuno de permitir que se celebrase un concierto al día siguiente. Su inquietud por la posibilidad de que las facciones islamistas radicales interpretasen el concierto como una celebración tolerada por Hamás en un día que debía ser de luto hizo que, la víspera, estuviera a punto de cancelarse. Con la orquesta ya en la ciudad egipcia fronteriza de El Arish, vivimos tensas horas hasta la una de la mañana, cuando por fin recibimos la luz verde de Gaza y el permiso para actuar.
El concierto, en el que interpretamos un programa dedicado en exclusiva a Mozart, se celebró en el único museo nacional de Gaza, Al Mathaf, una casa particular cuyo propietario ha reunido una colección de artefactos históricos hallados en la región, sobre todo durante trabajos de construcción. Su ambición de crear y preservar un relato histórico de Gaza al mismo tiempo que se construye una sociedad moderna es sintomática de la dinámica positiva que hemos visto en la zona. Los 500 espectadores, la mitad de los cuales eran colegiales, recibieron a los músicos con entusiasmo; después del concierto, aproveché la oportunidad para dirigirme al público y explicar por qué estábamos allí: les dije que queríamos mostrarles nuestra solidaridad y que creíamos en la capacidad de la sociedad civil de Gaza para crear un futuro mejor; que la tarea de crear un Estado palestino viable e independiente dentro de las fronteras de 1967 es una misión justa; y que cualquier solución al conflicto debe lograrse por medios pacíficos, porque la violencia no sirve más que para debilitar la razón de la causa palestina.

Una Orquesta que derriba obstáculos

Las revoluciones en Túnez y Egipto y los movimientos reformistas en Yemen, Siria, Libia y Bahréin nos han demostrado que la reforma y el desarrollo surgen del pueblo, no de los Gobiernos. En Gaza sentimos un vínculo con los habitantes; vimos una oportunidad de dialogar con ellos al margen de las restricciones políticas. La lección más importante que debemos extraer, por tanto, es que podemos construir puentes entre los pueblos, y no esperar que los Gobiernos lo hagan por nosotros. Las relaciones intergubernamentales tardan demasiado tiempo en desarrollarse, mientras que nosotros podemos conectar con la gente de Gaza ya. Asimismo, las sociedades civiles de Gaza e Israel pueden empezar a aproximarse con cautela y encontrar un terreno común, aunque, desde el punto de vista oficial, ese acercamiento parezca todavía impensable. Es posible que los Gobiernos, en el futuro, puedan atravesar los puentes que hayan construido las sociedades civiles y los utilicen para el progreso político.
Mi sueño es seguir trabajando en Gaza; regresar allí con frecuencia y hacer una contribución a una sociedad civil que me ha parecido dinámica y extraordinaria. Confío en que un día pueda llevar la West-Eastern Divan Orchestra allí. Por desgracia, la orquesta, que se ha convertido en un mito en muchas partes del mundo, no puede todavía actuar precisamente en los países que están representados en ella. Pero no va a dejar de llevar a cabo su misión, que es la de derribar obstáculos.


(1) Músicos de la Staatskapelle y de la Filarmónica de Berlín, de la Orquesta Sinfónica de París, la Filarmónica de Viena y la Scala de Milán tomaron parte de la denominada Orquesta para Gaza, que Barenboim dirigió en su carácter no sólo de músico sino también de Embajador de la Paz de Naciones Unidas.

* (Buenos Aires, 15 de noviembre de 1942). Músico argentino de familia judía de origen ruso, nacionalizado israelí y español y con la ciudadanía palestina. Una de las figuras más importantes de la interpretación musical clásica de la segunda mitad del siglo XX. Logró gran fama como pianista, aunque con posterioridad ha obtenido gran reconocimiento como director de orquesta, faceta por la que es más conocido. En el año 2001 generó polémica al dirigir una obra del alemán Richard Wagner en Israel. Es fundador de la Orquesta East Western Divan junto con el fallecido ensayista palestino Edward W. Said.

Fuente: El Arca (digital)

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